Entre ellos sí hay un “DEL TORO” con mayúsculas y de apellido real y no impostado: Juan Carlos. Otro que nació para ser santificado: Javier SANTOS, y el tercero, sólo en enumeración, no en importancia, “el hombre bien enseñado”, según consta la raíz hebrea de su nombre, Diego: DIEGO Gómez.
Y nada menos que en la Ronda Norte (que no es el origen del otro “del toro” pero casi, y no el “Palacio de los señores de cachemir”, que es lo que parece). Allí los tres angelotes aparecieron sin pensarlo, en cuanto les sonó la alarma en el cuartel, corriendo sin saber qué iba a pasar, sin mirar si la señora que estaba a punto de saltar al vacío lleno de hormigón era más cuqui que mi Kuki o no. No había tiempo y, por supuesto, eso no importaba.
Ella tampoco dudaba. Se tira. No es broma. Se tira y se mata. Se acabó. Game over.
Atiborrada de quién sabe si valiums u optalidones de los que tomaba su madre, que lo único que hacían era ayudarla para reunirse con ella, a saltar desde la viga. Cuarenta noviembres tirados por 8 metros de altura en una ronda.
Pero allí estaba EL CUERPO, el otro cuerpo, el de bomberos, que eso es… harina de otro costal.
Cuenten ustedes la de veces que ellos se arriesgan, se amenazan, se venturan y aventuran, se ponen en peligro máximo para salvarnos a nosotros. Por vocación a la profesión, la de lidiar con locos de atar, para salvarnos en un mundo en el que muchos desgraciadamente en algún momento no encontramos el coraje para vivirlo.
Esos sí son Ángeles. Ángeles mortales. Ángeles de carne y hueso. Ángeles y Arcángeles… ¡La madre que me parió! ¡Que soy muy capaz de ir arrancando por la calle cada cabezón querubín de pito chico de la Asociación de belenes y poner en su lugar un calendario del Bomberos 2018 con un cartel que ponga: ¡Esto sí es Navidad!





