En las pantallas de avisos de un aeropuerto polaco podían leerse los destinos de los inminentes vuelos; entre ellos, “Madryt 9’30”. ¡Madryt!
-Me encanta Madrid con la “t” – musitó un diplomático habituado a hacer ese trayecto. Simpático comentario; sin duda eso de ver el nombre de su ciudad, normalmente invariable, traducido a otro idioma, tiene gracia, resulta curioso.
Pero ese comentario, que se diría banal y hasta “tonto” (¡que le encanta ver escrito Madrid acabado en t!)… tiene más enjundia de lo que parece. No es el único en sentir eso. Casi siempre nos hace gracia el advertir cómo el nombre de una ciudad, sobre todo si es la nuestra u otras a las que les guardamos afecto, se modifica en otros idiomas. Demuestra que esa ciudad no es un punto ignoto, sino que es conocida, que se ha hablado de ella en otras lenguas, y que hasta su nombre ha sido reinterpretado. Ese hecho la enaltece; lejos de protestar por ello, es un motivo para presumir. No se traduce el nombre de una localidad insignificante, sólo el de aquellas de las que se habla en otros pueblos.
Alguna vez hemos comentado ya esto, y lo simpático y curioso de que se traduzcan incluso nombres de ciudades que hoy no son importantísimas si nos atenemos a criterios económicos o políticos, pero que sí lo fueron en otras épocas. Leemos en novelas francesas del siglo XIX los nombres de Livourne et Pérouse (por Livorno y Perugia); claro que también en español durante mucho tiempo se escribía Perusa aquella entrañable ciudad de la Umbría italiana. Hoy esto tiende a desaparecer, todos tienden a emplear el nombre autóctono de la ciudad en cuestión para dárselas de entendidos… así va desapareciendo esa riqueza, que por sí sola era valiosísima. Porque, más allá de la anécdota de “qué gracioso queda este nombre” (como el inefable “Siviglia” de nuestra ciudad dicho a la italiana), pues es un indicativo histórico que no engaña. Si esa encantadora ciudad umbra, Perugia, que hoy se nos aparece como minúscula y turística, mereció incluso traducción al francés y al español, eso solo revela siglos de historia de la península italiana, de manera más inequívoca que cualquier libro de historia que puede estar lleno de sesgos. Es un “patrimonio inmaterial” como hoy se dice, un motivo de orgullo, el que el propio nombre tenga varias versiones en otras lenguas.
Ya apenas se dice Danzig, que sería el nombre que veíamos en nuestros atlas (como si fuera ofensivo, en vez de motivo de orgullo, el que Gdansk haya sido tan importante en Centroeuropa como para merecer traducciones), ni Ratisbona (cuando más bien es un elogio recordarle a esta ciudad, Regensburg, sus raíces latinas).
En un extraño ejercicio de paletismo, muchas ciudades ahora se ofenden si ven su nombre escrito en otras grafías. Habría que decirles: nadie les discute su nombre autóctono; pero alégrense más bien de que se hable de ella tanto como para que acabe pronunciándose de otra manera; eso es un elogio más que otra cosa. “Me encanta Madrid acabado en t”.
Parece que la hermosa y noble y virreinal ciudad de Cuzco prefiere ahora ser pronunciada y escrita con la “s”, Cusco. Estupendo y nadie podrá objetar nada. Pero, ¿les será motivo de ofensa, en vez de más bien de orgullo, el que en otros lugares le sigamos llamando Cuzco, si querer desprendernos de esa “zeta” sonora con la que lo conocimos…? Más versiones tiene el nombre de una ciudad, más queda de manifiesto su mucha relevancia.
Y pensando en todo esto llegamos a Madrid; y en el mismo día nos llevamos una experiencia de letreros totalmente distinta a la simpática, enriquecedora de antes (junto al “Madryt” figuraba también en los letreros “Monachium” – por Munich, ¡cuántos nombres posee esta histórica gran ciudad, y presume de ello! München, Munich, Monaco di Baviera, y ahora Monachium).
Hablamos del Museo del Prado, lugar al que tantos acudimos como primicia del regreso a casa. Y vemos anunciada una exposición de… ¿de quién?, de “Paolo Veronese”.
Este era un personaje familiar, amigo, casi de la casa. “El Veronés”. Pintor veneciano en la época del máximo poderío español, y muchísimo antes de que Italia existiera como país, casi podría decirse que él, junto con Tintoretto, junto con Tiziano, esos tres grandes, están tan vinculados a España que hay que citarlos aun en un libro que tratara específicamente de la historia del arte español. Los encargos por parte de la corte, de la austerísima corte de Felipe II eran constantes (era una corte verdaderamente monacal: austera en comodidades… pero con la necesidad de belleza en las paredes. Y la pintura veneciana, como presagiando a Velázquez, parecía integrarse a la perfección con las piedras de Castilla). El Veronés pintaba a la vez que tenía lugar la batalla de Lepanto, los venecianos combatiendo junto a España. “El Veronés” se merece esa acepción en castellano, la que figura en libros de bibliotecas familiares.

Pero de repente en el Prado lo han convertido en un ente más lejano, más extraño. “Paolo Veronese”. No será que no apreciemos la belleza de la lengua italiana, pero aquí está fuera de lugar. No estamos en el Louvre, ni en Nueva York. En el Museo del Prado, en España, este pintor figuró durante siglos con nombre españolizado. Ignorar ese hecho es alejarlo, es convertir en exótico lo que era nuestro. Podían añadir luego “Paolo Veronese” en la versión en inglés, ya que tan cansinos son en ese bilingüismo excesivo (¿Hace falta, en el metro, tener que oír a cada momento “Next stop”…?), y así quedaban claros sus dos nombres, el autóctono y el castellano que se empleó durante cuatro siglos y medio.
El afán paleto de enaltecer más “lo de fuera” lleva a considerar “de fuera” lo que era nuestro.
En fin – es mejor ver la exposición, las pinturas maravillosas. Este tema de los nombres no tendría fin…
Y al llegar a Sevilla Santa Justa, hablando de letreros, la puntilla final. Uno enorme, gigantesco, nos avasalla diciendo sarcásticamente “Disculpen las mejoras”.
Es triste el gastar dinero en insultar al ciudadano, no ya en sentido metafórico, sino literal. Señores, en esta vida hay que pedir disculpas por las molestias, eso es lo suyo, lo correcto. Decir: “disculpa las mejoras” es como acusar al ciudadano (que el pobre no ha hecho nada) de quejarse por algo bueno. Nadie se queja de una mejora (en todo caso si se queja es que no la considera tal). Quejarse por algo bueno sería de idiotas. Y he aquí que el recibimiento en Sevilla (obviando retrasos, desastres, nada, nada, no nos quejamos de nada) empieza con un cartel en que sin venir a cuento, sin provocación alguna, nos llaman necios.
“Me encanta Madrid con la t”. Quedémonos con eso.






1 Comment
“Señores, en esta vida hay que pedir disculpas por las molestias, eso es lo suyo, lo correcto. Decir: “disculpa las mejoras” es como acusar al ciudadano (que el pobre no ha hecho nada) de quejarse por algo bueno”
Gloria, esa frase me ha dejado atónita.
Debería ser “Disculpen las molestias, estamos de reformas”
A veces es mejor “ que lo dejen como están!