Fue hace ya bastantes años, cuando al entrar en un bar del entorno del barrio de Santa Cruz y apoyarme en una barra extrañamente solitaria y limpísima, al pedir una cerveza me contestó el camarero secamente: «No. En la barra no servimos». Hacía calor y lo único que quería era tomarme una cerveza o dos, antes de regresar a casa, pero sin necesidad de sentarme en una mesa ni dedicarle al asunto más tiempo ni dinero.
La respuesta un tanto desabrida del camarero me llevó a considerar que algo estaba cambiando y que la atención centrada en ese turismo tan querido y necesario que ya se comenzaba a palpar, podía llevarse por delante algunas costumbres locales también muy queridas y necesarias.
Fue la primera señal para advertir que, si nos abandonábamos ante el envite turístico por el que tanto apostaba la ciudad y sus autoridades, podíamos perder algo más que las barras de algunos bares. Como así fue. Y hoy son cada vez más los establecimientos que ya apenas podemos pisar los sevillanos, salvo que lo hagamos en plan guiri.
Por eso tendríamos que agradecer, animar y hasta premiar a los propietarios de esos bares que, ubicados principalmente por el centro de la ciudad, aun resisten a la tentación de haberlos vendido, traspasado o transformado en otro negocio muy diferente de aquel al que nos acercábamos para tomarnos unas cervezas en la barra, sin más problema ni complicación y a un precio razonable.





