Uno de los muchos, muchísimos mensajes que han circulado en las redes a propósito de la imagen de Rafa Nadal ayudando a limpiar tras las riadas en Mallorca decía: “Niños, fijaos: esto es lo que hace grande a un hombre”.
Vano fuera el querer disminuir en lo más mínimo la figura del gran deportista que goza de la admiración prácticamente unánime del pueblo español de manera ininterumpida desde hace al menos trece años; no es mi propósito ni puede serlo el de nadie.
Sólo me pregunto, casi tímidamente y pidiendo perdón por la osadía, si realmente la frase citada hay que tomarla al pie de la letra; es decir, si este caso es el mejor ejemplo que se les puede dar a los niños cuando se les quiere inculcar altos y nobles ideales.
En las grandes catástrofes suelen intervenir cientos de voluntarios anónimos; el calificado como “lado bueno de la mala noticia” suele ser el arrojo espontáneo de multitud de personas que se lanzan a ayudar sin más. Salvo los casos más pintorescos o llamativos, la colaboración de los voluntarios no recibe el aplauso personalizado de la prensa ni de las redes, y seguramente está bien que así sea; se trata de ayudar, no de recibir alabanzas.
La actuación de personajes distinguidos y populares, de “famosos” (aun con lo devaluada que está esta palabra), es buena seguramente en el sentido de dar ejemplo, y de lo que hoy llaman “dar visibilidad” al asunto del que se trate. Ya que existe el hecho de imitación de los famosos, pues empléese de vez en cuando para una causa más digna que la de imitar por ejemplo su ropa.
Pero si elevamos a categoría de actuación modélica, incluso con palabras grandilocuentes, rescatadas del arcón (pues hace tiempo que pasó el hablarle a los niños de ideales heroicos) la acción de Rafa Nadal, que en sí misma es igual a la que hacen otros desconocidos, pues pensándolo un poco resulta desconcertante.
Imaginemos a un niño ingenuo recibiendo esa enseñanza (“Fijáos, niños. Esto es lo que hace grandes a las personas”). El ideal pues es ser un triunfador millonario, idolatrado por casi toda la humanidad, y entonces, si hace falta, ser capaz de pasarse un día limpiando, recibiendo la alabanza de millones de personas. Sin duda es un modelo atractivo. No suena demasiado sacrificado.
Claro que calificar a Nadal de “un famoso, un triunfador” es tan insuficiente que queda ridículo; pues estamos hablando de alguien que en cierto modo funciona casi como más que el rey de España, en términos de afecto y lealtad popular y de sentirse todos representados por él y orgullosos de él, y etcétera etcétera.
Como especie de rey paralelo, es lógico que cada gesto suyo que denote amabilidad, solidaridad, saber estar, etc, sea apreciado y alabado. A una le gusta que su rey esté a la altura de las circunstancias, que haga siempre lo que debe hacer.
El proponerlo como ejemplo a seguir ya es más discutible. Tal vez resulte más edificante el recordar a los que actúan de manera anónima; el buscar razones que nos animen a ayudar contando con que no recibiremos alabanzas.





