¿Quién se cree las lágrimas de Díaz Ayuso?
Creer en ellas es como creer en que la política tiene sentimientos. ¿Quién se cree eso? Ha de ser usted muy crédulo para pensar que en los gestos de los políticos hay improvisación alguna. Ni las corbatas se las eligen ellos ni sus cónyuges, ni las palabras afectas surgen espontáneas.
El arte de la política es el arte de actuar. El arte de convencer y de hacer creer que son Moisés y que con ellos, tarden cuarenta años o tarden un siglo, llegará la tierra prometida; esa llena de democracia y libertad. Después te das cuenta que es mentira. Que Moisés lleva su propio yugo para someter a los adoradores de becerros de oro.
Pues, díganme. Con dioses humanizados, plenos de poder verborreico para vigorizantes argumentos, portadores todos de la verdad suprema, ¿quién se cree las lágrimas de Díaz Ayuso?
Aprendí que la política es una fauna. Lágrimas de cocodrilos, sonrisas de hienas, abrazos de oso, buitres, zorros, peligrosos leones heridos, serpientes, perros, cuervos… ¿En cuál de estos confiaría usted? Ni del mejor amigo del hombre se fíe.
Llevamos seis semanas enterrados en vida, oyendo arengas más que soluciones; estadísticas que hablan de muertos con la frialdad de un número delante de la palabra personas; lanzándonos mensajes de aliento en futuro condicional; convenciéndonos de que somos un país de la leche si cumplimos a pies juntillas sus directrices. Pero seguimos contemplando cómo pasa el año y cómo los planes se nos van cayendo junto a los días del calendario. Seguimos leyendo cómo siguen habiendo infectados y muertos, por miles unos y otros por cientos. Seguimos empobreciéndonos con ERTES, con negocios cerrados y empresarios en quiebra. Seguimos apesebrándonos con pagas de racionamiento, y gracias. Que no digo yo que, hoy por hoy, no sean necesarias.
¿En serio se cree usted las lágrimas de Díaz Ayuso?
Asistimos a la guerra de los bulos, de las noticias medio falseadas o medio verificadas; nos conminan, unos y otros, a señalar al fascista —¡qué hartura, por Dios!—. Y ahora, ¡sorpresa!, hay una caza al disidente de la versión y la opinión oficial.
Han permitido, ya sea por la presión de ver cómo países vecinos ya están en una especie de etapa pospandémica, o por la de las guerras intestinas a las que de forma constante se tiene que enfrentar este Gobierno —que va a acabar con una úlcera que nos llevará a todos por delante— el desconfinamiento parcial de la población infantil. Que, por cierto, parece ser que ha sido poco menos que un desastre del que se han hecho eco las redes hoy y mañana, con seguridad, los medios. Playas, plazas, parques, calles llenas de niños —bicicletas y patinetes ad hoc— de familias completas, cuando lo máximo era un adulto y tres menores de catorce años; parejas paseando (sin niño ni can), mayores sin protección y, en general, las medidas de seguridad cortitas. Parece ser, como digo; aunque pudiera dar fe de ello.
La política, el arte del trilero. ¿Y usted se cree las lágrimas de Díaz Ayuso? Pues deje que le diga que, a pesar de lo expuesto, yo sí. Porque aunque las lágrimas puedan ser impostadas, que me voy permitir dudarlo, ha sido más creíble la actuación de la presidenta de la comunidad de Madrid. Más sincera, por interiorizada, al haber estado in situ en las zonas cero, empapándose bien del papel que había de representar: el de actriz principal, responsable de todos los ciudadanos, infectados y fallecidos, de la que es su representante. Otros, igual, debieran prepararse con más credibilidad su personaje y dejar de pensar que solo actúan para su público.





