El PSOE se hizo tristemente famoso en su momento por saber utilizar en su beneficio todo tipo de desgracias y siniestros que, realmente, tenían poco que ver con la acción del Gobierno, salvo la ya reconocida torpeza de los dirigentes del PP a la hora de manejar la información. En efecto, recordarán ustedes algunos acontecimientos tan distintos entre sí, como el accidente del Prestige, el sacrificio del perro Excálibur o incluso la II Guerra del Golfo. Todos esos sucesos fueron habilidosamente utilizados por los socialistas para culpar a sus rivales no ya de incompetencia o negligencia, sino casi de ser los causantes directos de las diferentes “calamidades”, exagerando, mintiendo, manipulando los datos o apelando al sentimentalismo más grosero. No digamos ya nada acerca de otros episodios gravísimos como el de los atentados del 11-M, en los que casi parece haber algo más que simple oportunismo.
Ahora que padecemos ya siete años (número bíblico) de gobierno ininterrumpido del incombustible Sánchez -que es como el conejito de Duracell, que dura y dura-, percibimos también cómo ese mismo partido tan habilidoso para endosar alegremente culpas a sus rivales es también un maestro consumado en el arte de escurrir el bulto y buscar excusas para justificar sus propias políticas erráticas. Si no, que se lo pregunten a los valencianos.
Por ejemplo, hoy sabemos bien que la pandemia del Covid 19 -o mejor dicho, la gestión que se hizo de ella- arrasó la economía española como no lo hizo en ninguna otra economía europea, y tenemos sentencias judiciales firmes que declaran la responsabilidad directa del Gobierno en aquel experimento social que supuso el confinamiento absoluto tan prolongado. Sin embargo, a pesar de que la gente es consciente de lo mal que se hizo todo, como demuestran los chistes sobre el Dr. Simón y las mentiras sobre el inexistente “comité de expertos”, parece que hemos renunciado a pedir responsabilidades por aquello, como si todo hubiera sido una travesura sin importancia. A pesar de los escándalos de Koldo y Ábalos (entre otros) -que se forraron y lo pasaron pipa con señoritas estupendas (aunque de catálogo), mientras nosotros estábamos recluidos y aplaudiendo desde el balcón-, prácticamente lo que ha quedado de todo aquel asunto es el voluntarista y propagandístico lema de que “salimos más fuertes”. Que sepamos, el Sr. Ábalos sigue cobrando a fin de mes un suculento sueldo que le pagamos entre todos, al igual que a sus “sobrinitas”. Ellos, desde luego, sí han salido más fuertes.
Tenemos por otro lado la guerra de Ucrania, presentada como la principal causa de la inflación que inexorablemente está recortando la capacidad adquisitiva de los españoles. En un conflicto que se nos ha presentado de la manera más maniquea -rusos malísimos frente a ucranianos buenísimos- resulta que nuestro país se ha dedicado a financiar al bando que, con toda justicia, consideramos como el agresor (Rusia), comprándole el gas que antes adquiríamos en Argelia. Y ahora pretenden convencernos de que tenemos que elevar nuestro gasto militar, pero no para proteger nuestras fronteras y nuestros intereses nacionales, sino para mandar a nuestros soldados a Sebastopol, a esa nueva Guerra de Crimea en la que esta desnortada Europa está empeñada en meterse ahora.
Evidentemente, llamamos “habilidad del PSOE” a lo que no es más que el aplastante dominio de este partido sobre los medios de comunicación subvencionados. El objetivo de tanto mercenario es mantener la hegemonía de la izquierda, bloqueando la aparición de alternativas que supongan un cambio real a esta deriva de corrupción, endeudamiento y ruina. O, en todo caso, trabajando para que solo pueda triunfar la disidencia digerible para ellos, que obviamente es la del PP.
En esta carrera en pelo en buscar nuevas coartadas además de las que ya funcionan -Franco, los bulos, el auge de la ultraderecha, los piquitos de Rubiales, las preguntas de Vito Quiles…- ha aparecido ahora un magnífico comodín que usar como pretexto para explicar nuestras desdichas, que no es otro que el Ogro de pelo naranja que habita en la Casa Blanca. Parece ahora que todas las cuitas de Occidente -su incapacidad para saber lo que le conviene, su estólida simpatía ante enemigos implacables a los que sigue invitando a su seno como un infatigable Caballo de Troya y, en definitiva, toda su decadencia senil y disoluta- derivan de los desplantes del amigo Donald, que ha venido a reverdecer los viejos odios que esta putrefacta Europa siente contra la única mano que le ayudó en su lamentable siglo XX: la del tío Sam. Recuerden La Obsesión Antiamericana, de Jean François Revel, que casi se nos había olvidado después de los disparates progres de Obama y de Biden, tan celebrados a este lado del Atlántico.
Una vez dicho esto, expongo también, aunque sea bajando un poco la voz, mi secreto deseo de que el amigo Trump deje de hacer aspavientos y gestos groseros, que solo sirven para dar alas a las excusas y coartadas de los medios europeos convencionales, y se dedique a lo que muchos estamos esperando y fue para lo que le votaron los estadounidenses. A saber: que deshaga las tramas woke, que nos meta en el círculo virtuoso de la creación de riqueza, como ha hecho Milei, y que el comercio mundial empiece a fluir en parámetros de competencia leal y ordenada, con respeto a la soberanía de los Estados. Y ya, de paso, que los terroristas y narcotraficantes de todo el mundo (Irán, Cuba, Venezuela…) tengan verdaderos motivos de preocupación.





