Dentro de la homogeneidad del mundo contemporáneo, y sobre todo de Europa, aún caben pequeñas diferencias entre los países que se incorporaron un poquito más tarde a “la modernidad” (llamemos así a la ideologías globalistas dominantes), y el resto. Contra lo que pudiera parecer, la diferencia no es que los primeros mantengan algunos rasgos “conservadores”, sino más bien al contrario: que los recién incorporados son los más fanática y decididamente “modernos”, los que con más intensidad, por renegar de su pasado, le dan la vuelta de manera más radical. Un ejemplo notable es la Irlanda contemporánea, más enérgicamente anticatólica y anticlerical que cualquier otro país tradicionalmente poco religioso.
Pero tratemos de hechos más triviales y amables. En España desapareció radicalmente la costumbre de escribir tarjetas postales estando de viaje. Dirán, “¿Cómo en España? ¿No es en todas partes?”. Pues no; por supuesto, el hábito ha caído en picado, pero los viajeros de otros países –los anglosajones, los alemanes…- aún lo mantienen un poco. La prueba fehaciente es que en los miles de comercios destinados al turismo en Sevilla se siguen vendiendo. Aunque infinitamente menos que antes de la era digital, muchos extranjeros gustan de comprarlas. También ellos compran más que nosotros periódicos de papel. Y se les ve alguna vez utilizando planos de la ciudad, planos “físicos”. No se les caen los anillos de hacer cosas que nosotros los españoles, punteros de la modernidad mundial desde aquello de Zapatero del Progenitor A y Progenitor B, consideramos “un atraso”.
Se venden, pues, postales. Pero, ¿se han fijado en ellas? Claramente se ve que son nuevas, de reciente emisión, para satisfacer el mercado actual, aun pequeño. Y la diferencia más notable salta a la vista: por aquello de la intimidad y protección de datos y protección de imagen, pues queda prohibido que salgan personas. Se ven los monumentos y las calles vacías…
Pero en los años ochenta no había esos reparos. Las postales de todas las ciudades del mundo aparecían llenas de ciudadanos, como también esas imágenes podían ilustrar revistas y hasta libros de texto. Con esas fotografías se transmitía una idea no sólo de la forma de una cúpula, sino de la vida que bullía alrededor: autobuses, coches y el hormigueo de personas.
El hecho resalta aún más si nos vamos a las postales de los lugares de veraneo. Sí, se fabrican actualmente, aunque extrañe a muchos. Y son imágenes lúgubres: cumpliendo las normas, parecen de después de caída una bomba atómica. La imagen de una catedral o de un paisaje alpino sin personas puede admitirse; pero una playa, de escaso valor urbanístico, con sus bloques de pisos y paseo marítimo, resulta patética con ese vacío humano. Pero es el siglo XXI.
En el siglo pasado se emitían postales con escenas de playa, con los bañistas que salieran en la foto; y si alguno se veía en ellas, lejos de irritarse, se sentía halagado. La mentalidad era otra. Verse captado en la foto no era una ofensa, sino un honor.
Casi cualquier tarjeta postal de los años ochenta nos abre todo un horizonte; nos facilita la respuesta a interrogantes legales. Ahora que se tiende a legislar en retrospectiva, que se anima a las personas a denunciar por agravios de decenios pasados… ¿cómo no ver que eso es un disparate? No ya sólo por el aspecto práctico de que el sistema judicial colapsaría ya del todo y absolutamente. Es que, si se denunciara en retrospectiva, ¿quién se libraría de la cárcel?
Esta postal, o cualquier fotografía de hace treinta años que cualquiera puede tener en su casa, ¿no sería hoy día total y absolutamente delictiva (atentado a la protección de datos, a la imagen de los menores, a…)?
Y, ¿qué hay de los autores de la guía de teléfonos? ¿Cuántos delitos se acumularían aquí, tras facilitar a un millón de personas los números de teléfono de otro millón de ellas?
Es curioso, por cierto, la cantidad de nuevos delitos que nos inventamos. Diríase que vivimos en una sociedad sofisticada, altamente civilizada, en la que los crímenes básicos -matar, robar, asaltar, estafar-, han desaparecido completamente, en la que el nivel de bienestar es excelso, y para entretener a los juristas hay que inventarse ya minucias… No parece que sea el caso. Pero continuamente los comportamientos más normales ahora se convierten en delitos.
Pero, prescindiendo de lo acertado que resulte tanta legistación prohibidora, lo cierto, lo indiscutible, es que legislar en retrospectiva (admitiendo a trámite denuncias por hechos acaecidos hace muchísimo) resulta demencial. Nadie se salvaría.
¡Cuánto enseña una vieja postal…!





