La mayor parte de personas que en el mundo han sido han vivido en condiciones muy duras. Recordando el ejemplo de nuestros millones de antepasados, conviene olvidar un poco la indignación ante los continuos desafueros, e ir tirando como se pueda. No se haría otra cosa con la propia vida que lamentarse y clamar en vano al cielo contra las incoherencias e injusticias… que no por eso parece que vayan a menguar.
Así pues, para vivir, para hacer algo constructivo, es necesario despejar la mente, no absorber todos los despropósitos que nos llegan. Pero justo simplemente al pasear, al desplazarse a cualquier sitio… ¡nos dan la bofetada visual! Se puede no pensar en las cosas de las que nos enteramos, la corrupción, las desidias terribles; pero no podemos no ver unas letras gigantescas y descomunales que nos ponen delante de los ojos.
“Yo amo Sevilla” “I (corazoncito) Sevilla”. Cuando hace muchísimo, muchísimo tiempo, en alguna pandilla juvenil alguien contó, casi como quien cuenta un chiste, que un partido político nuevo aspiraba a la alcaldía de la ciudad usando ese lema infantilizante, increíble en su básica mentecatez… en fin, los más ingenuos nos asombramos de que cosas que en aquel momento aún creíamos serias e importantes, propias de personas muy formadas (¡Ser alcalde! ¡Ser presidente! Organizar la sociedad, mejorarla), pues que esas cosas pudieran degradarse hasta semejantes extremos de grotesco simplismo. Un lema facilón, al que nadie puede oponerse, que a nada compromete y que no quiere decir nada.
En aquellos años había aún una especie de sentido del ridículo. ¡Quién iba a decir que tan pueril lema, que sonaba viejo ya al nacer, iba a imponerse como obligatorio, y en letras gigantes de metal pagadas con dinero confiscado a lo ganado con nuestro trabajo, en todas las ciudades y pueblos y pueblecitos del mundo!
Pero esas letras (estética aparte, puerilidad aparte) han costado dinero.
Pensemos en una familia: padres que fallecen, hijos que heredan una casa. Unido al dolor de la pérdida, hé aquí que los gobernantes (centrales, autonómicos, locales: toda la inmensa maquinaria de las administraciones y del sistema bancario, todos unidos contra el que acaba de perder a sus padres) se encargan de exigirles, sustraerles por la fuerza una enorme cantidad de dinero (impuesto de sucesiones- a veces va y viene, se pone y se quita, para que sea todavía más injusto y arbitrario-, plusvalía de la propia casa donde uno estaba viviendo… en esos momentos de desolación los hijos se enteran de conceptos que ni podían sospechar, “plusvalía”). Pero, ¡oh!, la cuenta bancaria del fallecido, de donde podía sacarse algo para pagar esas inauditas multas (perder a la propia madre, aparte del momento más doloroso de la vida, es como haber cometido un gran delito: te imponen una enorme multa)… pues, ¡la bloquean! ¡La bloquean! No se puede ni pagar la luz, ni la ITE, ni la cuota de comunidad. La bloquean hasta que se haya pagado esa multa (impuesto de sucesiones, plusvalías). Pero, ¿cómo se paga entonces? Habrá que sacar el dinero de algún sitio, ¿qué hermano puede adelantar algo? La división familiar está servida. En el Infierno de Dante, en una de esas últimas estancias, las peores, donde están “los que sembraron discordia”, habría que situar a los que hicieron estas “leyes” y a los bancos cómplices: el número de discordias creadas supera a las producidas en la más visceral de las guerras.
“Lo que das, vuelve” (en mala hora nos enteramos de ese estribillo, una campaña gubernamental para justificar los impuestos). Mal se puede llamar “dar” a lo que nos es requisado a la fuerza, pero dejémoslo así.
El que habiendo pasado por ese calvario se ve herido en la vista por uno de estos gigantescos letreros (por decir sólo uno de los múltiples objetos en los que los gobernantes, alegremente, despilfarran lo confiscado), puede pensar que a lo mejor él mismo ha pagado una de esas letras; a lo mejor la “a” de Sevilla. Ha perdido a su madre, ha sufrido división familiar, ha pasado por el trance terrible de ser como un reo de grandes delitos, juzgado por la maquinaria administrativa judicial bancaria, pero, ¡con eso se ha costeado la “a” de “I love Sevilla”! ¡Qué emoción!, ¿no?
Luego a dirigirse caminando a todas partes (líneas de autobuses cortadas por obras; tráfico cortado por carreras y carreritas y esto y lo otro. También costeamos los maratones). A instalar cerraduras y alarmas y rejas contra los ladrones, a los que nadie persigue. Para multarnos hay miles de policías, pero la seguridad corre de nuestra cuenta. Y se nos acercan a pedir donativos.
“Bajar los impuestos por bajarlos, eso no”, afirmaba el antiguo alcalde Espadas. Por lo pronto, a confiscar todo lo posible. Si no sabemos en qué gastarlo, ya haremos más rotondas, más obras innecesarias, más letritas de “amo Sevilla”.
Y así en todas las ciudades, y pueblos, y pueblecitos. Nos movemos un poco para cambiar de aires, y encontramos lo mismo (I love Almería, I love Puertollano, I love…)
Da igual que los fondos para esas rotondas y paneles vengan de gobiernos locales, o autonómicos, o de fondos europeos. Al final, todo sale del bolsillo del contribuyente (de los huérfanos de mediana edad, que son los que peor lo llevan). “Lo que das, vuelve”. Haciendo números, bien puede salir que cada contribuyente español haya costeado una letrita.
Una sugerencia: ¿y si este año que viene no se fabrica ningún letrerito nuevo, y se emplea en cosas necesarias, que son para las que nos piden, por añadidura, donativos?





