Resulta un tanto incómodo el verse pronunciando frases grandilocuentes, que pueden sonar como demasiado pomposas, como pertenecientes a épocas pasadas… Y sin embargo, sucede que la vida, en sus extrañas vueltas de tuerca, pues esas cosas solemnes y grandiosas, nos las convierte en la pura verdad.
La realidad es esta: nos hallamos en un momento en que hay que defender la supervivencia de nuestro país. Y como nadie más lo hace (ni el gobierno ni el ejército ni el rey… Nadie) lo tendrá que hacer el pueblo. (Ahí es donde vemos que la frase queda un poco altisonante, que no casa bien con nuestra época escéptica y que más bien se dedica a ridiculizar el tono heroico heredero del Cid Campeador, y el lema del “Todo por la Patria”… Y que eso de “lo tendrá que hacer el pueblo” suena a populista. Pues bueno, así es. Pero da la casualidad de que es verdad).
Vuelve a resonar la Divina Comedia de Dante: una de las peores estancias del Infierno, reservada a los más malvados, recibe precisamente a los que sembraron la discordia, los que provocaron enfrentamientos entre personas que antes vivían en paz… ¡Oh, pocas veces se habrá visto este ejercicio de crueldad refinada más claramente que ahora, cuando fuerzas diabólicas quieren destrozar la entrañable realidad que es la vida en la ciudad de Ceuta!
Un paseo atento por esta ciudad, en todas sus partes, puede llevarnos a comprender, aunque esto parezca una afirmación muy osada, lo que fue la vida en el sur de la Península durante los primeros siglos de la ocupación árabe y mora. Si venimos “de vuelta” del relato edulcorado que se nos presentó durante tantos años de una especie de convivencia ideal entre moros y cristianos, podemos pasar al extremo contrario y estar ciegos al hecho de que ciertamente se dieron unos elementos de tolerancia y de convivencia inéditos en otras partes del mundo. “España es diferente”, ¡pues sí! Junto a las múltiples barbaries, hubo muchos períodos de paz, se llegó a unos niveles de comprensión y de tolerancia (más de un milenio antes de aparecer esta palabra) que no se dieron en ningún otro sitio. José María Pemán, en su pequeño libro de divulgación de Historia de España, aventura esta hipótesis: que de no ser por aquello de poner siempre la religión cristiana por delante sin concesión religiosa alguna, rasgo tan inherente a nuestra historia, guste o no, pues… pues ambas razas, en aquellos siglos VII, VIII, IX, hubieran acabado mezclándose y conviviendo bastante bien sin problema, y hasta creando una civilización peculiar (y lo dice Pemán, que no es uno que lamente precisamente la primacía de la fe cristiana, sino todo lo contrario. Pero por puro sentido histórico, reconoce los hechos. Los moros “españolizados”… no eran tan incompatibles, no eran tan barredores de todo lo anterior como los de otras zonas).
En fin, estas cuestiones no se pueden dirimir en un párrafo. Pero dejando la Edad Media y volviendo al siglo XXI: hay que pasear realmente por Ceuta, recorrer no sólo el centro sino su barrio residencial (sólo tiene uno), tomar un café, comprar algo en una tienda, y observar. Y allí hasta el más rebotado de tanto “wokismo”, y del cansino y falso lema de que “todas las religiones son válidas”, hasta la más fervorosa descendiente de Don Pelayo, si algo conserva de capacidad de observación y de amor a la verdad… pues tendrá que reconocer que aquí sucede algo que no se da en otros lugares de Europa. Aquí la frase que parecía un tópico buenista, pues miren… ¡es que por casualidad aquí sí es cierta! Moros y cristianos conviven en armonía, y son españoles. En ningún sitio se ven más banderas de España, y puestas con toda naturalidad, como la cosa más normal. Esta es Ceuta.
En Ceuta se venera a la Virgen de África, en cuya iglesia destaca, hasta con más fuerza que su original en el Museo del Prado, la Coronación de la Virgen de Velázquez… ¡Fascinadora imagen, que parece contener en sus tonos rojizos la esencia de España, que se ve en multitud de iglesias, desde el corazón de La Mancha en la ermita de Puertollano, hasta la catedral católica de ese Gibraltar que con un poco de habilidad hubiéramos podido recuperar tranquilamente hace pocos años! La Virgen de África, cuya onomástica, como la de la Virgen de las Nieves, es en pleno agosto en aparente paradoja.
Pero hablaba de los sembradores de discordia. En efecto, pocas veces se habrá visto algo más malvado, por parte de un gobierno contra sus propios ciudadanos inocentes: al dejarlos desprotegidos, sin defensa, al quitarle sus propios recursos y espacios para regalárselos al invasor (¡se quedaron sin playa, la única que tienen! ¡Se quedaron sin el edificio del colegio, sin salas de hospital! Y prácticamente sin calles); después de verse desposeídos y limpiando los desechos del invasor… ¡el gobierno va y los acusa de racismo y xenofobia!
