En una gran mayoría de los manuales de Historia Medieval que se empleaban a finales del siglo XX, quedaban omitidos unos hechos tan decisivos en la historia de Europa, y más tarde incluso del mundo, como es la aparición de las dos grandes Órdenes Mendicantes: franciscanos y dominicos. La machacona insistencia en la Historia socioeconómica, la de los datos demográficos, la evolución del tipo de arado, la acuñación de moneda, las continuas tablas llenas de más números de los que acompañaban la vida de nuestros colegas los estudiantes de Matemáticas, con esa obsesión por la Historia numérica, “objetiva” según creían… pues hizo caer en el olvido unos elementos decisivos en la formación de una sociedad de la que somos herederos.
Hoy afortunadamente esto ha cambiado y se habla por fin de lo que ya las piedras testifican (no hay ciudad histórica en Europa sin su convento de franciscanos y otro de dominicos, y otro de dominicas y de clarisas otro… aparte de muchos más). Aunque hay algunos antecedentes, cuando se habla de la aparición de las “Órdenes Mendicantes” se piensa inmediatamente en los franciscanos y en los dominicos, que, estableciendo sus conventos en los poblados, es decir, en medio del mundo en vez de alejados de él, habrían de influir enormemente en el pulso de la vida en todas las ciudades y pueblos del siglo XIII en adelante.
Observemos un detalle que tal vez nos haya chocado a casi todos, aunque sea de manera inconsciente. Al explicar en qué consisten estas órdenes, cualquier texto de Historia de la Iglesia dirá, así como en tono de alabanza, que en sus respectivas reglas estaba “el vivir de limosna, sólo de limosna… no vivir de otra cosa”. Se enuncia como indicativo de humildad y pobreza, sí; pero en cierto modo esto puede “chirriarle” al ciudadano del siglo XXI, y aun al que vivía en el XX. Si este ciudadano es creyente y empatiza con los frailes y monjas, a lo mejor no lo piensa con estas palabras, pero vendrá a sentir algo así como: “¡Qué cómodo, vivir de limosna!, ¿Qué había de meritorio en esta especie de parasitismo, en vivir de la limosna de una sociedad que ya de por sí era en general muy pobre…?”.
Ya desde el siglo XX, el cambio de mentalidad, las nuevas circunstancias históricas, mil cosas… hicieron que los conventos se “reinventaran”, decidieran dedicarse a algún trabajo productivo; si los que nos son más familiares –venta de dulces o de otros productos de artesanía- aún pueden conservar cierto aire de limosna disfrazada, ya la tendencia es inexorable hacia terrenos más pragmáticos. Pero no íbamos a hablar de esto, sino a detenernos en aquello del cambio de mentalidad (en cuanto a la virtud o más bien defecto del “vivir de limosna”) y de todo lo que implica.
Hay que hacer un esfuerzo ímprobo ciertamente, en esta época en la que el anhelo indisimulado de la población es el percibir una u otra paga, y esto se proclama y se defiende como cosa obvia, y hasta se enarbola el “derecho inalienable” de estar recibiendo pagas, ayudas, subvenciones, y se presume y se alardea de ello… hay que hacer un esfuerzo ímprobo para trasladarnos a la mentalidad del europeo de siglos pasados.
La idea de recibir limosna era lo más hiriente que había para el sentido de la dignidad. Acaso no debía ser así, desde el punto de vista del Cristianismo (que al fin y al cabo fue el que “inventó” las obras de caridad), pero lo era. Casi cualquier documento, relato o novela de épocas pasadas, da fe de ello. En “David Copperfield” de Dickens se describe una escena tremenda: en un sórdido colegio, en plena clase, un alumno malintencionado se levanta y declara que la madre del maestro está recogida “en una institución de caridad”; esto lo oye el director, que estaba supervisando las aulas, e inmediatamente expulsa a dicho maestro, humillándolo delante de los chicos, pues eso “atenta contra el prestigio de la escuela”. Esta escena hiriente, y hasta difícil de entender en una primera lectura (son párrafos que invitan a releer, creyendo haber entendido mal… ¡tan distinta mentalidad reflejan, aparte ya de crueles!), pues podemos pensar que seguramente sería inverosímil en un contexto católico. Seguramente. Pero sin llegar a estos extremos, el profundo sentido de humillación de tener que “vivir de la caridad” era algo ubicuo en otros tempos, también en el mundo mediterráneo. En “El Conde de Montecristo”, el padre del protagonista fallece a causa del hambre, literalmente de hambre, pero viviendo en su piso de Marsella, manteniendo las apariencias y ni soñando en recurrir a nadie.
Pero volviendo a las Órdenes Mendicantes, y al siglo XIII. Los famosos tres votos de los monjes son una renuncia no ya al pecado, sino a cosas que en sí son totalmente lícitas, son las que suelen llenar el corazón humano (una sana ambición, un realizar los propios proyectos- todo esto se abandona con el voto de obediencia. Hasta sin opinión propia se quedan). La renuncia a esas aspiraciones normales y humanas, y a la satisfacción que pueden dar, se hace en aras de un desnudarse de sí mismos; un sacrificio en el sentido literal. Y del voto de pobreza, un teólogo explicaba que lo peor no era la pobreza, sino la humillación de no poder hacer regalos, renunciar a eso de quedar bien invitando y obsequiando. Pero para entenderlo hay que tener una mentalidad distinta de la nuestra, cuando la dignidad lo era todo.
En el marco de esta mentalidad, puestos a sacrificarse, lo más leve era llevar una vida espartana y casta (todo es cuestión de acostumbrarse); más duro era renunciar hasta a tener opinión propia. Pero puestos a pensar en una renuncia aún mayor, pues ya hasta al prestigio, hasta a estar bien vistos.
En la Europa del siglo XIII (como en casi todo el mundo en casi todas las épocas) lo que prevalecía era la pobreza. No existía el ideal del “Estado del bienestar”. Los ideales eran otros; no es que lo digan los romances, es que verdaderamente prevalecían el sentido del honor, de la dignidad, como bienes máximos. Renunciar a ser bien vistos, resignarse a hacer algo “indigno y humillante” como vivir de limosna (y que otros tuvieran la satisfacción de darla, que el darla sí era algo dignísimo y de virtud cristiana) eso constituía en realidad el mayor de los sacrificios. Hacían lo más humillante (vivir de la caridad), y renunciaban a lo más mundanamente satisfactorio (el placer de regalar y de invitar).
Y, ¡cómo sería su labor para que, en tales circunstancias (haciendo las cosas más socialmente humillantes posible), adquirieran semejante prestigio, y dejaran tanta huella!
Hoy que vivir de limosna no conlleva oprobio alguno (se le dé el nombre que se le dé al hecho de cobrar sin trabajar), pues las comunidades religiosas que antes vivían de la limosna, se han puesto a hacer lo que ahora está mal visto: trabajar.





