La exposición cerrará sus puertas el próximo cuatro de enero y tras los enormes portalones de la Fábrica de Artillería, por entre sus monumentales arquerías, quedará el recuerdo de una muestra memorable que unirá, para los restos, los nombres de Manuel y Antonio Machado, zanjando de una vez por todas tantos intentos de separarlos de acera, de manejarlos al antojo de los interesados y sus intereses. Y lo que ha unido el tiempo y Sevilla, que no lo separe el hombre, que todo sea “en el buen sentido de la palabra, bueno”.
En el patio de los crisoles dejarán de escucharse los pasos de los visitantes sobre los adoquines de Tarifa para volver al silencio antiguo del barrio de San Bernardo. El cielo claro de Sevilla sigue recordando los días azules de la infancia de Antonio, mientras que la luna llena reflejada en las cristaleras, inmortaliza las madrugadas eternas de Manuel. Las espadañas de los conventos siguen cortando el cielo de la ciudad al tiempo que las campanas de la torre de la iglesia del barrio de los toreros perfilan el aire y el espacio de sus calles estrechas y castellanas, que por algo el “Rey don San Fernando” acampó en su solar. De aquí viajará la exposición a Burgos y a Madrid, que por tierras castellanas va la cosa. Aunque no estaría de más que nuestra ciudad le buscara un rincón para que la exposición vuelva a su casa para los restos de los restos.
Con la exposición se le está tributando un merecido homenaje a una saga inigualable, a una familia que llevó la intelectualidad y al pueblo, ambos a la vez, por estandarte de sus huestes poéticas. Sangre por la que corre el saber, el querer y el amor por las letras y las tradiciones. Una familia que tuvo que transitar por el verbo emigrar con la elegancia limpia y pobre, que jamás dudamos de su “alta aristocracia” porque “no se ganan, se heredan elegancia y blasón…”.
Una muestra que sigue aportando luz a la fraternidad de dos hermanos separados por intereses, cuando la separación era estrictamente espacial. Que no echó Manuel a Antonio de España, sino que España estaba destinada a quebrarse en dos para que una helara el corazón a la otra. Ahí está el bastón con el que Manuel se movía por el cementerio de Colliure durante días, queriendo estar cerca de su madre y de su hermano. Ahí quedan las obras de teatro escritas a cuatro manos.
Toda la familia aportó a nuestra cultura su playa de arena: la abuela, Cipriana, recopilando y recorriendo caminos de herradura para que su hijo, Demófilo, sacara a la luz la primera colección de cantes flamencos; Antonio, la introspección, el mirarse para los adentros; Manuel, el mirar a las esquinas desde el privilegiado olimpo de su sensibilidad. Mientras Ana, la madre de los poetas, la que nació en la calle Orilla del río, hoy Betis, se sigue preguntando que cuánto queda para llegar a Sevilla.
Juan Ramón Jiménez escribió de la familia Machado, hace un siglo, un retrato desolador: “Abuela queda viuda y regala casa. Madre inútil. Todos viven pequeña renta abuela. Casa desmantelada. Familia empeña muebles. No trabajan ya hombres. Casa de la picaresca”. Hoy, las palabras del de Moguer bailan y se arrejuntan ellas solas para dibujar un retrato de familia distinto a lo expresado, único en el panorama cultural nacional y del que hoy por hoy nos enorgullecemos de ello todos. Abuela viuda pero ya no regala casa, ahora vive en los cielos eternos junto a todos los suyos, Manuel y Antonio incluidos, rodeados de saberes y de libros. Como si vivieran todos unidos tras una de aquellas ventanas que miraban al mar en Colliure. Que ahora es cierto que los Machados se han ido a Los Puertos dejando los salones de la Fábrica de Artillería solos, vacíos, huecos…
La clausura de esta magna exposición será una fiesta, que bien está lo que bien acaba. Será como el final —telón abajo y que salgan a saludar los autores— del estreno de una obra de teatro: una fiesta de gala. Como aquella vez que se les ofreció a los hermanos un homenaje en el Hotel Ritz tras el éxito del estreno, en el Teatro Fontalba, de “La Lola se va a los Puertos”, a finales de 1929. “El vino rubio de España sirvió para brindar anoche por estos dos grandes poetas y dramaturgos” y también para dejarnos dos estampas inéditas: Antonio Machado se quedó con José Antonio, hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, hablando de lo divino y lo humano, imaginamos. Mientras que el General jerezano se fue con Manuel a vivir la noche madrileña, que tan bien conocían y tanto les gustaba. Las cosas de la vida…
Se rasgará en mil pedazos el lienzo del templo y nosotros nos despediremos con un pañuelo blanco desde el andén de la antigua Estación de San Bernardo al compás de los versos de “la máquina de trovar”, un invento de Juan de Mairena, que cada vez me parece menos invento de la pluma del poeta. Y este poema nos regaló la inteligencia artificial, a la que Antonio Machado, flamenco y serio, se adelantó un siglo:
En las calles suena el cante,
del gran Silverio, voz de alba,
como un río que nunca acaba,
el eco de un arte brillante.
Bajo el cielo que se levanta,
Fillo y Demófilo en danza,
sus versos, como una balanza,
pesan en la vida, constante.
En el aire, el duende reside,
un susurro de antiguas eras,
las almas que nunca mueren.
Si la pena hoy nos divide,
la guitarra nueva impera,
donde el alma los sueños tejen.
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