#LoMío
No busquen en este artículo los consabidos tópicos de corte patriótico sobre el Tenorio y las calabazas encendidas de corte anglosajón. Personalmente opino que la mezcla de disfraz, terror y golosinas es una obra maestra del marketing imposible de superar en esta época por un seductor de nuestro antiguo imperio ataviado con gola, florete y mallas. Los tiempos cambian que es una barbaridad y un ligón heterosexual vestido de tuno y con verbo ripioso tiene menos futuro hoy día que la simpar Karina. De hecho, dudo mucho que una obra como la de Zorrilla lograse pasar la actual censura social-feminista.
Pero si trasnochado y anacrónico nos puede parecer el héroe de verbo y bragueta fácil, no menos incongruente me parece a mí, debería ser la exaltación del crimen que nos proyecta la fiesta de la cucurbitácea ahuecada. La sangre impostada corre por los cuerpos disfrazados acompañada de toda la suerte de herramientas y útiles para el homicidio: cuchillos, hachas, motosierras… Es un culto al feísmo y al horror que hemos trasladado a nuestra infantería, precisamente cuando mas alejados los tenemos de cualquier tarea que no sea hedonismo y bienestar.
La trivialización de la violencia (machista o no) tiene esta tregua por un día cuando el resto del año es lo más perseguido desde todos los foros sociales. Encima estos días asistimos al espantoso crimen de un psicópata de verdad en plena fiesta sanguinolenta. Por si fuera poco, sobre un niño que disfrutaba inocentemente de este carnaval del espanto. Y es que, en Lardero, el asesino era el único que no iba disfrazado porque el mal no necesita máscaras, casquería ni fiestas que lo ensalcen; está ahí, en la calle y en los corazones podridos de quien menos sospechamos. Llámenme lo que quieran, pero yo me quedo con el calenturiento señorito, que si de algo hay que morir que sea de amor o de un infarto pasional.





