Para la madre su vida eran esos niños. Para lo bueno y, también, desgraciadamente, para lo malo.
No se arrepentía. Su lucha por Ricardito y por Diana, ahora ya solo por ella, daba sentido a su existencia. Había tenido que desprenderse de muchas cosas, trabajo, vida social, aficiones… y ahora su vida era sacar adelante a sus hijos. A los tres que quedaban.
Cuando sucedió (cuando nacieron los trillizos) tuvo que dejarlo todo para cuidar de ellos. Lo que tenía que haber sido una fiesta, una gran celebración, trillizos en la casa, por mor del destino, de la mala suerte, de la negligencia, o de todo junto, se transformó en una pesadilla, y dos de los tres nacieron, digámoslo así, suavemente, averiados, con el signo de la diferencia en sus frentes para siempre.
Desde ese momento supieron que sus vidas habían dado un vuelco irreversible. Que ya nada sería como ellos habían pensado que fuera. Muchas horas, días, meses de hospital cuando nacieron, un calvario de operaciones, malas noticias y tristeza. No pudieron disfrutar como cualquier padre o madre de los bebés que habían venido al mundo. A cambio tuvieron sufrimiento y desolación. Luego ingresos urgentes, a veces durante meses, consultas médicas continuas, tratamientos específicos para Diana, y más tarde la lucha con los colegios, contra la incomprensión y la falta de humanidad de la gente, de la administración educativa……
Pero esa era ahora su vida…y la de su familia. Había que intentar que los niños tuvieran una vida lo más normal posible. Y a veces no era nada fácil.
La mayor, Gloria, lo sufrió especialmente. Los dos primeros años de vida de los pequeños apenas la podían ver a ratos, todo el día recluidos en el hospital y Gloria, mientras, con sus abuelos…la niña construyó una coraza de aparente insensibilidad en esos primeros años, cuando ella solo tenía apenas cinco…y seguía conservándola. Era su forma de defenderse del dolor.
Habían sido años duros, muy duros en ocasiones. Y seguían siéndolo.
A veces tenía que soportar las insinuaciones airadas de su marido por haber dejado el trabajo para cuidar de sus hijos y no tener más ingresos la familia que su sueldo…y ella pensaba, resignada, “qué más hubiera querido yo que seguir trabajando”. Que más querría que poder salir unas horas al día de ese círculo vicioso de médicos, tratamientos, profesores incompetentes o simplemente faltos de empatía…pero ya ese tren había partido para ella.
Aun así, intentaba disfrutar de lo que tenían, a pesar que a veces se antojaba difícil. Al padre le costaba más. Pero ella siempre intentaba tirar de el a base de optimismo, aunque él se resistiera. Simplemente entendía que los hijos eran su misión en la vida. Y que tuvieran una vida más feliz que la que ellos habían tenido, su principal labor.
Echaba mucho de menos a Ricardito. Aunque el no pudo nunca demostrar sus sentimientos, sus sensaciones, aunque ni siquiera podía reconocer sus caras porque sus ojos estaban ciegos, sí que les obsequiaba con esa sonrisa torcidilla cuando le hablaban o con sus mudas risas cuando le hacían sonidos…No los veía, pero los reconocía…el tacto, la voz, las caricias…. Y ella estaba segura que había sido un niño feliz el tiempo que estuvo con ellos, en su ignorancia del mundo. Y que, aunque no pudiera demostrarlo, supo que le querían.
Mientras contemplaban los cuatro (faltaba Gloria que iba por su lado) la Cabalgata de Reyes la noche del cinco de enero, entre risas y gritos de ¡aquí! ¡aquí!, dirigidos a los que iban en las carrozas para que lanzaran caramelos hacia donde ellos estaban, Diana pensaba en que le dejarían los Reyes aquella noche junto al árbol, Álvaro, en el móvil nuevo que tendría al día siguiente, el padre en la cuesta de enero que se avecinaba, llena de facturas pendientes… y la madre pensaba en todos ellos. En que hacer (si es que podía hacer algo más) para que fueran más felices todos, para que hubiera más paz en el hogar, para que el ambiente festivo e ilusionado de aquellos días permaneciera en sus corazones el mayor tiempo posible.
Y le vino a la cabeza el título de aquella maravillosa película de Peston Sturges, Navidades en Julio. Hacer que, en los corazones de sus hijos, y, por qué no, también en el de su marido, anidara el espíritu de la Navidad todo el año. Y pensó también en Ricardito. Quizá el, desde arriba, pudiera ayudarlos, ayudarla a ella en sus intenciones. Quizá estaba predestinado desde su nacimiento a ser el Ángel de la Guarda de la familia.
Con esa idea en la cabeza se fue a dormir aquella noche. Aún no sabía nada del tarro de mermelada que cuidadosamente, y para disgusto de la señorita Julia, había escondido Diana….
Pero ella fue la única, aparte, claro, de la niña, que advirtió que el tarro de mermelada desaparecido hacía días, estaba al pie del árbol aquel amanecer del día de Reyes, y que le faltaban unas cucharadas…y también leyó en los labios de su hija Diana aquella frase…
“ME ALEGRA QUE TE HAYA GUSTADO, RICARDITO, FELIZ DÍA DE REYES”.
La madre supo entonces que Ricardito había estado allí, como lo supo Diana y, cuando miró hacia el árbol de Navidad, con todos sus adornos, acordándose de aquella preciosa escena final de la película Que bello es vivir, sabía que no sonaría una campanita de las que pendían de sus ramas, como si lo hacían en ese final, dando a entender que Clarence, el ángel que había ayudado a James Stewart, había ganado por fin sus alas. Y no, no sonó ninguna campanita.
Pero ella sabía por qué:
La razón era que Ricardito no tenía que ganárselas, porque el ya nació ángel con alas. Las traía plegadas, pero él estaba presto a volar pronto hacia donde pertenecía, hacia ese cielo desde donde poder estar siempre muy cerca de ellos, en un lugar muy, muy próximo al corazón.
Y sí, ser su Ángel de la Guarda.
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