Está claro que el relato del período nazi está sobreabundado de retazos blancos y negros, pocos grises y ningún otro color.
Ha pasado ya tiempo suficiente para ahondar en los pormenores, pero Occidente ha preferido relatar hasta la extenuación (hasta la banalización, quizá sugeriría la mismísima Hanna Arendt) un único retrato de buenos y malos que, a poco que se indaga, desvirtúa y desenfoca por completo lo que ocurrió.
Es decir, ni una coma le movería yo a ese relato de oprobio y culpabilidad que se ha hecho sobre el nazismo, tanto en lo superficial como en lo profundo, tanto en lo simple como en lo complejo, pero sí digo que centrando el retrato sobre ese único personaje detestable, quedan fuera del cuadro todos los demás intervinientes en aquella tragedia colosal que desembocó en la hecatombe de la II Guerra Mundial del siglo XX.
Aún no se entiende cómo es posible que aquella lacerante actuación del nazismo haya opacado ya por demasiado tiempo la otra colosal aventura asesina (no sólo de cuerpos, sino de conciencias) llevada a cabo por el comunismo.
El nazismo, digo, acabó como se merecía y duró justo el tiempo que aguantó su régimen, siendo a partir de ahí un cadáver al que le llueven justamente las patadas de la Historia.
Por el contrario, el comunismo, cuya actuación se prolongaba desde 1917 y se amplió hasta al menos 1989, sumando acólitos deleznables y sumando aberraciones y terrores por todo el mundo, sigue presente en nuestras vidas y no sólo como grupúsculos residuales, sino que obtienen prebenda y manutención electoral en nuestras democracias. Esto es lo que no se llevó el viento…
Y digo más: en el capítulo del nazismo cabría hacer más deslinde de grises (aunque nadie los hace) para conocer el colaboracionismo prestado por múltiples actores instalados en nuestras vidas, tales como Porsche y Volkswagen (fabricantes de vehículos), Hugo Boss (que hacía los uniformes nazis), Bayer y Siemens (proveedores de la tecnología y la química en las cámaras de gas) y muchas otras empresas, entre ellas algunas de origen norteamericano, como la Coca-Cola, la IBM, la Kodak, etc.
En algunos casos, científicos, como Werner Von Braun, fueron rescatados sin un ‘rasguño legal’ por su interés para la Ciencia. En muchos otros, sus hacedores fueron rehabilitados casi de inmediato tras haber sido condenados por el Tribunal de Nuremberg.
Sin ir más lejos, los Thyssen, y muchos otros, asociados suyos o no, de la industria del acero, cumplían penas grandilocuentes cuando apenas en dos años fueron sacados de la cárcel y rehabilitados para lograr que el milagro de la recuperación económica de Europa se pudiese llevar a cabo. Sin aquellas industrias, Europa habría tardado décadas en reposicionarse.
De todos estos grises, digo, nadie (ni siquiera el cine) se ha interesado jamás en los matices. Un tipo con uniforme nazi puede representar el demonio, no lo impugno en absoluto. Lo que digo es que resulta increíble que en términos de oprobio sigamos siendo tan elementales que nos basta con la demonización de uno sólo de los actores de aquella tragedia y, en definitiva, si tenemos «un malo», el otro, al parecer, tendría que ser, necesariamente, «el bueno»… Y no es así, claro. Pero no se dice. Por eso vuelven y siguen ahí, esta vez con la complacencia de los tiranos de siempre disfrazados de “Agenda 2030” a la que el ex ministro Margallo denomina “el Evangelio”, así que acabarán reeditando en distintas versiones “El capital” y el “Libro rojo de Mao” como si fueran catecismos.
He dicho.





