El pasado el día 17 de enero leí con sorpresa y desagrado en “El Mundo” la entrevista que Pedro Simón hizo “in articulo mortis” al destacado defensor de los derechos humanos, Luis Acebal Monfort, quien, horas más tarde de ese mismo día, fue objeto pasivo de la eutanasia y murió voluntariamente, al recibir una mortal dosis de curare. Padecía un cáncer de vejiga e insuficiencia renal y, el 28 de noviembre de 2024, solicitó a su médica de cabecera que le practicara la eutanasia, porque -según declaró- estaba muy limitado físicamente y no había razón para seguir viviendo. Las autoridades médicas competentes accedieron a su petición, de conformidad con la Ley Orgánica 3/2001 que regula la eutanasia, definida como la “acción por la que un profesional sanitario pone fin a la vida de un paciente de manera deliberada y a petición de éste, cuando se produce, dentro de un contexto eutanásico, por causa de padecimiento grave, crónico e imposibilitante, o enfermedad grave e incurable, causantes de un sufrimiento intolerable”. Soy suscriptor del periódico, con cuya línea editorial suelo coincidir, pero discrepo en esta ocasión del tenor del citado artículo, que justifica la eutanasia.
Biografía de Luis Acebal
No conocí a Luis Acebal, aunque sí a su hermano José Antonio, compañero en la carrera diplomática, que fue embajador en Arabia Saudita y en Venezuela. Por lo que he leído en los medios de comunicación, el “eutanasiado” tenía un “currículum vitae” impresionante, original y variado. El último de cuatro hermanos, nació en 1937 en Madrid en el seno de una familia muy católica. Empezó a estudiar Derecho por libre en la Universidad de Oviedo y decidió ingresar en la Compañía de Jesús. Se licenció en Filosofía y Teología en las universidades de Comillas y de Salamanca, y en las de Lovaina y Munich, obteniendo las más altas calificaciones.
En una entrevista que le hizo su amiga Patricia Simón en la revista “La Marea”, Acebal le explicó por qué se había hecho jesuita y por qué dejó de serlo. Se hizo sacerdote para huir de un padre dominador -que llegó a prohibirle que ingresara en los jesuitas- y porque creía en el cristianismo. Estuvo un periodo de tiempo de profesor en el seminario de Comillas, y hubo un momento en que se sintió como una especie de monigote sagrado y objeto de santidad, y no se sentía cómodo formando parte del Estado Mayor de la Compañía. La visión que tenía de la Iglesia desde dentro le hacía desconfiar de los clérigos, dado que todas las religiones estaban corrompidas por ellos, y llegó poco a poco a la conclusión de que no se encontraba a gusto allí. En enero de 1973 se fue de la casa comunal y 6 meses después solicitó la reducción al estado laical, que le fue concedida por la Santa Sede.
No solo salió de los jesuitas, sino también de la Iglesia e incluso de la religión católica, pues se declaró no creyente y llegó a afirmar que “soy ateo, aunque reconozca la figura de Jesús como maestro de la Historia. No creo en Dios, que es un invento de San Pablo”. Semejante “boutade” carecía del rigor intelectual del que él tanto se preciaba. Supongo que para llegar al sacerdocio tuvo que estudiar la Biblia y de su lectura, por superficial que fuera, cabía deducir que la creencia en un Dios único era muy anterior a San Pablo. A partir de ese momento, fue consecuente con sus ideas porque, sí había dejado de creer en Dios, la vida ya no tenía sentido y podía ser eliminada de raíz, como un tumor o una verruga, por voluntad propia.
Se decidió a entrar en política para contribuir a traer a España la democracia. Fue cofundador de la Junta Democrática y de la Federación de Partidos Socialistas y sufrió encarcelamiento en la prisión de Carabanchel, junto con la comuna comunista liderada por Marcelino Camacho3. Fue fundador y presidente de la Asociación pro Derechos Humanos de España, la primera ONG de este tipo. También se licenció en periodismo y fundó junto con Patricia Simón el programa radiofónico “Periodismo humano”. Según su colaboradora, Acebal se convirtió en referente ético para una multitud de hombres y mujeres que “aprendimos a ser mejores seres humanos siendo testigos de su ilimitada generosidad, de su hondura espiritual, de su insondable sabiduría, de su eléctrica pasión por el conocimiento y por su elevado sentido del humor”. Como él mismo afirmó, “siempre me movió la ética del trabajo. He trabajado en la empresa pública, en ONG, y en Derechos Humanos, he dado clases en todas las universidades de Madrid, y estudiado mucho, y lo he pasado bomba”.
