Ayer hubo un instante —apenas un pliegue del tiempo— en que la tarde de toros dejó de ser tarde y se convirtió en mal presagio. La Maestranza, con su redondel ovalado, que parece más soñado que construido, estaba suspendida en esa luz de Sevilla que no cae desde el cielo, sino que brota de la cal. Salió el cuarto, Clandestino, quinientos doce kilos de incertidumbre, colorao, capirotito, con esa expresión hosca de los toros que no vienen a la fiesta, sino a discutirla. No quería embestir. Gazapeaba por el albero como quien mide un territorio enemigo, sin hacer caso a los capotes, cortando el viaje, desentendiéndose de todo y descomponiendo el compás.
Y frente a él, José Antonio Morante Camacho. No un torero, sino una manera de decir el toreo. Un matador de toros que parece no andar, sino deslizarse, como si la arena lo sostuviera apenas. Entonces dijo, con la serenidad de los antiguos, esa frase que es una filosofía y un desafío:
—Dejadlo, que ya vendrá.
Y en esas palabras cabía todo un siglo. Porque Morante no obliga, persuade. No somete, convence. Esperó como esperan los que saben que el misterio tiene su ritmo, su momento. Y el toro fue viniendo, poco a poco, atraído por los vuelos dormidos del capote. Primero por abajo, como si el torero estuviera escribiendo en la arena una gramática secreta. Luego andándole. Muy despacito, gateándole, como andan los pasos de palio.
Ay, andarle un toro. No es moverse. Es acompañar su respiración. Es torear sin parecer que se torea. Es borrar la técnica hasta que sólo quede la música. Morante iba delante del animal, al paso, como quien lleva de la mano a un sonámbulo. Todo sucedía tan despacio que parecía inmóvil. Ese torear que no pisa la tierra, sino que la roza. Ese volar en el ruedo. Esa levedad como de levitación.
Pero el milagro tiene espinas. Porque no se puede torear así de despacio sin pagar tributo. Llevamos tiempo sabiéndolo. Dejar las telas dormidas, templar hasta apagar la violencia, quedarse donde nadie se queda… eso tiene estas cosas. Tarde o temprano, el toro reclama su verdad.
Y llegó. Fue como si una sombra rompiera el cristal del instante. Clandestino, que iba demasiado a su aire, que no terminaba de entregarse, se vino por dentro, se coló por el pitón izquierdo —ese pitón de contra mano donde hay que llevar los seis sentidos, porque con cinco no basta— y se llevó por delante al torero.
No fue una cogida. Fue una interrupción del mundo. La plaza quedó muda. No hubo un grito unánime, ni ese rumor de pánico que a veces se levanta. Hubo silencio. El silencio puro del espanto. El silencio de los templos cuando se rompe una imagen.
Morante, el héroe leve, el que parecía levitar segundos antes, fue prendido por una navaja. El pitón cruzó la carne del torero y, en ese cruce, cruzó también la respiración de Sevilla. Hule. Los toros te echan mano. Y ayer tocó esa desagradable cruz. Las cuadrillas lo llevaron en volandas, como se llevan a los heridos ilustres, con esa mezcla de urgencia y veneración. Se iba hacia la enfermería con evidentes gestos de dolor, y parecía que con él se iba también la tarde.
Quedó el toro en el ruedo, suelto, indescifrable, colándose aún por ese lado maldito, peleando feamente con el caballo, dejando en los tendidos un frío de piedra. Era el drama desnudo. Pero las corridas tienen una extraña condición: nunca se detienen para llorar.
Y salió Borja Jiménez. Antes, un gesto. La montera depositada junto a la puerta de la enfermería. No como adorno, sino como oración. Como si el ruedo, que acababa de ver caer a un dios pagano, necesitara una ofrenda.
Y entonces Borja Jiménez se fue al tercio, se arrodilló y empezó a torear. No parecía un quite del destino, sino una respuesta. Por la derecha, en redondo, con la firmeza de quien asume una responsabilidad superior a sí mismo. Había en él una gravedad nueva, una seriedad casi litúrgica. Sonó “Suspiros de España” y nunca una banda pareció entender tanto una escena. Porque aquello ya no era sólo lidiar un toro. Era sostener una tragedia.
Le dio aire al animal. Lo entendió. Lo fue sometiendo donde se podía, por la diestra, porque por el izquierdo seguía escondida la traición. Y empezó a crecer el toreo. Una serie. Luego otra. Y otra. Los oles, que habían quedado congelados por la cogida, regresaron como agua que rompe una presa. Toreo desmayado. Pases de pecho enormes, interminables, como si fueran dos en uno, como si cada remate quisiera cerrar la herida abierta minutos antes.
Por la izquierda, problemas. Por la derecha, sublimación. Tanda a tanda, como si Borja estuviera reconstruyendo la tarde sobre los escombros del espanto. Ole los toreros buenos. Porque hay tardes en que el valor no consiste sólo en ponerse delante del toro, sino en asumir el peso moral de lo que acaba de ocurrir. Y Borja lo asumió.
Cuadró al toro en la suerte contraria, justo en el mismo umbral de la Puerta del Príncipe, ese sitio donde en Sevilla los sueños se vuelven piedra o se desmoronan. Pinchó. Y parecía que el drama aún no estaba satisfecho. Porque en el segundo encuentro, cuando ya parecía buscarse el desenlace, el toro volvió a llevarse por delante al torero. De muy mala manera. Por el bajo vientre. Otra vez el horror. Otra vez la cornada rondando la tarde.
Pero esta vez el hombre se rehízo del topetazo, volvió sobre sí como quien regresa del borde de un abismo, y dejó una estocada entera, algo desprendida, sí, pero llena de verdad.
La vuelta al ruedo tuvo algo de reconocimiento y algo de duelo. Porque nadie ignoraba que aquella no había sido una faena cualquiera. Había sido una resistencia. Una manera de decir que el toreo sigue incluso cuando sangra.
La tarde terminó resbalando entre la sangre, el toreo grande y la mala suerte a la hora de matar. Porque, a veces, se sale a hombros, como hizo Borja, o por la calle Adriano en una ambulancia, que el toro llega con su pitón —que es una navaja— y manda al héroe a la enfermería. No para negar su grandeza. Sino para certificarla.






