
Dejando aparte las polémicas y cuestiones secundarias (si son procedentes o no tantas procesiones extraordinarias, y todo lo que conllevan, y las opiniones y las discusiones, y el sí y el no…), yendo a lo básico, resulta que a la pregunta “¿Vas a ir a ver a la Macarena (o a la Virgen de los Reyes, o a la Esperanza de Triana, o a…)?”… a esa pregunta es muy difícil contestar.
Mejor dicho: a esa pregunta los que tienen intención de verla pueden responder que sí. No hay problema. Lo dificultoso será cuando estemos de vuelta y nos pregunten: “¿La has visto?”. Porque a preguntas similares en semanas recientes (“¿Has visto al Cristo de los Estudiantes? ¿Has visto a la Virgen de la Estrella?”), la respuesta sincera tenía que ser: “Pues con mis propios ojos, no, no he podido. La he tenido que ver a través de las pantallas de los dispositivos de otras personas”.
Se puede hacer, sí, un esfuerzo gigantesco, forzando el cuello y la espalda, para fingir ignorar las múltiples pantallas que se interponen y fijarse sólo en la imagen real, que asoma tal vez en un centímetro libre del campo de visión entre una pantallita y otra; entonces acaso se acierte a ver algo con los propios ojos, aunque el esfuerzo mental que se requiere deber ser malo hasta para el nervio óptico.
Este hecho no parece preocupar a muchas personas. Diríase que nos afecta sólo a una minoría. Aun así, en esta época que continuamente habla de “las minorías” y “defiende los derechos de los diferentes”, ¿sería mucho pedir que a esta minoría se nos tuviera en cuenta? Ya que todo está legislado, vallado, reglamentado, toda actividad está repleta de normas y policías… todo se contempla, toda casuística está prevista, por improbable que parezca… pues, dada una procesión religiosa, podría decidirse, por ejemplo, que a su paso por determinada calle (la calle más modesta, la más feílla de todo el recorrido, ¡no importa!, nos conformamos) pues esté libre de fotos. A otras minorías, otros “diferentes”, sí se le tiene en cuenta. Ya puestos a tener que considerar que el querer ver las cosas con nuestros propios ojos es una patología.
Por supuesto, lo patológico es lo mayoritario, pero, ¿cómo convencer de eso a una sociedad que se ha olvidado de mirar?
A veces, lo que nos disturba del mundo contemporáneo nos lo encontramos ya explicado en libros escritos antes de que se inventara el elemento contemporáneo que nos disturba. Es curioso, ¡menos mal que existen los libros!
El agudo escritor inglés C.S. Lewis osa describir nada menos que un ratito en el cielo, en el Paraíso, en el reino de los bienaventurados (en su peculiar e inclasificable libro “El Gran Divorcio”, escrito en 1946)… A ese reino celeste llega un pintor, que enseguida, viendo esa belleza radiante, manifiesta que quiere pintarla, no quiere pasar ni un instante sin pintarla, pregunta si puede volverse un momento a la tierra para traerse sus avíos de pintura. Y un ángel le recrimina, le dice que primero se dedique a mirar.
El artista, indica el ángel, es el que atina a ver en la tierra atisbos de la belleza celeste, y con su trabajo consigue transmitírsela a otros que no la ven. Pero en el cielo están ya todos contemplando esa realidad. Si antes incluso de saborear la luz, el artista sólo piensa en pintarla, entonces ni siquiera tendrá nada que transmitir. Por ende, caerá cada vez más bajo: en vez de mirar ahora sólo quiere pintar, de ahí pasará a preocuparse sólo de su propia personalidad y de ahí a su reputación. Se ha olvidado de su primer amor, que era contemplar la luz. Se ha perdido el meollo de todo, la bienaventuranza le ha resbalado.
Este pintor, en la obra de Lewis, es excluído del Paraíso (¡después de que le habían incluso dejado pasar!) por su propia falta de interés en el mismo.
Y en ningún momento el ángel dice que sea malo pintar un paisaje; sólo dice que es tarea secundaria, derivada del deleite que da la contemplación primera de dicho paisaje. Quien al verlo sólo piense en “qué bonito me quedará el cuadro”, antes de admirarse… no es capaz de sentir la belleza. Que es de lo que se trata.
Y esto era referido a pintar un cuadro, ¿qué diría nuestro amigo Lewis ante la foto hecha con el móvil? Porque pintar un cuadro todavía conlleva un esfuerzo y un tiempo de necesaria observación; aunque la observación sea de tipo instrumental, siempre se deslizará algo de deleite. ¿Qué diría, repetimos, ante esta locura de no mirar lo bello pero ni un instante, contentarse con darle a un “clic”?
Esto por no hablar, claro, de otras facetas incluso más importantes: la pérdida del pathos, la sustitución de la oración por la foto, la pérdida del sentido de experiencia colectiva de estar entre un público todos pendientes de algo (está cada uno con su dispositivo). Y en fin, el paroxismo del sinsentido, que es el no poder ver nada con nuestros propios ojos los que eso deseamos, pues, hasta cuando pillamos la primera fila, siempre se interponen las pantallitas en alto de los vecinos. Se le veda la contemplación pura y directa al que se deleitaría con ella.
Decía Ortega y Gasset: “Desconfío del hombre que no es leal a sus propios gustos”. Esta frase no tiene la solemnidad grandiosa de otras afirmaciones filosóficas, casi puede sonar un poco simple, como de andar por casa. Y sin embargo, con el tiempo vamos comprendiendo su profundidad. “Ser fiel a los propios gustos”: Ser sincero, cada uno ante sí mismo, con respecto a lo que le gusta y lo que no. Millones de veces habrá que hacer lo que no nos gusta, y bien está que así sea; esto se llama cumplir con nuestras obligaciones. Pero el engañarse uno mismo con actividades “placenteras”, realizadas voluntaria y deliberadamente… ahí no está de más el detenerse un momento y pensar: “Pero, ¿deseo hacer esto?”. No hace falta dedicar horas de reflexiva introspección. Hay una receta sencillísima para saber en medio segundo si algo realmente nos gusta, nos proporciona deleite personal, nos va a enriquecer un poquito el espíritu, o si es algo que puramente hacernos por seguir la corriente.
Y la receta es preguntarse: “Si no se pudieran hacer fotos, ¿yo iría, por lo menos para verlo? (trátese de un monumento o evento cualquiera)”.
Si la respuesta es “No”… entonces mejor dejarlo; y no ir de todas maneras, aun cuando esa prohibición no exista. No nos va a aportar ningún deleite real. ¿Suena esto poco importante? C.S. Lewis les diría que en ello les va la vida.





