De verdad que no hay que ser tan listo como Iván Redondo (ni tal vez muy descreído o muy ingenuo) para darse cuenta de que estamos a un rato de que empiecen las confiscaciones e incautaciones de los bienes ajenos por parte del Gobierno. Y lo harán en nombre del Estado.
Puede que la cosa empiece por la ejecución técnica de un ‘corralito’, pero eso es poca cosa y no les lleva tiempo ponerlo en marcha, poco esfuerzo para Iván Redondo. Bastará con un decreto y luego un clic desde los bancos y todos sus depósitos quedarán congelados en un milisegundo.
Los cajeros automáticos se apagarán de golpe, como los ‘troopers’ de la Guerra de las Galaxias cuando estalla en cien mil pedazos la “Estrella de la Muerte”, como faltos de energía, y a partir de ese momento usted sólo podrá vivir del aire contaminado por los aerosoles que flotan infectados de coronavirus.
Esto ya se puso a prueba en Grecia, cuando la crisis de 2008, y durante algunos meses los ciudadanos sólo podían sacar un máximo de 60 euros por día de sus cuentas corrientes.
Afortunados seremos si eso ocurre por un tiempo limitado y una cantidad parecida.
Aunque la situación de España, me temo, es aún mucho peor que la de entonces de los helenos, que se repusieron después de que los «hombres de negro» de la UE le encajasen el cuerpo a la economía y se deshicieran de aquel Tsipras al que fue a apoyar, tras la pírrica victoria electoral, el Marqués de los Roetes, Pablo Iglesias. Por cierto, tuvieron que pactar con el partido nazi de Amanecer Dorado: todo sea por la matria.
Lo ‘bueno’ y más difícil todavía vendrá con las incautaciones de otros bienes convertibles, no el dinero contante y sonante, que, ya digo, eso es fácil. Me refiero al momento en que dé comienzo el saqueo legalizado de los bienes muebles, joyas y tesoros de museos, iglesias, catedrales y cualquier otro producto transportable, fungible y negociable en un chamarilero fino.
¿Por qué creen que he venido dedicando en estas últimas semanas varios reportajes en este mismo medio sobre la historia infame del PSOE y su falta de escrúpulos para el saqueo de lo ajeno? Lo llevan en el ADN y es marca de la casa.
La excusa de entonces fue la guerra civil, que ellos mismos fabricaron para preparar el latrocinio, y el peligro que corrían los tesoros del Patrimonio. Ahora es otra cosa, pero es lo mismo, porque con la excusa de las necesidades «del pueblo» y la perentoriedad de encontrar recursos para luchar contra la epidemia, asaltarán con un decreto las despensas. Y a quien se oponga, no lo duden, lo llamarán facha, como mínimo.
¿Pero es que no conocen nada de la historia de Cuba y Venezuela? ¿Por qué piensa alguna gente que esas cosas sólo ocurren en el pasado lejano de nuestras abuelas cuando han visto derrumbarse a un país con una de las mayores reservas de petróleo del globo en un abrir y cerrar de ojos? Por eso digo que hace falta ser muy ingenuo o muy descreído para no adivinar por dónde cruje el barco y por dónde van los tiros.
Lo comenté hace unos días en uno de esos reportajes a los que me he referido sobre la historia, pero ahora es Juan Manuel Rallo el que lo enuncia con todo el peso técnico de lo que bien conoce: «Cuanta más deuda pública -dice- se acumule en el sistema y, por tanto, cuanto mayores vayan siendo las necesidades de confiscación de los Estados (impuestos, inflación o impagos), más valiosos se irán volviendo para el ciudadano los activos más difícilmente confiscables por el Estado».
Les puede resultar algo enrevesado, pero a nadie se le debería escapar que las joyas son perfectamente confiscables. Durante la República churretosa que nos endilgó aquella gentuza del PSOE de entonces, se arbitró lo necesario mediante órdenes y decretos ministeriales para obligar a la población a que entregase todos sus bienes muebles de algún valor intenso y convertible.
A los que no lo hicieron de forma voluntaria, se los rapiñaron casa por casa o accedieron a los mismos a través de los montepíos, donde muchos habían depositado como prenda lo que tenían para poder pagarse medio cartón de huevos y una bolsa de garbanzos. Y luego se lo desaparecieron todo, de un golpe, hasta que Indalecio Prieto se lo pulió al completo en prostíbulos y casinos de medio mundo.
Sigan sin creerse lo que ven sus ojos y lo que está sucediendo delante de nuestras narices, pero la deuda descomunal que ha firmado este gobierno entre el contento generalizado de su inmunda inanidad y con una presentación en el plasma como de niños de San Ildefonso es el gordo que nos ha tocado a todos.
Nuestro PIB no llega a cubrir ni siquiera la mitad de la deuda contraída, y cuando el dinero ya no alcance, porque además seguiremos confinados, recurrirán a cualquier excusa, que mucha gente tornará creíble porque es verdad que no se podrán pagar ni las pensiones ni los sueldos de los funcionarios, y entonces comenzarán las razzias en busca de lo ajeno y ya no habrá marcha atrás.
Ese será el momento glorioso en que los veremos, como ya sucedió antaño, correr con las maletas rapiñadas cargadas de tesoros camino de alguna parte, que yo les deseo que esta vez les toque huir a Corea del Norte, especialmente a Iván Redondo. O al puto Congo.
Quién sabe, pero a lo mejor las maletas que trajo Delcy, aunque algo traerían, eran para llenarlas con todo lo que no pudieron llevarse entonces.
He dicho.





