Menciono en una tertulia de radio la legítima posición de Trump al recurrir no tanto los resultados como los procedimientos y reglas que se han incorporado en estas elecciones incluso a última hora, en pleno recuento de votos, con la excusa del covid.
Alguien me responde que «Donaltrón» (y lo pronuncia así, al modo de Nicolás Maduro) está intentando ahora armar «un relato» (sic) para explicar lo que pueda suceder. Ocurre, sin embargo, que los republicanos llevan al menos desde el mes de junio planteando en muchas Cortes estatales que aclarasen qué normas iban regir para aceptar el voto anticipado.
Al mismo tiempo, en un tuit de 22 de junio de este año, el candidato republicano ya denunciaba que alguien, sin señalar a nadie en concreto, estaba disponiendo todo para imprimir millones y millones de papeletas electorales al efecto de poder maniobrar de modo extraño cuando llegara la ocasión.
Mientras tanto, el comunista Bernie Sanders, que retiró su candidatura por el Partido Demócrata para cederle el sitio a Biden, coincidía en poner mucho énfasis en una entrevista por TV recordando que primero se recontarían los votos presenciales y subrayaba, como frotándose las manos, que luego empezaría lo mejor. Y «lo mejor» era, amárrense los machos, el voto masivo por correo… ¡Si lo sabría él, visitante asiduo del Palacio de Miraflores en Caracas!
Lo cierto es que sobre la misma línea de meta en algunos Estados han llegado a autorizar de urgencia y de manera provisional que se aceptase el recuento de papeletas hasta nueve días después de la jornada electoral (en otros han sido seis días y en otros, tres días más tarde). Y en algunos caso, sin exigir siquiera el requisito de un matasellos legible anterior a la fecha de las elecciones.
Para colmo, los Estados con mayor incertidumbre legal sobre este particular han venido a ser aquellos que ahora pueden resultar decisivos en la recta final del recuento, tales como Pensilvania, Michigan o Wisconsin, entre otros. Esto acabará en manos del Tribunal Supremo.
Así las cosas, más bien parece que quien viene construyendo «un relato» para lo que no es que preveían, sino que se disponían a ejecutar con la precisión de un plan de atraco, es el aparato de campaña de Biden, que desde hace meses, en colaboración con toda la maquinaria mediática, anunciaba en las encuestas una mayoría arrolladora que no se ha registrado por ninguna parte. Al estilo de Tezanos, vaya, porque aquí está todo estudiado.
En un intento de cegar ese fiasco de las encuestas, las terminales mediáticas han querido taponar el agujero abundando en la idea absurda de que la victoria de Biden sería la que mayor número de votos ha sumado en toda la Historia de EE.UU., pasando por alto que eso equivale a decir que, de perder la Casa Blanca, Trump se convertiría en el candidato perdedor con mayor número de votos de toda la Historia. Cero significado.
Es decir, se olvidan de mencionar el porcentaje de uno y de otro, muy ajustado y que podría servir de referencia, y se centran en la comparativa de resultados no entre ambas candidaturas, sino entre Biden y la Historia, como si hablasen de Alejandro Magno, obviando que en tiempos de Abraham Lincoln, si hablamos de Historia, el país no llegaba a 10 millones de habitantes y hoy supera los 328 millones. O sea, enuncian la nada para construir «un relato» vacío de significado.
Lo bueno de esto es que, a continuación de incurrir en tal despropósito huero, los mismos tertulianos de radio se ponen a manejar cifras y estadísticas sobre la epidemia para analizar la evolución de la crisis…, pero ya me dirán el rigor que cabe suponerles en el manejo de las cifras después de semejantes equivalencias disparatadas.
En todo caso, el revuelo entre Biden y «Trón» confirma que Sánchez no ha ganado la Casa Blanca, pero le ha venido al gobierno como el jamón a las croquetas, porque el espectáculo lo ponen los gringos y así tiene tiempo y tranquilidad para proceder a cargarse de medio tapadillo otro par de artículos de la Constitución española, que van casi a uno por jornada. O para trasladar a otra rehala de etarras más cerca de «La Cosa Nostra» y para supurarle otro poco a la costra de los presupuestos.
El mismo día de las elecciones en los Yuesei, por ejemplo, Sánchez tomó el té en Moncloa con sus socios y se sirvieron un buen trozo de la tarta constitucional: concretamente se merendaron el artículo 3.1 de la Carta Magna, ese que habla del deber de todos los españoles de conocer la lengua española y el derecho a usarla como lengua oficial del Estado.
Porque una cosa les digo: la Constitución declara que el Estado español es aconfesional a efectos de las religiones, pero no lo es a efectos de su idioma, sino que se declara militante y proclama el deber de conocer la lengua de Cervantes, sin perjuicio del libre uso de otras lenguas cooficiales en sus respectivos territorios como parte de un patrimonio conjunto. Pero ellos hacen como que no se enteran y están derribando el edificio ladrillo a ladrillo.
Lo que a casi nadie se le escapa es que, en este plan, todos estamos advertidos de lo que puede llegar a suceder en unas futuribles (ni siquiera esto es seguro) elecciones generales en España. Una convocatoria electoral tuneada con reglas Covid y censo libre sin domicilio fijo, con un amigote de la infancia al frente de Correos y sin custodia policial de los sacos de papeletas, con el CIS en manos de Tezanos, con las redes sociales auditadas, sin cumplimiento del escrutinio general por las juntas electorales… Aquí votará por correo hasta George Floyd, no lo duden. Y lo hará por Sánchez, les aseguro.
He dicho.





