Aunque un servidor es católico y vivo desde niño en Sevilla, nunca me atrajo el mundo de las cofradías.
Me invade con frecuencia una sana envidia hacia amigos y familiares que vibran participando en actos de sus respectivas hermandades, novenas, centenarios y demás. Me gustaría sentir como ellos, pero no puedo. Soy un auténtico desastre, que las malas lenguas dicen que en plena Semana Santa he llegado a confundir a la escultura de La Borriquita con el caballo de La Lanzada y al discípulo San Juan con Pilatos.
Supongo que vivo la espiritualidad de otro modo y jamás he logrado adaptarme al pulso sevillano de devoción a las bellísimas tallas de los sagrados titulares.
No obstante, en esta ocasión, las Señoras y los Señores (con letra mayúscula) de Sevilla, me han llenado de orgullo por saberme vecino suyo y por compartir con ellos las calles de mi ciudad, y me ha embriagado su universo de fe, que desde ahora respeto hondamente.
Los hermanos del Gran Poder llevaban tiempo analizando la proposición de Ley de la eutanasia. Organizando debates entre ellos a propósito de la misma. Escudriñando con rigor su encaje o no a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. Reuniéndose con profesionales de la medicina, y con juristas y letrados, y con expertos, y con personas que se hallaban en fases terminales y con sus familiares. Exprimiendo como un limón la inteligencia que les ha dado Nuestro Creador para pronunciarse con justicia. Rezándole al Soberano Señor de Sevilla para saber transmitir al pueblo la palabra adecuada y el texto correcto.
Y finalmente, el mismo día en el que la Ley es aprobada en el Congreso, la Junta Directiva emite un comunicado por carta pública, expresando su parecer al respecto. Con toda claridad, contundente y al grano. Sin echar balones fuera. Sin calculada ambigüedad ni media tinta. Sin ponerse de perfil. Salga el Sol por Antequera y ahí se las den todas.
Tras advertirnos que la tramitación ha impedido cualquier consulta y que ni siquiera se ha ponderado el informe del Comité Nacional de Bioética (que «por unanimidad rechaza los fundamentos de la Ley y el que pueda considerarse la eutanasia como un derecho»), la carta critica abiertamente que se pretenda «un proceso activo, voluntario y directo» con la intencionalidad de acabar con la vida de un paciente.
Con acierto y con impecable razonamiento, se viene a diferenciar a la eutanasia de la muerte digna. No, no son lo mismo. Evidentemente. Porque no cabe hablar de dignidad en el proceso de muerte cuando al sufriente únicamente se le ofrece un fármaco letal para finalizar con prontitud, sin poder siquiera optar por un tratamiento humano y terminal.
«La vida tiene valor y sentido en sí misma, no en su utilidad», de modo que, para cumplir adecuadamente tales premisas, deben universalizarse y potenciarse los dignísimos cuidados paliativos, con protocolos claros de sedación que faciliten a la persona que sufre entrar en un proceso de reducción de su conciencia y dolor, facilitándose que su trayectoria vital siga su curso hasta apagarse en paz, con el acompañamiento afectivo y espiritual que requiere el corazón de todo ser humano.
Mucho saben los hermanos del Gran Poder de la naturaleza humana, al proponernos en su carta la compasiva figura del buen samaritano, para respetar y promover «el valor supremo de la vida», rechazando todo acto contrario a ella, precisamente por la dignidad que envuelve a la persona «en sus fases extremas de sufrimiento y muerte».
Como he dicho, nunca me impliqué en temas de hermandades. Pero hoy, tras leer la carta, reconozco haberme quedado con las patitas colgando.
Las Señoras y los Señores de esta hermandad se lo han currado a tope. Se han batido el cobre y es justo agradecérselo. Incluso por un descastado como el que suscribe.
Así que, si en un pasado critiqué a esta Hermandad o a cualquier otra, hoy me trago mis palabras con sopones gordos y aplaudo a estos cristianos que predican y dan trigo, aupando tós por iguá al Soberano Poder de Sevilla, mostrando una sola alma, misericordiosa y esperanzadora, que abraza a nuestros hermanos que se hallan a un paso de la muerte y la resurrección con Él.
Con coherencia y con fe, los hermanos del Gran Poder se han situado en el polo opuesto a una actitud de meapilas. Porque no se trata de no implicarse en política. Sino que, si uno se dice seguidor de Jesús, la política no debe vulnerar un ámbito tan sagrado como es la dignidad del ser humano. Y estos hermanos han puesto pie en pared ante la perversa Ley eutanásica. Con elegancia y con clase, sin citar en su escrito (ni falta que hace) a ninguna formación política. Que, como alguien dijo, hemos de batallar contra el pecado y amar al pecador.
Hoy, al pasar por su Basílica, he doblado mi rodilla y agachado la cabeza. Y en ensoñaciones me veo luciendo ilusionado una túnica de ruán negro de penitente en la madrugá del Viernes Santo, tras la soberbia talla de Juan de Mesa, que parece que va caminando junto a la humanidad por las calles de San Lorenzo: mi Gran Poder, nuestro Gran Poder. Junto a las Señoras y los Señores (con mayúscula) de esta hermandad de Sevilla.





