Irene Montero, la actual pareja de Pablo Iglesias (no la Montero que Pablo confesó que «azotaría hasta que sangrara»), a través de un mensaje en las redes sociales ha querido «compartir con vosotras y con vosotros» su embarazo. Un mensaje cuyas líneas principales son las siguientes: «Pablo y yo hemos emprendido un camino que en los próximos meses revolverá nuestras emociones, transformará mi cuerpo y llenará nuestras vidas de belleza y algunas noches sin dormir. Estoy embarazada de casi 13 semanas, y dentro de mí crecen dos criaturas que, si todo va bien, nacerán entre septiembre y octubre. Somos inmensamente felices y afortunados de poder compartir este camino con sus abuelos y abuelas y con tod@s l@s amig@s que serán para ellos la mejor familia. Poco a poco aprendo que la maternidad es un proceso tan hermoso como intrincado… y por eso doy las gracias con todo mi corazón a las madres, amigas, compañeras que desde hace semanas hacen tribu (sic) conmigo, me dan su mano y comparten su escucha, sus vivencias y su experiencia… Mi cuerpo empieza ya a contarlo con sus propios cambios… Pablo es el mejor compañero para todos y cada uno de los días que vienen».
Tratándose de unos futuros padres que siempre han hecho gala de militar en un rabioso proabortismo, y dejando al margen la melosa cursilería progrepodemita de género que entrevera todo el mensaje de Irene, así como su inquebrantable
Pero en cualquier caso, lo verdaderamente preocupante y trascendente de este tema es comprobar una vez más, que donde hoy radica el derecho a vivir por el que transformamos al fruto de un embarazo en una gozosa criatura que se protegerá amorosamente durante la gestación, es en el mero deseo de la madre. El hijo deseado por la madre vivirá; mientras que aquel que en algún momento de la gestación resulte rechazado,





