Antes de todo, una explicación debida al lector. La palabra “moro” proviene étimológicamente del latín “maurus”, término que utilizaban los antiguos romanos para designar a los habitantes de la provincia de Mauretania (región que hoy corresponde al norte de Marruecos y Argelia). Esta precisión me la hizo un guía tunecino que afirmaba, sin ambages, “yo soy moro”. No es, por tanto, un término despectivo ni racista. En lo sucesivo, empleo “moro” en el sentido de marroquí. Y más concretamente poder marroquí, gobierno de Marruecos.
No sé qué sentir ante las declaraciones de Pedro Sánchez en la SER el lunes. Da risa, la idea de unas fuerzas malvadas de Rusia e Israel manejando unos hilos geopolíticos torticeros que movilizaron a decenas de jóvenes marroquíes y los condujeron al paso masivo irregular de una frontera sensible, pero imprudentemente desguarnecida. Da risa, además, por el empeño manifiesto, reiterado y mantenido de Sánchez y todo el oficialismo gubernamental en achacarlo todo a una conspiración internacional difusa y profusa (movilización juvenil en redes), realizada en el territorio de Marruecos sin que su gobierno se enterase, organizase o participase activamente.
Paso ahora de la risa a la indignación: Sánchez miente. Y lo hace en público, con descaro y cinismo, a sabiendas de que los vídeos de los agentes marroquíes facilitando y conduciendo la marea humana de Tarajal circulan por las redes desde el 30 de julio. Nos miente en nuestra cara: no hay que ser experto en política internacional para saber que Marruecos es un sólido aliado de Israel y de los Estados Unidos. Si Israel hubiera estado implicado, el MOSAD sería el director del plan. O al menos lo sabría. Y le van a organizar esta juerga a su aliado marroquí sin comunicarle nada, ¿verdad? Más aun: tampoco hay que ser un experto para saber cómo son las cosas en Marruecos. Ahí no se mueve nada ni nadie sin que se entere la seguridad de su majestad con la debida antelación. Para muestra, un par de botones: dígame el lector si Marruecos se resintió en su momento por la Primavera Árabe o por la ola de islamismo radical. Sánchez miente. Albares, también. El gobierno miente descaradamente: no es posible que la crisis ceutí pasara sin que Marruecos participase y organizase.
La pregunta, por tanto, es a qué se debe este empeño sanchista en negar lo evidente. Y ahí les confieso que paso de la indignación al temor. Odio los rumores y las habladurías, pero no tengo más remedio que sacar a colación el asunto “Pegasus”. Un software (israelí por cierto) que, en manos de Marruecos, infectó el móvil personal de Pedro Sánchez. O eso se dice. O eso trascendió en su momento. De hacer caso al rumor – imaginen lo difícil que es obtener la prueba de algo como esto -, el gobierno marroquí ha podido obtener información muy sensible acerca del gobierno español. Y, en concreto, de su presidente Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez ha cambiado su política hacia Marruecos de modo extraño y sin dar explicaciones. Por ejemplo, la brusca ruptura con la línea tradicional al reconocer la autoridad de Marruecos sobre el Sáhara Occidental. Ahora, una vez más, confrontado ante una crisis fronteriza mayor que deriva en un problemón humanitario y de paz y seguridad en una ciudad española, el tipo da la consigna de hierro: “Marruecos, el vecino ejemplar”. Contra toda la evidencia que ya conocíamos. Contra la que lucha por salir a la luz, quebrando gradualmente la disciplina de silencio impuesta a funcionarios y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
En la teoría de la conspiración, pueden estar implicados los rusos, los israelíes y los americanos, no lo niego. Pero tendrían que actuar obligadamente a través de una palanca marroquí que, no lo olvidemos, sigue su propia dinámica y tiene objetivos particulares (a nuestras expensas). Y esto es lo que me atemoriza. Porque, en nuestro lado, a los mandos hay un tipo enmudecido, incapaz de reaccionar, de llamar a la embajadora de Marruecos, de emitir una protesta oficial y contundente.
Nada. Se limita a servir, como he escrito en otro lugar, un relato para bobos muy bobos, una feligresía ciega y entusiasmada, a la que presenta una oposición al modo de un equipo siniestro, empeñado en resucitar a toda prisa la momia de Franco.
Me atemoriza porque tengo que pensar que, a los mandos, no tenemos un gobernante capaz de obrar con libertad, sino a uno maniatado. ¿Qué sabe de ti el moro, Pedro Sánchez? ¿Qué oscura pieza de información consiguió con el “Pegasus” que te sacó la marroquinidad del Sáhara y, ahora, te mete (en realidad, nos mete a todos los españoles) un golazo por toda la escuadra sin que seas capaz de articular la palabra “Marruecos”?
El chantaje debe ser terrible. Entre otras cosas, porque es enorme y pública la indignidad del presidente. Independientemente del objeto concreto de la extorsión, el mayor temor es el de una nación dirigida por un tipo de rodillas, capaz de aceptar dictados de un vecino hostil sin resoplar ni decir ni mu. En este sentido, coincido con aquellos que, desde hace algún tiempo, subrayan la idea de replantear nuestras relaciones con dicho vecino, resituando nuestro rol internacional. Tarea obvia, a acometer por gente nueva, libres de las oscuras cadenas que se intuyen bajo el análisis de los hechos.