Eso por un lado. Pero por el otro, ¡ahora se ponen a hablar de los peligros del Islam, y de por qué hemos permitido construir tantas mezquitas! Ciertamente este es un tema de enjundia, al que se le puede y debe prestar atención. Pero no ahora. Porque no tiene que ver con la presente invasión de este territorio español. Y hablar de eso ahora sólo conduce a una cosa: a crear división interna entre los ceutíes. Con horror, vemos que es lo que se pretende. Dividirlos. Divide y vencerás.
Hay que centrarse en los culpables de la situación actual. Uno de los mayores, los que heredaron el nombre de la Cruz Roja. ¡La Cruz Roja! Como tantas veces en la historia, lo que nació como algo noble y desinteresado se ha convertido en un nido de desaprensivos. Pero siguen llevando ese nombre.
Y esa idea peregrina, que por ende lleva años efectuándose, de “repartir” a los invasores… ¿cómo nadie la desmonta? Únicamente alegan que eso produce efecto llamada. Así es, pero hay algo más. Un problema se soluciona, no se “reparte”. Es como si en una localidad estalla un terrible incendio, y la solución que se les ocurre es llevarse ramas ardiendo para “repartirlas” por toda España. Es decir, difundir, extender, generalizar la tragedia. Pues no es así. Ante un incendio, o ante una invasión, los demás debemos ayudar a solucionarlo in situ.
Y la inacción del gobierno, ejército y rey.
La inacción del gobierno es la principal culpable, claro. Pero la falta de gestos del rey (que sólo está para eso) no deja de clamar al cielo.
Un rey europeo en los tiempos actuales tiene la inmensa suerte de que un mínimo gesto suyo puede ser alabado durante décadas y quien sabe si siglos. Por ejemplo, pese a su caída en desgracia, seguimos encomiando, merecidamente, a Juan Carlos I por aquel “¿Por qué no te callas?” con el que interrumpió al que se dedicaba a criticar a España en sus propias barbas. A los simples mortales no se nos alaba y aplaude por valentías similares o muchísimo mayores. Al rey sí. No tiene que gobernar, no tiene responsabilidades políticas. Vive de gestos. Que aprenda a hacerlos. Sólo está para eso.
A algunos jóvenes que tenían la idea de que el rey Balduino de Bélgica había sido casi una especie de mártir en defensa de la vida del no nacido, les sorprendió enterarse de que total aquella abdicación tan celebrada sólo había durado un día. “Abdicó” un día para no tener que firmar la ley del aborto, y retomó el trono al día siguiente. Ciertamente, Balduino y Fabiola constituían un prototipo de matrimonio cristiano orante y piadoso casi como los padres de Santa Teresita; sí. Pero esto no es lo que nos ocupa. Sino que un leve gesto de parte de un monarca moderno tiene una fuerza simbólica tan enorme que aquel detalle que parece casi de broma de “abdico por un día” pues adquiere unas proporciones gigantescas. Casi suena desproporcionado que aquel mínimo gesto, que no implicó sacrificio alguno, le haya reportado esa fama de gran héroe cristiano – pero claro, es el contraste con otros monarcas que no hacen ni eso.
Resulta impresionante, por parte del actual rey de España, esa límpida ausencia del menor gesto, de la menor frase… la total ausencia de sí mismo.
(La noticia del fallecimiento del rey de Noruega, un hecho aparentemente tan ajeno a lo que nos ocupa, pues parece anticipar un revoltijo de tripas ante una imagen que puede que tengamos que ver. A sus funerales en Noruega, ¿a eso asistirá el rey Felipe? ¿Para eso sí tendrá tiempo? ¿En calidad de qué asistirá? ¿De rey de dónde?)
Pero está el pueblo. ¿Qué puede hacer? Sobre todo, ¿qué puede hacer sin violencia? (Tampoco el uso de la fuerza como “última ratio” puede descartarse – si no, no habría ejército, no habría fuerzas de seguridad del Estado… esas instituciones que de momento defienden justo a los invasores- pero esperemos no haya que usarla). Pues, por lo pronto, puede no darse por vencido. Esas frases que pululan de “Ya doy a Ceuta por perdida”, “Ya está pactado que entreguen Ceuta”… no hay que secundarlas. Vale que no están de moda las frases heroicas, y que desearíamos seguir viviendo en una época tranquilita y acomodada. Pero a lo mejor el pueblo español del 2 de mayo de 1808 también quería estar tranquilo y sin ganas de lucha ni de ser héroes ni mártires. Pero cuando esa situación ya no es posible, ¿no nos vamos a defender?
“Ceuta se defiende”, dicen los invadidos. Por lo pronto, no tirar la toalla. Mostrar unidad y decisión. Ceuta se defiende.
(Tampoco hay que decir “Ceuta es España”, porque el destacar esta obviedad sería como ponerlo en duda). Ceuta se defiende. Dos de mayo. No, Dos de septiembre.





