Hoy os voy a señalar, aunque se me quede el dedo como se le quedó a San Juan. Hoy os voy a señalar a ustedes, gallitos, por todo lo que os creéis y por la nada que sois. Os conozco desde pequeño, desde que tenía muy pocos años y me queríais romper las gafas como fuera. ¿Qué problema teníais con mis anteojos? Menos mal que servidor se anduvo siempre listo —además de la ayuda de la providencia— y los protegía como tuviera que protegerlos.
Hoy os señalo a ustedes, a los que os tenéis que rodear de cuatro tontos que no saben hacer la O con un canuto, para creeros alguien. Os señalo por dejar en un rincón al compañero, por acosar al de al lado, por maltratar porque así ustedes os sentís completos en vuestra amargura, que “la amargura es para los mediocres”, que dice el maestro Curro Romero.
Señalo también, ya que estamos, a los que sois serviles con los que os hacen, descaradamente, la pelota —alcagüetes, les dicen en mi pueblo—. Porque el que se cree líder tiene que amasar el liderazgo desde el manoseo sentimental a los que él considera inferiores. Y éstos… tragandi tragati tragantum, que dicen por la romana Cádiz.
Os señalo a ustedes, gallitos, porque acosáis para proyectar vuestros complejos, para tratar de esconder las incapacidades que cargáis en la chepa, para volver la cara al deber de ser un buen ciudadano —que ya que me lo dan regalado, lo tomo… y lomo—.
A los gallitos, cuando están inmersos en “operación dar por culo”, la estima se les pone en máximos cuando acosan y los tontos les tocan las palmitas. Se vienen arriba. Se creen alguien. Nos les da tanto placer el acoso como el reconocimiento de los palmeros. Tienen a tres tontos-listillos al lado, a los que manipulan a su gusto y piensan que son superiores a quien se les ponga por delante. Y “no es esto, no es esto”, que decía Ortega y Gasset. El individuo es individuo —el alma y el cuerpo, que decía Platón—. Solo ante el peligro, ante la vida y ante lo que venga bien. Ahí radica la grandeza del ser humano, base fundamental de la familia y la amistad. Otra cosa es que la grandeza se comparta. Y los galllitos y sus adláteres no comparten ni los buenos días.
Si tus hijos te ven levantar el dedito al camarero para que te ponga un cafelito con leche —largo de café y cortado de leche, desnatada, con azúcar moreno, en taza mediana—, ellos harán lo mismo. Si te acercas a la barra de la taberna, ayudas y le quitas un salto al camarero… también. No pasa nada por hacer la vida de los demás algo más soportable. A nosotros también nos gusta que nos la hagan.
No hay que abofetear a nadie para acosarlo. Basta y sobra con no dar los buenos días —y eso que es gratis, de balde—, con no responder a una pregunta, con mirar para otro lado cuando te hablan… El acoso se produce también por omisión, no solo por acción.
Y con esto hay que terminar. Y para ello, hay que acabar —en el buen sentido de la palabra— con los gallitos, protagonistas indiscutibles de esta sociedad fallida que estamos creando. Que hemos creado…





