Antonio Burgos se nos fue de las manos hace un año, como se escapa el agua del arroyo. Doce meses que han pasado volando, como el viento de levante en la playa de la Caleta de Cádiz. Por eso hoy me ha salido este escrito —este gorigori, como a usted le gustaba llamar a este tipo de recuerdos— en su memoria.
La ciudad estaba sosegada y en calma, como a usted, maestro, le gustaba describirla la tarde del Sábado Santo, cuando el tambor sordo del pasocristo de los Servitas, el que manda Manolo el de los Villanueva, va callando los rumores de las esquinas.
Era invierno, diciembre, pero la ciudad se comportó como en una tarde del Sábado Santo, esa mañana que remata una semana entera en San Lorenzo, junto a los oros viejos de la Soledad de Álvaro Pastor, Romero Murube y Antonio Ordóñez. La ciudad estaba sosegada y en calma y el cielo se fue nublando poco a poco, como las aguas del Guadalquivir copian, temblando –también, templando— los encajes de la Giralda, que por la calle Conde de Barajas ha pasado una pareja de novios y se han parado ante la lápida que recuerda al poeta de las leyendas negras, de las golondrinas que ya no vuelven a los balcones que debieran.
Los cielos se nublaron y las calles me daban vueltas —“el cielo se me nubló”, como en un cante por alegrías—, que los de Cádiz ya sabemos dónde nacen, mientras la noticia de su muerte iba volando de naranjo en naranjo; por entre los rojos, verdes y ámbar de los semáforos; de plaza en plazoleta; por entre los callejones del barrio de la Macarena; por el Puente de San Bernardo; bajo el Arco del Postigo, con rezo a la Pura y Limpia; por entre las palmeras del parque que abrió a Sevilla mirando a Cádiz; callejeando las nuevas esquinas de las barriadas. Sin motivo aparente el día se estaba echando a perder. Perdimos un mediodía a esa hora en la que el sol debería ser sagrado, como en un Domingo de Ramos, como en la gloriosa mañana agosteña de la Virgen de los Reyes, ante quien tanto perdí entre gladiolos blancos y los calentitos de Juana en el Postigo.
La gente de estos tiempos canallas y mentirosos pensábamos, lo seguimos pensando, que los niños que nacisteis en la postguerra, trajes vueltos y cartillas de racionamiento, erais indestructibles. Que nada ni nadie podría con ustedes. Y empecé a escribir estas palabras desde una habitación de hospital acompañando a la mujer que me dio la vida, que es de su generación. Pero no. Esta noticia de su muerte nos dio la bofetada certera de que ceniza somos y a la ceniza debemos volver, que carne mortal somos y al pudridero vamos todos sin remedio.
Nos habíamos criado, quizás malcriado, con sus letras y con sus cosas, con su mirada al universo a través de la mirilla de la ciudad de María Santísima, que Filpo Rojas desde San Bernardo ha puesto la carne —del mercado de la carne— en el asador del bar Cobos, para que Sevilla sea mariana. Y aquí paz, y Salud, y allá gloria, y Virgen del Refugio.
Mes de diciembre. Maldito mes de diciembre. Fechas de guardar —de guardar la cartera para no quedarnos tiesos, según usted— es un mes que quedará en nuestra memoria. Que no ya en la suya, que ya usted encontró los cielos que perdió Romero Murube, el poeta que, entre verso y verso, cuidaba de Sevilla desde los jardines del Alcázar. Diciembre de navidades, después del mes de los difuntos. Un mes que en nuestra memoria queda como un tachón, con una x más grande que verde es el verde césped del Sánchez Pizjuán.
Maestro, ha pasado un año y es rotundamente cierto que usted se ha ido. Pasó una Semana Santa sin sus cosas, sin que nos viéramos en Las Teresas, en la calle Rodrigo Caro, con Santa Cruz como testigo. Pasaron las horas y la ciudad siguió bullendo en la feria. Y pasó el Corpus, y el Rocío, y el día de la Virgen de los Reyes, que este año el niño seguía estrenando zapatitos nuevos.
Y sigue faltando usted cada mañana. Un desayuno al que le falta algo, todo. Y es que la Sevilla de Antonio Burgos sigue de luto y aún no ha despertado. Y nosotros, maestro, esperando a que Sevilla vuelva a ser la ciudad bendita de Andalucía. Esa Sevilla que usted nos mostró, nos enseñó y nos metió en vena. Por eso, bendito sea usted y su memoria, maestro Burgos, por siempre.






2 Comments
«las noticias iban volando de naranjo en naranjo». Me atrevo a decir que este debiera ser el unico medio, en estos tiempos turbios, por el que viajaran las noticias que merecen la pena. Separar el grano de la paja.
Gracias por sus lineas Don Eduardo. Ayudan a entender por que vemos cada dia la sombra.mas larga.
Un medio lírico para personas como Antonio Burgos. Gracias a usted. Saludos.