…son mis amigos, reza el dicho (que acaso no siempre se cumpla, pero en fin, expresa una actitud amable).
Por desgracia, seguramente es aún más certero otro concepto, bastante más ingrato, que haría referencia a los enemigos.
En una Europa rebosante de ideología “progre”, de imposición a la viva fuerza de consignas LGTBI, de animalismo, ecologismo, etc… hay algunos que se sorprenden de que esa misma Europa se muestre tan benévola hacia una población musulmana cuya ideología es tan radical y absolutamente contraria a la suya. Recuerdo a un ingenuo bienintencionado, votante confeso de un partido político llamado “Familia y Vida” (que ni siquiera sé si sigue existiendo), que expresó su esperanza de atraerse a votantes… musulmanes.
-Si se enteraran de que existe, podrían votarlo. Los musulmanes no abortan. Los musulmanes no admiten “matrimonios” gays. En realidad podrían ser unos buenos aliados.
¡Los musulmanes, unos buenos aliados para su causa de valores tradicionales! Resulta duro, para quien detesta el cinismo, tener que desengañar a semejante ingenuo. Pero a veces, el candor de un alma inocente ilumina, hace ver realidades que de otro modo no percibiríamos de manera tan nítida.
Pongámonos en el lugar del alma inocente. En efecto, ¿por qué no les atrae, a los musulmanes, un partido como “Familia y Vida”? Ellos no abortan, ellos no están por institucionalizar (bueno, ni siquiera permitir ni en la intimidad) parejas del mismo sexo. ¿Cómo pueden votar a partidos de lo que hoy llamamos “la izquierda” (un término que a Marx, Engels y demás, les haría mucha gracia, pero en fin, así están las cosas; hablamos de “derechos” para los animales, aborto y eutanasia para las personas, LGTBismo, nacionalismos locales, y ecologismo que se desplaza en jets privados. No parece haber nada más contrario al Corán)…?
Es más: ha habido voces episcopales contagiadas de esa misma ingenuidad. Hablan del posible efecto positivo del aumento de musulmanes, ya que, cuando los católicos cobardes y tímidos convivan con ellos y les oigan decir que van a la mezquita y que practican el Ramadán, pues esto puede animarles a “soltarse” y a decir “pues yo a lo que voy es a misa, y mi época de privaciones es la Cuaresma”. De nuevo lo mismo: da como pena estropear semejante cuadro idílico con la cruda realidad.
Nos presentan un posible escenario de cristianos y musulmanes muy amigos, cada uno yendo a su lugar de culto y defendiendo lo “mucho” que tienen en común. Bueno, pues hay cosas que “podrían suceder”, pero no suceden. Dos no se alían si uno no quiere.
La inmigración musulmana no está por a aliarse con la minoría de “valores cristianos y tradicionales”. Y el mundo progre de activistas LGTBI, pro aborto y eutanasia, etc, apoya sin ambages la inmigración musulmana. ¿Por qué, si tienen valores tan distintos? ¿Cómo los mismos políticos, los mismos pro aborto, eutanasia, ideología de género, etc, cómo apoyan tanto a un grupo cuya religión prohíbe esto mismo, y de manera aún más tajante e inequívoca que el cristianismo?
Única explicación: los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Tanto unos como otros (el activista progre y el fiel musulmán) tienen un mismo enemigo común a destruir: la civilización europea. Esto le presta solidez a su alianza.
A un musulmán en Europa el mismo titular que hace sufrir en silencio a un cristiano (recordándole continuamente que es un paria, que debe vivir callado) no le molesta; más bien es una señal de la decadencia del enemigo, es decir, un triunfo. Indica el vaciamiento de un espacio, tanto moral como demográfico, que él puede ocupar.
En fin; una que se tenía por ingenua, no imaginaba que en cuanto a candor la superaran tanto.






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Amén.