En 1982 se casó con la filóloga alemana Silvia Schmitz, que había sido su profesora en el Goethe Institut, y vivió con ella una venturosa vida de amor y comprensión mutua. Como decía, la vida no puede más que compartirla porque, si no, no hay modo de vivirla. A su muerte en 2022, Acebal quedó muy afectado. Tenía muy mala opinión de la vejez, de la que decía que era muy dura. Era terrible ver que había gente que envejecía mal y se iba estropeando humanamente. Cambiaban sus valores, se volvían amargos, se encasquillaban y no aprendían nada. Yo, que tengo los mismos 88 años que él tenía, no puedo estar más en desacuerdo con esta opinión. Antes al contrario, creo que, a pesar el evidente deterioro físico que se produce, la vejez es como una segunda juventud, siempre que se consiga mantener activas las neuronas. Hay un aforismo francés que reza “si jeunesse savait, si vieillesse pouvait » -« Si la juventud supiera, si la vejez pudiera». En este período de la vida, las personas de edad avanzada saben más por su experiencia que las generaciones más jóvenes, disponen de más tiempo y -gracias a los adelantos de las ciencias médicas- pueden llevar a cabo una serie de actividades -por supuesto a un ritmo más “maestoso”-, que los antecesores de nuestra edad podían realizar. Podemos seguir siendo creativos y, sobre todo, trasladar nuestros conocimientos y nuestras experiencias a los más jóvenes, procurando restablecer un diálogo intergeneracional creativo, que desgraciadamente está desapareciendo.
La relación de Acebal con la muerte era muy tranquila, no le tenía miedo y era para él una experiencia de libertad. Sin embargo, comentó que le fastidiaría dejar este mundo antes de haber terminado el libro biográfico que estaba preparando. El 13 de noviembre de 2024 concluyó su obra “De sacerdote a ciudadano: Un relato personal”, que fue una especie de testamento en el que relataba su enriquecedora experiencia personal y social. El libro fue presentado en olor de multitud y su autor recogió los encendidos elogios de sus muchos admiradores. Como resumió Patricia Simón, Acebal había vivido siendo un ejemplo de entereza y de dignidad, y tituló su crónica “Luis Acebal, el hombre que murió como vivió: digno y libre”. Una vez que dejó plasmado su testimonio, el autor se preparó para mal morir.
Muerte de Luis Acebal
Pedro Simón inició su artículo-entrevista de forma un tanto melodramática: “A las 15:00 horas de la tarde el día de hoy, el protagonista de este reportaje morirá. […] Esta es la historia de un hombre al que felizmente no le quedan nada más que 8 horas de vida. Si el lector se pone a leer estas líneas por la tarde, ésta es la historia de un hombre que acaba de fallecer o que a lo mejor se está muriendo en este mismo instante, quién sabe si cuando usted apura un café de sobremesa. Escribimos ’a lo mejor se está muriendo’, y no ‘a lo peor’, porque la suya es una muerte elegida, deseada, solicitada esperada y liberadora; la eutanasia que el teólogo y filósofo madrileño solicitó a su médica de cabecera en su barrio noble de Madrid el pasado 28 de noviembre le será practicada hoy mismo a las 15:00 horas”.
Preguntado sobre por qué había tomado semejante decisión, Acebal respondió que “porque mi vida está cumplida y he hecho todo lo que tenía que hacer. Estoy muy debilitado físicamente y no hay razón para seguir viviendo. Me siento enjaulado en mi cuerpo, necesito ayuda para casi todo, llevo meses sin salir a la calle, 11 operaciones… ¿para qué sirve esto? No sirve para nada […] Estoy muy bien de ánimo. La muerte es una experiencia nueva. Yo distingo entre morir y morirse… y yo he elegido morir. Para mí será una experiencia de libertad”. Y a Pedro Simón le dijo que “he pedido la eutanasia porque ya no puedo cumplir con las dos éticas que han guiado mi vida: la ética del trabajo y la ética del cuidado. Ya no puedo aportar nada que contribuya a la sociedad y que, por tanto, cuide, se ocupe y preocupe de la humanidad. Toca volar […] Si yo estuviese bien, no querría morir, pero estando así, es algo que tengo que hacer”.
Acebal incurre en algunas contradicciones. Dice que no tiene nada que aportar a la sociedad, pero muchas personas han declarado que él ha sido un factor especial que ha influido de forma esencial en sus vidas, por lo que cabe concluir que sigue siéndolo. Como ha señalado Patricia Simón, “quienes lo quisimos y admiramos, nos sentimos profundamente agradecidos por haber podido aprender, compartir, reír y reflexionar con una persona que representaba el amor al prójimo en su sentido más pleno, revolucionario y radical”. Existen muchas personas para quién el filósofo seguía siendo un motivo de inspiración y ahora han quedado huérfanas de su tutela por una actitud egoísta. Ha dado la impresión de que hubiera como un “fatum” inexorable que le obligaba a quitarse la vida, cuando todo dependía de su omnímoda voluntad. Ahí os quedáis solos, queridos discípulos, que yo abandonó porque no puedo tolerar el sufrimiento. Lo tenía todo planeado hasta el más mínimo detalle, como cuando dijo con un cierto humor negro que había que pensar en los demás. “Si lo he dispuesto todo para el viernes es para que a los amigos les pille el tanatorio en fin de semana. Me hace ilusión que puedan estar tranquilos velándome y que se echen una lagrimita si hace falta”.
