En realidad, cada victoria en el campo de batalla es una masacre inevitable, pues logra su objetivo, el de aplastar al contrario, y salva, como es obvio, que la masacre se produzca de tu lado en la derrota. Así pues, no es un futurible, ni algo arriesgadamente inverosímil, que si ganas, te conviertes, por ese automatismo inseparable, en un derrotado del futuro.
Para salvar ese escollo está la magnanimidad del vencedor, rasgo del que se viene hablando casi desde el principio de los tiempos, aunque resulte difícil separar, pasados los años y hasta los siglos, lo magnánimo de lo suicida o simplemente de lo irresponsable si das una oportunidad a la derrota.
De Queipo de Llano, por citar un caso, la Historia habla mal de su magnanimidad y, aunque no se trata de averiguar cuánta magnanimidad hubiese habido de la otra parte si el resultado hubiese sido otro, sí creo que se puede aventurar sin demasiados riesgos lo que su victoria logró evitar. Y no hablo sólo de la quema segura de la Virgen de la Macarena, de las iglesias y conventos, de las violaciones de monjas, etc…
Semejante reflexión en el filo de esa navaja podría servirnos para contemplar el resto de acontecimientos durante cualquier confrontación bélica, no sólo en nuestra guerra civil, la que Sánchez pretende seguir reavivando hasta que prendan los rescoldos para perpetuarse en el poder. Y no se olvide que algunos historiadores han llegado incluso a arriesgar el juicio de que aquella guerra de entonces se prolongó sólo por el interés de Franco de lograr una victoria completa, como si alguien pretendiera alguna vez victorias incompletas o como si ansiaran haberle dado una oportunidad a la propia derrota.
Ocurre a menudo cuando alguien protesta, como ahora en la confrontación de Hamás contra Israel y viceversa, por la desproporción existente entre las partes en una guerra cualquiera. ¿De qué se quejan? Se diría que lo que pretenden es una mayor igualdad en la correlación de fuerzas para que la victoria cueste a todos más cara, que se prolongue por más tiempo, que dure más y cause mayor cantidad de dolor y muerte en ambos bandos. Como si eso las hiciese más justas. Y este es el caso respecto de Israel contra Hamás, que claman para que la correlación sea más ajustada y cause mayor daño a todos.
El perdón y la magnanimidad, claro que sí. Pero también la justicia. ¿Cómo, si no, sin justicia, se pueden solventar a veces situaciones tan difíciles como reanudar la convivencia rodeados de injusticia? Pregunten a los hutus, pero también a los tutsis.
La justicia, por supuesto, la administran los vencedores; nunca los vencidos. Pero la Historia, oigan, esa no se cambia, no se puede cambiar. Dejen de trastear y en paz lo sucedido. Y no se olvide nunca lo que sentenció el polémico filósofo judío francés: «A menudo, lo contrario de la guerra no es la paz, sino… el infierno»
He dicho.





