Cuando se anunció la supresión de la Semana Santa (digámoslo así para entendernos) de 2021, cuando, meses antes, se anunció la cancelación de la procesión del Corpus Christi, y luego la de la Virgen de los Reyes… pues para muchos, lo más chocante (incluso más que el hecho en sí, que, visto el panorama, poco podía sorprender) fue el modo en que se presentaban estas cancelaciones en los medios, los escasos medios, que pueden considerarse afines a cosas de la Iglesia. Lejos de anunciarlo con enorme tristeza, como pérdida tremenda y colectiva debida a fuerza mayor, pues lo proclamaban casi con un aire de satisfacción, como si el haber podido ejercer la “valentía, la (ah, sí, la palabra clave) Responsabilidad” de suprimir actos, pues eso le diera un brillo, un mérito especial, un… Difícil definirlo, pero el anuncio de la cancelación se hacía como el que da una buena noticia, en vez de una mala.
Hace pocos días sufríamos una impresión parecida leyendo en un semanario autodenominado “católico” la noticia, ilustrada y ocupando toda una página, de una capilla de hospital reconvertida en UCI. El hecho en sí podía ser digno de debate –¿entre los miles y miles y miles de espacios vacíos por la pandemia, hoteles, oficinas, locales, venga vacío, ruina y desolación, había que recurrir precisamente al espacio de la capilla? Y, ¿es esta pandemia como las pestes históricas (podemos recordar, por decir una, la epidemia de cólera de Nápoles de 1884, retratada por Axel Munthe en su famoso libro “La Historia de San Michele”, en la que los muertos llenaban de hedor las calles… Y tantísimas otras que no salieron en obra famosa alguna)…?
Pero olvidemos el hecho en sí, el debate sería interminable y enojoso. Vayamos a la forma de contarlo. Se presenta como noticia entrañable, bella… Como cuando se anuncia la creación de una escuela en una zona paupérrima del planeta que carecía de ella. Que el capellán se prestó enseguida a colaborar, que cedió el uso de la capilla sin dudarlo, que “se muestra muy contento de que si alguien necesita este espacio pueda contar con él”… (Que alguien lo “necesite” en su calidad de capilla no parece ocurrírsele a nadie)… En fin, se presenta, cosa típica de una publicación religiosa, como la clásica noticia de “bondad en medio de lo malo”.
(Es curioso pensar que en siglos anteriores al XX, una publicación religiosa no se consideraba sinónimo de “buenista”. Pero quien no resulte ser un tanto bibliófilo, esto acaso ni lo sospeche; tan intensa es en nuestros días, por desgracia, la identificación de una cosa con la otra).
Volviendo a la noticia: se insiste en que ahora el espacio de la capilla sirve a las personas. (¿A quién servía antes?). Las implicaciones que de esto se siguen, sobre la necesidad y la utilidad de las cosas, son ciertamente tremebundas. Si somos consecuentes, ¿tiene sentido el que quede alguna capilla en pie? Siempre habrá necesidad, con o sin pandemia, de un espacio adicional para hospital, para colegio, para mercado o para peluquería; siempre… “Se han llevado el sagrario, pero Cristo sigue estando”, dicen con orgullo. Como si el cambio hubiera sido algo bueno en sí mismo.
Pocos refranes habrá más ciertos que el de “Con amigos así, ¿para qué quiero enemigos?”.
Es llamativa también, la “generosidad” que hay para ceder los espacios de Dios, ejercida por parte de personas que no sabemos si cederían sus espacios particulares, de sus casas. Los románticos añoran épocas de fe intensa, donde la iglesia de cada pueblo era sentida por cada uno de los vecinos como cosa suya y propia, de manera mucho más real que la casa o casucha de cada uno.
En fin; ignoramos los detalles del asunto. Tal vez esa cesión fue necesaria; tal vez una negativa hubiera conllevado críticas, ataques, graves perjuicios. No sabemos lo que hubiéramos hecho, sometidos a mil presiones, en el lugar del capellán; acaso lo mismo.
Pero lo suyo era anunciarlo como noticia tremenda, como uno de los horrores de la pandemia. No con ese aire de complacencia.
Lo peor es el tono.





