
Periódicamente suelo ir a Alsacia, Francia, donde vive uno de mis hijos, que ha fundado una familia con su mujer y sus dos hijas, porque ya saben: el roce hace el cariño, y es importante el contacto con las nietas para que tomen conciencia de que sus abuelos también están ahí, lejos en la distancia, pero unidos en el corazón. Estos desplazamientos me han permitido conocer a fondo una región única en su forma de vivir la Navidad, de mostrar orgullo por sus vinos y por otros encantos que les invito a descubrir, sobre todo ahora, que disfrutamos de vuelo directo con Basilea (Suiza) justo en la frontera de Suiza con nuestro vecino país.
A pesar de que llevo años visitando esta tierra, siempre descubro algo nuevo, que me sorprende, y es de lo que quiero hablarles: mientras paseaba por una de las calles de Morschweiller le Bas, un pueblecito de la comarca del Alto Rin, me vi sorprendido por una cabina roja, parecida a las clásicas cabinas telefónicas del Reino Unido, con un rótulo que ponía “Le livre vagabond” (El libro vagabundo), y que tenía en su interior varias estanterías con libros cuidadosamente ordenados de distintos géneros: ensayos, poesía, novelas, …Se trataba de un repositorio donde todo aquel que quiera deshacerse de un libro puede dejarlo para que otra persona lo disfrute.
En un reciente artículo publicado el mes pasado, les contaba lo importante que habían sido los libros en mi vida, y es por ello por lo que me sentí gratamente sorprendido al ver cómo en vez de ser tirados a un contenedor de papeles, o rechazados por bibliotecas públicas, que no cuentan con espacio para recogerlos, o colegios o institutos que te agradecen tu interés por donarlos pero que se ven obligados a decirte que no los pueden acoger, o incluso en organizaciones como Madre Coraje, que tradicionalmente admitían libros de texto, ya no se les puede dar una segunda vida a esos ejemplares que compartieron tantos y tan buenos ratos contigo. No me sorprende que entre los acontecimientos más lamentables de la Humanidad se encuentren la destrucción de la Biblioteca de Alejandría o, más recientemente, la de Sarajevo.
Cierto es que un libro no deja de ser un objeto, pero a veces uno no puede dejar de mirarlos como ese amigo paciente que espera que dispongas de un tiempo libre para acompañarte y contarte sus confidencias. Libros que han sido nuestro apoyo en noches de insomnio en hospitales, en trayectos agotadores de autobuses o trenes, en esperas interminables de aeropuertos o estaciones de ferrocarriles o en horas de siesta cuando había que guardar silencio por respeto a los que estaban echando una cabezadita. Es curioso como palabras, sintagmas y oraciones pueden despertar en nosotros las más variadas emociones.
De las 6.104 lenguas que existen en el mundo, sólo el ocho por ciento disponen de lenguaje escrito, lo que nos hace, sin saberlo, afortunados de poder disfrutar de una comunicación duradera, unidimensional, independiente del contexto, y que no sufre la evanescencia del lenguaje oral: Lo escrito, escrito está; las palabras el viento se las lleva. Como agradecidos debemos estar al sentido de la vista, que vivo como un regalo permanente desde que experimenté en el pabellón de la ONCE en la Expo 92 lo que es vivir por unos minutos sin ese don.
La forma de tratar un libro es algo que nos diferencia a unos de otros: ¡qué importante eran aquellas tardes en que forrábamos los libros de texto para protegerlos de las inclemencias propias de una clase y de tantos cierres y aperturas! Siempre recordaré a Rafael, un empleado de la librería Pascual Lázaro en la calle Francos, donde solía adquirir ejemplares, por el cuidado con que envolvía cada libro, como si el tiempo se detuviera y se tratara de la despedida de alguien a quien no vamos a volver a ver, pero que sabemos que estará en buenas manos, como siempre también les quedaré agradecido a esos amigos que me devolvieron el libro que les había prestado forrados o con una nueva encuadernación.
En el mes de agosto me sorprendió una carta del Papa Francisco, que por cierto fue profesor de Literatura allá por 1965, dirigida a los sacerdotes en la que les invitaba a volver sus ojos hacia la Literatura para completar su formación como fuente de conocimiento de la realidad: “La Literatura surge de la persona en lo que ésta tiene de más irreductible, en su misterio. Es la vida, que toma conciencia de sí misma cuando alcanza la plenitud de la expresión, apelando a todos los recursos del lenguaje”. La acción humana es imperfecta por definición, falible pero redimible, y se ve reflejada e iluminada por la Literatura como por ninguna otra creación.
Démosle a nuestros libros esa oportunidad de reviviscencia que simbolizaba aquella cabina que vi en Alsacia. Sólo muere quien es olvidado.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Este texto me limitaré a comentarlo con este video, en homenaje a los libros que al menos, en mi vida, han sido muy importantes. Socio de Circulo de Lectores durante más de 30 años, ( también fui agente ) llegué atener que donar libros ( todos leídos ) por falta de espacio físico. Bueno, como decía, ahí va el vídeo
https://www.youtube.com/watch?v=93SgXeu-SeY