“Sevilla tiene dos partes,
dos partes bien diferentes.
Una, la de los turistas
y otra donde vive la gente”.
“Rock del Cayetano”, de Pata Negra.
Que Sevilla es dual lo tenemos asumido desde que el tiempo es tiempo. Betis y Sevilla, José y Juan, Triana y la ciudad, Maestranza y Monumental, Macarena y Esperanza de Triana… como el busto romano del Jano Bifronte que corona la fuente del patio de la Casa de Pilatos: un rostro joven y otro anciano.
Pero lo que no tenemos demasiado entendido es que las más de las de las veces, Sevilla no es dual, sino múltiple, que son más de dos ciudades distintas. Totalmente distintas. Opuestas incluso.
Está la Sevilla de las cofradías, y dentro de ésta varias: la del cofrade de su hermandad, la del sacapasos, la del mandapasos, la del capillita jartible e incluso la de los “tontos de capirote”, que dejó escrito Paco Robles. Por otro lado está la Sevilla de la manduca, que se divide entre el restaurante de platos enormes y poca cosa que echarse a la boca, la de las cadenas de hamburgueserías, la de las tabernas de cerveza bien servida y chochos, la de los bares de los polígonos con sus bocadillos de cochinito y kétchup y la de los menús diarios, donde no falta nunca la ensaladilla rusa de primero. Y así, decenas de Sevillas, decenas de ciudades distintas dentro de las fronteras de una sola.
El martes pasado vimos dos Sevillas absolutamente distintas. Opuestas. Y eso que era la misma hora: doce del mediodía. Por un lado, los llantos y las lágrimas de una familia porque se les había muerto su luz y su guía, su razón de ser y de existir: el entierro, en el Cementerio de San Fernando, de Rafael Amador Fernández, leyenda de la música andaluza y genio que nació, vivió y creó en Sevilla para el resto de la humanidad. Por otro lado, el postureo de los políticos y de los muchos que querían hacerse una foto entre corbatas y pescuezos estirados, las palmas a discursos infumables y risitas por arrimarse a la cacerola del puchero nuestro de cada día: la presentación de la programación oficial de la Bienal de Flamenco de Sevilla en lo que fue Casino de la Exposición del 29.
Me dolió —pero no me extrañó, que ya está uno curado de espanto— que el que se autodefine como “el festival flamenco por antonomasia” no tuviera el breve detalle de guardar un minuto de silencio por la muerte de Rafael Amador. Ni siquiera lo nombraron. También, que el Ayuntamiento no hubiera tenido un detalle con él o con su familia, acompañándolos, dándole un toque oficial a la despedida, prometiendo dedicarle una calle, nombrándolo hijo predilecto a título póstumo —aunque soy partidario que los homenajes, en vida—. Un algo, que esta ciudad siempre se ha caracterizado por la sensibilidad y el saber estar donde hay que estar.
Seis kilómetros separaban el dolor del halago, el arañazo de la vida de la autocomplacencia. Avenida de las Juventudes Musicales, avenida Concejal Alberto Jiménez Becerril, calle Torneo, Arjona, Paseo de Colón y de las Delicias y calle de la Rábida. Seis kilómetros separaban la Sevilla de verdad de la ciudad de la mentira. Como la vida misma.






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Así es, querido amigo. Dicho de manera triste o de manera alegre.