Como suele suceder, se imponen determinados ideales que surgen de repente; se extienden como la pólvora, se adoptan de manera instantánea… y no se cuestiona lo principal, a saber, ¿este ideal es bueno, es conveniente? Se habla de los medios necesarios para llevarlo a cabo, se denuncia a los que aún no lo cumplen… todo eso sí, pero la cuestión primera de si ese algo es bueno, eso se omite.
El ejemplo más palmario fue, coincidiendo aproximadamente con el cambio de milenio, el “uso de las nuevas tecnologías en las aulas”. Se impuso como dogma absoluto; los niños “tienen que usar las nuevas tecnologías, hay que acostumbrarles, hay que atiborrarlos de pantallas y de ordenadores, nuevas tecnologías”… Nunca se cuestionó su conveniencia. Ni siquiera ahora, cuando se lanza como novedad la idea de aulas sin pantallas, niños sin teléfono móvil, volver a escribir a mano… ni siquiera ahora nadie entona un mea culpa. Por lo visto, lo suyo es dejar que todo experimento se imponga a la fuerza sobre millones de personas y dejar que transcurran veinte años, antes de dedicar un minuto de reflexión sobre la conveniencia de dicho experimento. Hasta que no se produce una verdadera catástrofe, nadie se desvía un milímetro de la norma impuesta que surgió un día de la nada.
Pero otra especie de dogma absoluto fue “la reducción del número de alumnos por aula”. Se halla tan arraigada en nuestras mentes como sinónimo de algo bueno y deseable, que resulta difícil atreverse a cuestionarla. Un primer componente de cierta lógica es evidente que sí tiene. Siempre será más cómodo para un profesor el corregir veinte exámenes que cincuenta. Pero, ¿acaso esto es lo único importante? ¿Nadie ha tenido en cuenta otros factores?
Si todos los que podemos evocar una larga vida académica a ambos lados del estrado – asistiendo a clase, e impartiendo clases; asistiendo a más clases, e impartiendo más clases…- si nos detuviéramos a hacer un balance, y pensar en cuáles fueron las experiencias más gratificantes… puede que nos lleváramos sorpresas. Porque la experiencia propia no coincide ciertamente con ese ideal pregonado de “clases pequeñas, grupos pequeños” como ventaja supina.
Un aula enorme llena a rebosar – como era el Aula Magna de la Facultad de Geografía e Historia: además de grande, noble, hermosa…, en fin, magna- un aula así repleta de estudiantes producía un efecto especial de elevado estímulo, de interés, tanto para el estudiante como para el profesor. Es lo que se llama el pathos. Es algo que tiene existencia real. Entre los alumnos se crea un estado de expectación, una atención mayor; para el que habla desde el estrado, el aula llena es un reto, y a su vez anima, motiva, lo hace todo mucho más vibrante.
Yéndonos a ámbitos de enseñanza secundaria o incluso primaria, las clases deben ser más reducidas, claro… pero no se entiende por qué tanto. Una clase con cuarenta o cincuenta alumnos suele resultar más estimulante que una con veinte.
“Grupos pequeños, grupos pequeños…” Se pide esto como puro eslogan, sin reflexionar. Hay como un desprecio a la variedad de la humanidad, una desconfianza, una cobardía. Y sobre todo una negación de lo que es un evento académico como algo vivo, estimulante, donde puede darse la inspiración, donde caben las sorpresas. A veces, el que se tenía por tímido osa alzar la voz y hace una pregunta inesperada. Otras veces, los más gamberros se callan, advirtiendo un magnetismo de eso hoy tan extraño, un docente con autoridad. Cosas inesperadas e interesantes suceden en aulas grandes y llenas.
Se oye alguna vez citar con admiración el sistema de ciertas grandes Universidades del “one to one” (en ciertos eslabones o materias, pues… un profesor por alumno). ¿Y eso es “universitario”? La misma etimología de la palabra parece desmentirlo. Lejos de abrir horizontes estimulantes, semejante encerrona trae las connotaciones poco glamurosas del profe particular para cuando se atraviesan las matemáticas… algo puramente utilitario.
Con horror nos enteramos de que hoy día parece ser práctica habitual el defender el trabajo de fin de carrera (bueno, “fin de grado”… esa extraña palabra reduccionista) pues prácticamente a solas, sin público, sólo los pocos profesores del tribunal frente al alumno. ¿Cómo hemos llegado a que eso sea lo habitual? Aparte de poco estimulante, ¿a nadie le trae connotaciones desagradables este secretismo, como de cuarto oscuro?
¿Acaso la naturalidad con la que nos tomamos estas cosas se debe al influjo de las clases online, de todo online… cuando hemos perdido las sensibilidades más básicas?
Sin embargo, todos comprenden fácilmente la importancia del público en los únicos ámbitos que hoy parecen más populares, a saber, el deporte, los grandes conciertos, los espectáculos en general. Nadie necesita explicar que una asistencia numerosa, unas gradas repletas, sean cosa deseable, ¡es tan obvio! Y no hablamos ciertamente del aspecto económico, sino de la intensidad de la vivencia para los que allí están.
Dirán que lo académico no es ni debe ser espectáculo; claro que no. Pero no negarán que al menos tienen en común el ser experiencias humanas. Y si bien mucha parte la vida académica se efectúa a solas, al leer, al estudiar, al corregir exámenes, pues precisamente una clase es algo de grupo; ahí interviene ese pathos misterioso que hace que, mientras mayor sea ese grupo, más probable es que surja algo vibrante y productivo.
Como tantas conferencias (clases y conferencias son cosa parecida) celebradas en aquel Paraninfo de la Universidad de Sevilla lleno a rebosar… Claro que ningún recinto ni volumen de público pueden garantizar automáticamente la amenidad ni el interés de un orador. Pero propiciarlo, sí.






1 Comment
La historiadora Gloria Cruz se queja… ¿Lo académico a escondidas?. En verdad que lo académico cuanta más difusión logre, más valiosos sus hallazgos. «El saber es uno y debería, dentro de lo posible, ser difundido». La instrucción (finalmente «Cultura») de eso se trata. Todo eficaz «magister» debería empeñarse en reproducirla. Felicito la inquietud de la autora.