Uno de los secretos mejor guardados de la democracia en estos días son los menús de Navidad y Fin de Año en casa de los de Galapagar.
El Marqués y su señora, no en vano, son conscientes de que a la menor extravagancia que se hubieran consentido y se diera a conocer sería dinamita para los electores, que los tiene catalogados como aficionados a la pizza, la hamburguesa y, como mucho, al tele-sushi japonés o al wok coreano de cerdo agridulce con tallarines.
Todo lo que se saliera de ese canon, propio de un take away de pollo frito y nuggets para ver las cuatro temporadas de una serie el fin de semana, sería considerado un estipendio de nuevo rico, fiel retrato de su acceso a los reservados de la casta y demostración palpable de su distancia sideral con los principios inspiradores del 15-M, donde se compartían hasta las cortezas de la caja de Telepizza entre canción y canción de Quilapayún y Carlos Puebla..
La mera aparición ocasional de un caparazón de nécora o los restos de un percebe en el cubo de la basura frente a la mansión de los marqueses sería evaluada de inmediato como prueba irrefutable de alta traición y abandono de los de su especie, así que no sería demasiado extraño que a estas horas la lista del menú y las sobras de la basura de esa noche estén depositadas como un secreto de Estado en las cajas fuertes de un sótano del CNI, junto a los antídotos contra el ántrax para casos de guerra bacteriológica y junto a los papeles secretos de los trenes de Atocha que nunca llegaron a ver ni el juez Bermúdez ni su ex mujer, Elisa Beni.
En casa de «la chiqui» Marichús Montero son mucho más del paté de pato, que les parece una exquisitez de las grandes ocasiones, y en la de Carmen Calvo son más del jamón del bueno, veteado y cortado a mano en finas piezas, y del sucedáneo de caviar, porque las huevas de esturión, como el dinero público, no son de nadie, sino del que tenga acceso al presupuesto.
En casa de la Celáa, que no es de buenas digestiones, y se le nota en el gesto amargo y en el discurso largo y anodino, son más de servilletas bordadas y prefieren el consomé y las sopas salpicadas con huevo duro y las setas sin sustancia; mientras que Adriana Lastra y su fotocopia, José Luis Ábalos, no conciben una buena comilona si no es con cordero abundante y rebosando los platos de cabezas de marisco amontonadas.
Esta gente nunca se ha parado a pensar que las recetas económicas que aplica el socialismo siempre van en contra del libro de Simone Ortega, el de las 1.080 recetas de cocina, mientras que en el comunismo se agrava más aún la cosa y se termina almorzando pangolín al ajorriero y murciélago en pepitoria, como en China, o cenando cuines en su jugo, como pretende ahora el post castrismo en Cuba, que quiere convencer a sus súbditos de las bondades proteínicas de esas ratas de campo como quiso apabullarlos durante el período especial de principios de los 90 con la gastronomía deliciosa de hamburguesas de estropajo y ‘masitas de puelco’ hechas sin ‘puelco’.
A Willy Toledo lo quisiera ver yo allí a pecho descubierto y alojado no en una residencia cedida por el politburó, sino buscándose las papas, que no existen, en el mercado negro cada mañana y sin las ‘fulas’ obtenidas fuera de la isla.
En Corea del Norte y en Venezuela las hambrunas son ya cíclicas, como en Somalia o en Sudán del Sur, pese a llevar el Occidente entero capitalista volcando durante 40 años millones de toneladas de alimentos por el mero gusto de engrasar la maquinaria de las ONG a costa del contribuyente europeo y norteamericano.
Porque esa es otra, a las ONG del otro lado, chinas, rusas o de cualquier lugar fuera del capitalismo, no las espera nadie, porque cuando mandaron algo para ayudar fueron siempre kalashnikovs o tanques, o, como en el caso de China con Ruanda, casi un millón de machetes justo antes de que se desencadenara el zafarrancho culinario que despiezó como a reses a sus semejantes para luego arrojarlos al fuego purificador.
Si en los países comunistas se preocupan tanto de cortar a sus súbditos la señal televisiva satelital no es por proteger el espacio aéreo, sino por evitarles a los suyos que puedan acceder a ver el masterchef y las estanterías repletas en los supermercados del capitalismo, porque ese bombardeo constante sí que es peligroso para los regímenes del ‘irás y no volverás’ de todos los socialismos que en el mundo han sido.
En el mundo igualitario que sueñan Irene Montero y su cohorte de asesoras, el juguete no es sexista, porque consiste en lanzarse piedras en la calle o en una pelota hecha con trapos sucios y atados con una guita o con hilo de pescar.
He dicho.





