Los ensayos, reflexiones, artículos de fechas lejanas pero no tanto (es decir, sin remontarse a los godos), resultan a veces más iluminadores que muchísimos de los actuales. No se trata de que “entonces hubiera mejores pensadores que ahora” –puede ser, pero no es ese el punto-, sino a que cualquier reflexión interesante escrita hace cincuenta o setenta años… pues ya de por sí, al contrastarla con el momento actual, ya proporciona algo más. Tiene el elemento añadido de la perspectiva. Siempre indica hasta más de lo que podía haber hecho en su momento.
En un ensayo publicado en 1956 (“Los Estados Unidos en escorzo”), Julián Marías habla de “La burocracia como una forma de satanismo”. No es que se lamente de lo pesada y aburrida que resulta; es que la califica de satánica, y, según va explicando, quiere decir eso de manera literal.
La reflexión se le ocurrió mientras estaba en el país al que dedica dicho libro, pero obviamente se podía aplicar a cualquier otro, al nuestro también y a todos. Y aunque el flujo de papeles y cartas burocráticas era continuo, con impresos exigiendo más y más detalles personales a todas horas, la inspiración le vino al contrastar todo esto con una estampa religiosa antigua que halló por casualidad en una iglesia de Los Ángeles (precisamente la iglesia así llamada y que dio nombre a la ciudad). La estampa, en español, recordaba que Dios lo ve todo y lo oye todo.
Dios lo sabe todo, Dios te mira siempre – recordaban las estampas devotas, como advertencia para el justo y para el pecador.
Y comenta Julián Marías: “Dios lo sabe todo; sí, pero sólo Dios. Este ha sido el gran consuelo de la humanidad durante su historia. El hombre ha sabido que vivía bajo el ojo de Dios, pero Dios es infinitamente bueno. Y salvo Él, nadie sabe tantas cosas”. Se podía vivir sin dejar huellas, yerrar y volver a empezar, y “se sentía uno libre, ligero, nuevo. Pero llegó un día en que la burocracia empezó a querer saberlo todo y a registrarlo… Si se viaja, el viaje no termina: queda registrado. Si se cambia de domicilio, la serie de todos los de nuestra vida queda adscrita a nosotros; cuanto hacemos queda fijado…”
“Cuando creemos que hay una zona de nuestra vida que puede permanecer oculta o al menos olvidarse – simplemente porque no tiene interés- resulta que a la Burocracia también le interesa. Por eso digo que es una forma de satanismo, un intento de usurpar el punto de vista y las prerrogativas de Dios”.
Todo esto se escribía en 1956 – cuando puede parecernos que el control sobre nuestras acciones, comparado con el actual, era mínimo.
No comentaremos la situación actual, de una omnisciencia sobre todo lo que hacemos que nadie pudo imaginar nunca ni en la peor pesadilla, ni en la más exagerada de las obras de ciencia ficción. Sólo un hecho: lo peor de todo es la naturalidad con que lo aceptamos.
Hace unos meses, una ingenua como la que suscribe pudo horrorizarse, temblar como si viera un fantasma ante un fenómeno que le pareció paranormal: en una casa no pisada antes, en un aparato de televisión por estrenar, sale de repente lo primero un reportaje que habíamos dejado a medio ver “en otro dispositivo”. Naturalmente, más tarde se advierte la explicación racional (los contratos, la hiperconexión de todo) y ya enseguida esto parece normalísimo, y –ahí llega lo peor- incluso “cómodo”.
No está mal el conservar esos ramalazos de ingenuidad, aun cuando hagamos el ridículo. Son atisbos de algo humano y libre que nos queda. De horror a que unas ondas invisibles sepan hasta de aficiones que no hemos confesado a nadie.
Enseguida nos acostumbramos. Eso es acaso lo más espeluznante de nuestra era. Vemos como normal que haya cámaras de seguridad en todas partes, que todo quede registrado, y que unas fuerzas invisibles (que nadie califica de “buenas”) conozcan los recovecos de nuestro cerebro.
Luego nos extrañará estar locos, nos extrañarán las tasas de enfermedades mentales y de suicidios; y se nos repite que todo se curaría con “buena alimentación y con ejercicio” (el alma no cuenta).
Aunque comieran pan podrido, sin duda estaban mentalmente mucho más sanas las generaciones que sólo se sentían vigiladas por un Dios al que consideraban infinitamente bueno.





