Creo no equivocarme si digo que todos estamos ya hasta las narices de que nos riñan… Lo hacemos todo mal: opinamos mal, votamos mal, comemos lo que no se debe y nos reímos de masticar insectos, nos vacunamos si nos da la gana, ligamos a contra mano, sembramos el campo de cosechas que ellos no desean, invitamos a café o le abrimos la puerta amablemente a quien no debemos, cuidamos mal al perro o al hámster, vemos los videos inadecuados e incluso pasamos por completo de los que ellos nos ordenan, invertimos en una casa o compramos un coche que a ellos no les gusta, nos movemos demasiado y, encima, cantamos poco la Internacional con el puño en alto, ese tostón insoportable que huele a carcundia y a campo de concentración…
Para colmo de disparates, quien nos riñe a cada paso suele ser cada vez más jovenzuelo y se abrió la veda con la niñata Greta, pero se han sumado como un rebaño todos los mindundis del cine, lo mismo un actor o actriz revelación de 14 años que un maestrillo de pre escolar metido a diputado de Podemos que pretende salvar al mundo con su relamida y ridícula posición de «efecto mariposa» desde el arriate de su casa adosada en Sanlúcar de Barrameda mientras expele insultos gratis a los ciudadanos desde el sueldo que le pagamos todos.
Una día una ministra que acaba de terminar la carrera te dice que no comas fresas o que le preguntes a una tía con dos tetas como dos carretas si debes usar un pronombre personal u otro para dirigirte a ella; otro que se quedó en el COU te dice que no veas fútbol masculino y al siguiente otra más te anuncia que te va a meter la mano en la cartera para poder subirle el sueldo a unos amigos suyos afiliados de un sindicato de chorizos que no la doblan desde que soltaron el babi.
No es sólo la insignificancia de los personajes y de sus argumentos, porque también los hay como ese abominable Bill Gates, al que el futuro debería depararle un buen juicio del estilo del de Nuremberg, por cabestro, capaz de comprar moviendo un dedo desde su laptop la deuda pública de diez o doce naciones africanas y la de siete u ocho países latinoamericanos; o de Pedro Sánchez, todo un presidente de gobierno auto designado antes de que el propio Rey Felipe VI le propusiera formar gobierno (anunció que había firmado un pacto con Pablo Iglesias y que formaría gobierno con Podemos cuando S.M. el Rey se encontraba en La Habana y ni si quiera se lo había propuesto).
En todo caso, ambos dos, ya ven, proclaman una retahíla de imposiciones que invaden la libertad individual de las personas y restringen nuestros derechos, pero cuando les preguntan por la contradicción de sus argumentaciones fofas mientras viajan constantemente en avión privado, los dos coinciden en que ellos están exentos porque forman parte de la solución y no del problema. Y entonces ya no sabes si es que son imbéciles o se sienten bendecidos por los dioses, como algunos de los luises de Francia pavoneándose sobre sus tacones con lazo, con sus pelucas y sus medias de seda.
Davos, Soros, la ONU, la UE, pero también Echenique, Iglesias, la Belarra, el desaparecido Monedero o la Fallarás, además de miles de churriguerescos ciudadanos, ofendiditos por cualquier cosa que se les antoje, se pasan la vida riñéndonos porque saben que se les acaba el tiempo y, para cuando llegue el supuesto paraíso en el que pretenden encerrarnos, tienen que haberse colocado en algún sitio del lado del que riñe, que es el que reparte dividendos, y no de los reñidos, condenados a priori, como rebeldes e inadaptados, por negarse a recibir una paguita del Estado como aspiración máxima dentro de un recinto de borregos alimentados en los pesebres del Estado.
¡No me riñan, coño!
He dicho.





