
Desde hace años, todos veníamos temiendo una desgracia colectiva a nivel mundial. Lo decíamos coloquialmente, en nuestras conversaciones, de una manera u otra: “no sé dónde vamos a llegar”, “esto no puede acabar bien”, o frases similares prediciendo una catástrofe aún sin identificar. También decíamos “esto cualquier día explota”. Recordándonos ahora hacia atrás es evidente que la intuición no nos fallaba. Dicen que los caballos se alteran en sus cuadras mucho antes de que tengan encima una tormenta, como si adivinaran su proximidad. A nosotros nos pasaba algo así. Aunque tampoco había que ser demasiado listo para calcular que los derroteros que iba tomando el mundo no podían llevarnos a nada bueno. El pasado mes de junio, manteniendo con un biólogo una conversación de este tipo, me dijo: “A lo mejor el problema está en que no haya otra guerra”. Me dejó helado y pensando en eso durante meses, porque empecé a sospechar que podía llevar bastante razón.
Ya sabemos a dónde íbamos a llegar. Y ahora nos preguntamos millones de personas si el terrorífico virus que ha trastocado la escala de valores del planeta entero ¿fue premeditado, fabricado para dirigirlo bélicamente a todos o, más casualmente, escapado por su cuenta y riesgo de un laboratorio de China? Ignoro si las cúpulas de poder nos permitirán la respuesta al común de los mortales. Pero también me viene a la memoria cuantas veces nos advirtieron de que las nuevas versiones de la guerra serían nucleares y hasta bacteriológicas. Aunque de momento hayamos doblado en España una alta curva de contagios, lo cierto es que no sabemos qué será más delante de nosotros. Sin imaginar que sería un virus, esto se veía venir.
Dibujo de Beatriz Galiano





