Sólo la industria turística aporta a España en torno al 14,6% de su PIB, lo que alcanza una cifra en algo superior a 150.000 millones de euros por año.
Cada mes que hoteles, restaurantes, bares y demás empresas ligadas a la industria nacional del turismo continúan cerradas, se evaporan 13.000 millones del PIB de España; es decir, 433 millones de euros esfumados cada día. Aún peor si se tiene en cuenta que la distribución mensual de estos ingresos no es uniforme y que los meses fuertes de turismo de este año parecen ya arruinados.
En menos de tres meses de cierre de los negocios turísticos, España pierde de media el equivalente al total del presupuesto que había previsto para 2020 la Comunidad Autónoma de Andalucía, algo superior a 38.000 millones.
Los ingresos generados por una semana de cierre obligatorio del turismo en España equivalen al presupuesto de Cantabria; en 11 días se esfuma el presupuesto de la Comunidad de Murcia; en 15 días se deja de ingresar el equivalente al presupuesto de Extremadura; en 22 días, el presupuesto de Galicia ya no existe; en 24 días desaparece el del País Vasco; Valencia pierde el suyo en 38 días de clausura; en 47 días sin ingresos turísticos, el presupuesto de Madrid se vacía; y en 70 días más, también el de Cataluña queda en blanco…
Si esa profecía del Gobierno de Sánchez de que la industria turística podría no abrir antes de final de año se cumple, los ingresos no acumulados por vía del turismo en el PIB en lo que resta de año equivaldrían a los presupuestos de Cataluña, Madrid, Valencia, País Vasco, Galicia, Extremadura, Murcia y Cantabria…, y entrarían varias comunidades más teniendo en cuenta el nivel de ingresos que se perderían en la temporada de verano y buen clima.
Así las cosas, cada paso en falso del Gobierno de España en la catarata de medidas anunciadas decreto tras decreto (muchas de ellas irreales, todas carentes de memoria económica que las soporte y sin atreverse ninguna instancia ministerial a realizar previsiones ni de gastos, ni de ingresos, ni de deuda, ni de caída, ni de déficit, ni tampoco de posible financiación) supone un peldaño más en el tobogán que conduce directamente hacia los hombres de negro y el rescate.
La UE, tras el Brexit y las guerras comerciales abiertas en todo el globo, no estaba para muchas fiestas, pero a España le tocaba a partir de ahora engrosar el pelotón de cabeza de contribuyentes netos del presupuesto europeo.
No sólo no podrá, sino que, como digo, todo hace pensar que será expulsada de la clase (no del colegio) y enviada a repetir varios cursos por detrás. Se acabaron las vacaciones.
A este clima de hecatombe y desasosiego contribuye, cómo no, el continuo trapicheo contable del Gobierno de Sánchez, que no logra estafar a la UE con sus declaraciones de ingresos y gastos, más trucadas que la moto de un macarra y genera aún más desconfianza.
Cambia aquel aforismo que se decía de los argentinos: no hay mejor negocio que comprar a Sánchez y a Iglesias por lo que valen y venderlos por lo que ellos aseguran que valen… Dos vendemotos que ofertan máquinas que no arrancan y cuando arrancan sólo echan humo.
Es sabido que el presidente del Consejo Europeo, el liberal belga Charles Michel, tiene una pésima opinión personal de Sánchez, pero a ello cabe añadir los continuos amagos confiscatorios y las veleidades chavistas que se permiten algunos miembros del Gobierno de España con su perfume de peronismo a la bolivariana.
Abascal ha propuesto ya diez veces que se le pida a la UE que renuncie al billón de euros comprometidos en la llamada transición ecológica para la tarea de reconstruir Europa y que el Gobierno de España renuncie al menos a los programas injustificables de mangoneo feminista para luchar contra esta demolición llevada a cabo no por un virus sino por la inoperancia socialcomunista: «Pague los salarios de los españoles de estos tres meses y váyase, sr Sánchez», le repite, mientras Casado le espeta al capitán del Titanic que abandone el barco y gestione los salvavidas, pero al menos que no les pida a ellos que se conviertan en la orquesta que les acompañe.
No hubo previsión para frenar la catástrofe sanitaria y la poca que hubo se sacrificó en aras del feminismo sectario del 8-M. Tampoco se elaboró plan alguno para su abordaje posterior. El fiasco aumentó cuando se intentó paliar a toda prisa la falta de los suministros necesarios y los muertos se agolpaban en casi todos lados. Se sigue improvisando en lo que se refiere a medidas económicas que son apenas un catálogo de invenciones sin sustento o que en casi nada favorecen a salir del marasmo. No hay un plan tampoco para proceder a la reactivación de la sociedad y de la economía productiva. Y nos queda, al fin, la última ratio del desastre: las dudas que genera este Gobierno sobre si en realidad lo que pretende es acabar con los derechos y libertades de sus ciudadanos de manera indefinida.
Tengo para mí que sólo hay una forma de conjurar ese peligro: la dimisión en pleno de un gobierno inepto, negligente, irresponsable, fatuo, soberbio y mentiroso al que puede que en algún momento empiecen a lloverle las denuncias y querellas criminales.
He dicho.





