Hace tan solo unos días, terminaba la “Operación regreso”, esa por la que miles de vehículos cruzan las carreteras españolas de vuelta a casa tras las vacaciones disfrutadas en el mes de agosto, y muchos habrán tenido ocasión de sufrir los desperfectos en el mantenimiento de las vías, sobre todo en el firme y en la pintura de aquellas.
Hay cosas que damos por hechas, y que en pocas ocasiones nos paramos a pensar sobre cuál fue su origen y cómo han llegado hasta nosotros. Una de ellas puede ser la pintura de una línea en la vía, tanto en la mediana como en el arcén: ¿cuándo y dónde empezó a darse? ¿Cómo ha llegado hasta hoy?
Una sencilla línea de pintura sobre el asfalto es una de las medidas de seguridad vial más efectivas y económicas jamás concebidas. Es una “tecnología” tan elemental que no reparamos en ella, pero hubo un tiempo en el que los coches circulaban sin esta ayuda visual. Antes de su existencia, transitar por carretera abierta era un ejercicio caótico: los conductores tendían a mantenerse por inercia en el centro del camino para evitar cunetas irregulares, apartándose bruscamente solo al cruzarse con vehículos en sentido contrario.
La historia comienza en el estado de Michigan (EE.UU.) en 1911 y, como suele ocurrir con muchos grandes inventos, empieza con una escena anodina. Edward N. Hines, miembro de la Comisión de Carreteras del condado de Wayne, observó cómo un carro que transportaba leche, dejaba un hilo blanco sobre el pavimento por una pérdida en un recipiente. La línea improvisada dividía visualmente la carretera. Hines llevaba tiempo pensando en cómo reducir los accidentes en unas vías cada vez más congestionadas. Fue ahí donde surgió la idea de ordenar pintar una franja divisoria en River Road (Trenton) para delimitar sentidos opuestos.
A este señor, gran aficionado al ciclismo, le debemos la construcción de la primera milla completa de calzada pavimentada, para que las bicicletas no tuvieran que sufrir la tierra o grava de los caminos, y fue en Detroit donde por primera vez se usó el hormigón asfáltico, recién inventado.
No fue hasta 1917 cuando está documentada la primera línea central en una carretera interurbana, en Míchigan, para evitar que los conductores invadieran el carril contrario al tomar una curva cerrada, ya que muchos accidentes se producían porque los vehículos ‘atajaban’ por el interior, y por eso no solo se pintó una línea central, sino incluso unas flechas que indicaban la dirección.
Es curioso que ese mismo año, en California, una médica se viera obligada a dar un volantazo hacia la cuneta para evitar el choque contra un camión. Comprendió que el problema no era tanto el camión como la carretera. Tomó la iniciativa de pintar ella misma una franja blanca de 3,2 Km de largo y 10 cm de ancho en el centro de la carretera que pasaba frente a su casa. Su persistente campaña ante las autoridades llevó a que California adoptara oficialmente la línea central en 1924.
Tuvieron que pasar décadas para que uno de los grandes inventores estadounidenses, John van Nostrand Dorr, cumplidos los 80 años de edad, ideara la forma de evitar que se produjeran accidentes en los arcenes. En 1952 propuso pintar líneas blancas en ellos, pero como las autoridades se negaban a financiar lo que consideraban un lujo, decidió pagar él mismo el experimento con financiación propia. Seleccionó dos carreteras casi idénticas (mismo tráfico, mismas curvas, misma peligrosidad), una se pintó y otra no, y se pudo comprobar al cabo de un año como había menos accidentes en la pintada.
Las líneas de borde (edge lines) comenzaron a implementarse de forma sistemática para guiar la visión periférica del conductor lejos de la cuneta, delimitar claramente la berma o arcén, reservando ese espacio seguro para averías, peatones o detenciones de emergencia, y, finalmente, para facilitar la conducción con lluvia densa o niebla, cuando la línea central queda oculta o deslumbra con los faros contrarios.
En Europa comenzaron a implantarse las líneas blancas en 1918, y en 1934 Percy Shaw patentó en el Reino Unido los catadióptricos reflectantes empotrados en el suelo, revolucionando la conducción nocturna y con niebla. En 1957 se firmó en Ginebra (Suiza) un acuerdo que fijó los principios que hoy rigen en las carreteras europeas. En España los automóviles en serie y a gran escala no llegaron hasta 1953, pero hubo que esperar a 1957 con el lanzamiento del seat 600 para que se diera la eclosión del tráfico por carretera, y a 1962 para que estuvieran pintadas todas las carreteras de nuestro país.
Con el paso de los años, elementos innovadores como las microesferas de vidrio, las pinturas termoplásticas o las bandas sonoras y rugosas, han hecho que la conducción sea más agradable que en el siglo pasado. Como escribió Dorr en defensa de su invento, la pintura es más barata que la sangre.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





