Vivimos tiempos en los que prosperar se ha convertido en un deporte de riesgo. Sobre todo para aquellos que quieren una mejor vida en un país como España, donde cada vez reina más el conformismo y aquello de “mejor nos quedamos como estamos” con miedo de lo que pueda venir.
Los jóvenes afrontamos una perspectiva de futuro compleja, donde se acentúan las carencias de hitos básicos que consiguieron nuestros mayores en tiempos pretéritos, como por ejemplo, el acceso a la vivienda, comprarse un coche o simplemente llegar a fin de mes para ahorrar y tener ese colchoncito que nunca viene mal.
El contexto social es dantesco, más allá de ahondar en culpables y en ideologías ilusas que tanto daño han hecho en la actualidad. Las cuentas del día a día, en el país que va como una moto como algunos anuncian, no salen. Y no salen porque ha subido todo de hace diez años a la actualidad, los precios de las cosas porcentualmente son altísimos en comparación con la evolución del salario medio en España.
Desde una perspectiva de un joven desanimado con el futuro que nos viene, el deseo de cambio es inmenso, pero la confianza en quienes deben cambiarlo son nulas, por no decir, inexistentes.
La clase política de este país se ha cargado en pocos años lo que costó tanto construir por nuestros padres y abuelos, un verdadero país de bienestar donde poder prosperar y tener un futuro para las generaciones venideras.
Los indicadores económicos, aunque algunos disfrazan la realidad, son simplemente funestos, ante las puertas de una nueva crisis. Esto sumado a unos políticos que toman medidas para sobrevivir en la poltrona a costa de todos, nos asoma a un futuro desalentador para los que nacimos en los 90.
La estabilidad se ha convertido para nosotros en un artículo de lujo que ya no aparece en el catálogo de nuestra generación. Y si queremos vivir habrá que pasar a la acción, recuerden que la clase política nos dejará solos a la aventura y también recuerden que solo el pueblo salva al pueblo. O si no, nos quedaremos con las migajas que nos dejaron nuestros mayores.






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Que de verdades, muy buen articulo. Enhorabuena Diego Perez