A pesar de las tópicas críticas, cada año comprobamos como la Feria de Sevilla goza de un desbordante éxito y popularidad para propios y extraños; como lo corrobora el elevado número de «feriólogos» foráneos que suelen surgir por los diferentes medios de comunicación, hablándonos sobre «las Ferias», «los trajes de faralaes», «el desfile de carruajes», etcétera.
Simpáticos especialistas que a veces con solo abrir la boca te revelan que es más la afición que le ponen, que el conocimiento que destilan descifrándote el código sagrado de cómo hay que vestirse en la Feria, lo que se puede o no beber y comer, cuándo hay que pasarse de un lado a otro al bailar sevillanas, los grados que tiene un rebujito, y las frases hechas a utilizar para moverse con la soltura de un indígena hispalense. Todo un curso acelerado de sevillanía que convertirán a cualquier forastero en un avezado feriante nada más pisar «el albero del real».
No obstante, conviene advertir de las frustraciones que algunos de ellos pueden generar en las expectativas gastronómicas de un visitante común, cuando al llegar a una caseta no resulte agasajado con «jamón de pata negra y gambitas de Huelva», que según estos expertos es lo que te ofrecen todos los sevillanos en sus casetas (¡casi ná!). De lo que se deduce que muchos de estos feriólogos, o hablan de oídas o se relacionan únicamente en la Feria dentro del selecto círculo de los del taco gordo en el bolsillo, lo que a veces les mueve incluso a expresarse con afectada sofisticación.
Como le sucedió a uno de estos expertos de una emisora de radio importante, al referirse a las maravillosas «chácinas» que se consumen en la Feria; esdrújula que repitió varias veces para que nadie dudase sobre la exquisitez de tales productos. Y es que lo esdrújulo otorga un incuestionable caché incluso a lo más vulgar. ¡Que vivan los chórizos, los lómitos, los mórcones y demás embútidos del género pórcino que tanto alegran nuestros estómagos en las Féridas!





