Los Pirineos: tan cerca, tan lejos (I)
Comenzaba el cuarto día del que iba a ser un viaje inolvidable con un desayuno contundente y el embarque con dirección en sentido Huesca a Viella, en el valle de Arán (Lérida). ¡Qué bien se viaja cuando se viaja bien!, con compañeros que no se quedan rezagados, que hablan sin elevar la voz en el autobús y que escuchan atentamente las indicaciones del guía; cuando el chófer conoce la carretera a la perfección y sabe amoldar la velocidad a los distintos tramos de la carretera.
La mañana nos deparaba dos sorpresas dignas de ser citadas para visitarlas en futuras ocasiones: la catedral de san Vicente de La Roda de Isábena (uno de los pueblos más bonitos de España) y el Monasterio de Santa María de Obarra en un paraje paradisíaco, ambos de Huesca, en el condado de Ribagorza, una escisión del condado de Tolosa. Estamos ante dos ejemplares del románico lombardo, la más antigua modalidad de este estilo, traído a esta región por el abad Oliva, de Urgell, que contó con la colaboración de canteros venidos del norte de Italia.
Allí supimos que las puertas de los templos estaban chapadas en hierro para evitar que fueran quemadas; que la numeración del 7 x 3 (números bíblicos con un profundo significado teológico) se repite de forma recurrente en la arquitectura de la época (matemáticas musical), y que Obarra era un referente en la fijación del calendario litúrgico por sus indicaciones astronómicas, hasta el punto de haber dado lugar a una nueva modalidad del sector turístico: el astroturismo.
Los kilómetros que nos separaban de Viella nos depararon unos paisajes montañosas regados por ríos a pie de carretera y cascadas que vertían con fuerza desde las cumbres aún nevadas a pesar de encontrarnos en mayo. Bonansa, Vilaller, Forcat, pequeños pueblos que jalonaban el camino hasta alcanzar el famoso túnel de Viella, que en su nuevo diseño, túnel rey Juan Carlos inaugurado en 2007, tiene una longitud superior a los cinco kilómetros y va paralelo al antiguo, el de Alfonso XIII, de 1948, que sólo se usa para el transporte de mercancías peligrosas.
Como ya he dicho, contar con un buen chófer es todo un lujo, y en nuestro caso así fue: tuvo la iniciativa de proponer la modificación del calendario de visitas a Emilio, nuestro guía, ante la perspectiva de futuras lluvias, y nos animó a ir esa misma la tarde a los miradores del valle de Arán, donde están las estaciones invernales de Baqueira y Pla de Beret, la “Marbella de la nieve”, donde se dan cita en la temporada de nieve representantes de la alta sociedad de toda España y donde las casas rondan de precio el millón de euros. El mirador de Betlán y el de Montcorbau, con un día soleado y sin nubes nos hicieron disfrutar de la contemplación de unas vistas sin parangón en el resto de la península ibérica.
El quinto día lo dedicamos a visitar las iglesias más representativas del lombardo de la alta Ribagorza, a saber: Santa Eulalia de Erill la Vall con su cementerio orientado al norte y el descendimiento de Cristo en madera; San Juan Bautista de Boí, con casas que conservan la ancestral tradición de colocar una flor de cardo en la puerta para ahuyentar a los malos espíritus ¡junto a una rama de olivo del domingo de Ramos!; San Clemente, esa iglesia que vemos siempre en la portada de todos los libros del Románico, y Santa María de Tahúll, menos conocida, pero también digna de visitar. Estos templos tenían también una función civil, pues hacían de lugar de reunión de aquellos asuntos que afectaban a toda la comunidad.
La tarde sirvió para contemplar uno de esos cauces de agua cristalina que bajan desde las montañas: el paraje natural de la cascada del barranco de Gros, en la ribera del Noguera de Tor, muy cerca de Barruera, donde llegamos caminando a través de un puente colgante.
Aún nos quedaba una jornada por tierras ilerdenses, el que cerraba este periplo del románico lombardo e incluía las visitas a la iglesia fortaleza de Santa María de Arties, en lo más alto del pueblo; San Andrés, en la transición del románico al gótico y Santa Eulalia de Unha en Salardú, con magníficas pinturas del evangelio, a modo de Biblia de los pobres y San Félix de Bagergue, profundamente modificada a raíz del siglo XVI.
No quiero cansarles más con tanto detalle de arte, sólo indicarles que la vuelta en tren desde Zaragoza transcurrió sin incidencias, lo cual no es poco en estos tiempos en que “Renfe” parece haber virado su marca a “Ten fe”, y transmitirles la impresión de que si hacen este viaje no se arrepentirán, porque encontrarán el último paraíso de España.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





