Hay un momento en la vida en que uno es consciente de que ya no puede decir expresiones como: “Esto lo vamos a dejar para más adelante”, “Ya iremos cuando los niños sean mayores” o “Este año no puede ser, mejor el que viene”, porque nadie nos garantiza que lleguemos a esa fecha y porque, como me avisa un buen amigo, “Llega una edad en la que ya no servimos ni para gastar”.
Es por ello por lo que cuando me ofrecieron la oportunidad de hacer una gira por los Pirineos, no lo pensé mucho, y menos siendo Atrium la empresa que lo organizaba y Emilio nuestro guía, paradigma de historiador del arte enamorado de su oficio. Esas montañas nos evocan a todos aquella geografía donde aprendíamos los nombres de sus picos más altos: Aneto, Posets y Monte Perdido, y tantas etapas de la vuelta ciclista a España y del Tour de Francia, pero de lo que se trataba en esta ocasión era de contemplar y disfrutar del Arte Románico en Huesca y Lérida.
Desde Sevilla, en poco más de cuatro horas, llegamos a Zaragoza con el AVE, y a continuación en autobús hacia la capital oscense, pasando por delante de la Academia Militar y de las instalaciones de aquel CIR 10 (San Gregorio) donde estuve los catorce meses del período de instrucción militar en mi juventud.
La Osca de los romanos es una capital pequeñita, de 55.000 habitantes (menos que Alcalá de Guadaira y algo más que Mairena del Aljarafe), regada por los ríos Isuela y Flumen, que se nos presenta ante la sierra de Guara como la puerta de los Pirineos. Dada su proximidad al hotel fuimos a ver la catedral, dedicada a Santa María. Como otros tantos templos, fue construida sobre una mezquita aljama, que a su vez fue edificada donde antes había un templo visigodo y, probablemente, un templo romano. No se pierdan el retablo de piedra del altar mayor, porque es para quedarse extasiado.
Aún tuvimos tiempo para deleitarnos con las explicaciones del párroco de la Basílica de San Lorenzo, patrono de la ciudad, el santo de la parrilla, nacido aquí y cuya vida está reflejada en unos cuadros que tuvo a bien mostrarnos el sacerdote, pues estaban en la sacristía, sin acceso al público. Por ser año jubilar, estaba expuesto el busto en plata del Santo patrón, a quien vimos como le rezaban con devoción un grupo de feligreses. La piedad popular no es patrimonio de ninguna latitud.
La mañana siguiente la dedicamos a ver el mozárabe del Serrablo (San Bartolomé de Gaín; Santa Eulalia de Oros Bajos, ¡con qué amor nos dio detalles Gregorio, un guía local de 86 años, sobre el lugar donde se bautizó!; San Juan de Busa y San Pedro de Lárrede) pequeñas iglesias descubiertas algunas de ellas a principios del siglo XX, rodeadas de vegetación de mil tonalidades verdes, salpicadas en su alrededor de alfombras de amapolas, lirios y violetas, custodiadas por chopos, abedules y pinos, con aroma a tomillo, espliego y romero, e iluminadas por un sol primaveral y sin nubes que sorprendía a propios y extraños. Construcciones todas ellas sujetas al misterio de su origen, pues no están documentadas y se hallan en lugares recónditos, y, en ocasiones, de difícil acceso: ¿mozárabe románico?, ¿primer románico lombardo?, ¿románico rural? No hay acuerdo entre los historiadores.
Si la mañana fue de fotografías que parecían postales, la tarde no se quedó atrás con el castillo de Loarre, fortaleza militar construida en los más alto de una colina de roca caliza, muestra del románico castrense calificado como el mejor de Europa, y plató de películas como “El reino de los cielos” de Ridley Scott o series como “El ministerio del tiempo”.
El día siguiente nos deparaba uno de los monumentos imprescindibles de ver por cualquier persona que quiera conocer los orígenes del Reino de Aragón (no confundir con la Corona de Aragón): el monasterio de San Juan de la Peña, todo él cubierto por la impresionante montaña de roca caliza que lo cobija, y donde no se debe perder nadie la iglesia prerrománica, el Panteón de los nobles monarcas que fundaron el Reino, y el claustro, auténtica joya del románico, con unos capiteles en piedra que son una verdadera catequesis en piedra.
Muy cerca nos esperaba la catedral de Jaca, primera capital del Reino, antes de que lo fueran Huesca y, más tarde, Zaragoza, con su famoso museo diocesano, donde pudimos contemplar pinturas que se habían arrancado de las paredes de algunos templos mediante la técnica de strappo para ser expuestas allí. Por cierto, la catedral de Jaca es de la misma época que la de Santiago de Compostela.
Resulta innecesario decir que el viaje lo hacen también inolvidable la compañía (antiguos colegas y coetáneos todos, más o menos), la gastronomía (pollo al chilindrón, alcachofas con jamón, ternasco, espárragos trigueros con piperrada, …) y la climatología, que fue de lujo.
Y desde Huesca partimos al tercer día hacia el valle de Arán (Lérida), pero esa es otra historia. Ya les contaré. No se la pierdan.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