Crítica a la eutanasia por motivos religiosos
En su encíclica “Evangelium vitae”, San Juan Pablo II definía la eutanasia como “la acción u omisión por su naturaleza e intencionadamente causa la muerte con el fin de eliminar el dolor”. Destacaba que todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien podía llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmaba que “el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”. Como señaló el Concilio Vaticano II, “todo lo que se opone a la vida -como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario […] son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia, y son totalmente contrarios al honor debido al Creador”. El Papa comentaba que si era muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante era el hecho de que a la conciencia misma le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana. En una actitud prometeica, el hombre se cree señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas, cuando en realidad es derrotado y aplastado por una muerte cerrada irremediablemente a toda perspectiva de sentido y esperanza. “Encontramos una trágica expresión de todo esto en la difusión de la eutanasia encubierta y subrepticia, practicada abiertamente e incluso legalizada”. Estas prácticas han pasado de tener carácter de “delito” a ser asumidas paradójicamente como ”derecho”, hasta el punto de perder con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de agentes sanitarios. Estamos frente a una realidad que cabe considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado “caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera cultura de muerte”.
El Papa Francisco ha reafirmado el valor inviolable de la vida, que es “una verdad básica de la ley natural y un fundamento esencial del ordenamiento jurídico”. La vida humana no es concebida como un valor primario que hay que respetar, cuidar y proteger, sino como un instrumento de lucro en favor de la economía y del consumo. Entran en el concepto de “descartables», ancianos, enfermos graves discapacitados y no nacidos. Se debe evitar la tentación de apoyar una posible voluntad de morir del paciente facilitando su suicidio o causando directamente su muerte. Son formas apresuradas de tratar opciones que se presentan como expresiones de la libertad de la persona, cuando lo que encubre es el descarte del enfermo como una posibilidad o la falsa compasión ante su petición de que se le ayude a anticipar su muerte. “No existe el derecho a disponer arbitrariamente de la propia vida, por lo que ningún médico puede convertirse en tutor compasivo de un derecho inexistente”. La eutanasia es una derrota para todos y la respuesta que debemos dar es la de no abandonar nunca a los que sufren, a no rendirnos jamás, y a cuidar y amar al paciente para darle esperanza.
La Conferencia Episcopal ha glosado el adagio médico de que la medicina “debe curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre”, a lo que cabría añadir el “no matar nunca”. Para afrontar el sufrimiento hay otros medios, tales como aliviar las molestias, controlar el dolor, consolar al paciente o mejorar su situación vital. Los enfermos tienen derecho a no sufrir inútilmente y a recibir tratamientos paliativos aunque recorten su vida, a que no se prolonguen las terapias de forma innecesaria, y a eludir el encarnizamiento y la obstinación terapéutica. Como ha señalado el documento pontificio “Samaritanus bonus”, la miseria más grande es la falta de esperanza ante la muerte. La compasión humana no consiste en provocar la muerte del enfermo, sino en acogerlo, sostenerlo en las dificultades, y ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento. Ningún ser humano pierde la dignidad por sufrir.
En una declaración conjunta de las Religiones Monoteístas Abrahámicas de 2019, se afirmaba que el cuidado de los moribundos representaba una forma de asumir con responsabilidad el don divino de la vida, cuando ya no era posible tratamiento alguno, y mostraba la responsabilidad humana y ética con las personas que sufren ante la muerte inminente. “El cuidado respetuoso de la persona debe reconocer como objetivo fundamental la dimensión específicamente humana, espiritual y religiosa de la muerte”. En consecuencia, se oponía a cualquier forma de eutanasia, por contradecir fundamentalmente el valor inalienable de la vida humana.
El arzobispo de Burgos, Mario Iceta -qué es doctor en Teología y en Medicina- ha afirmado que la práctica eutanásica contradice la razón de ser de la Medicina, que siempre ha consistido en curar, aliviar, acompañar y consolar, pero ahora los “progresistas” han introducido un nuevo objetivo: eliminar la vida del paciente. Las razones esgrimidas para abanderar la eutanasia son de tipo ideológico y no médico.
Crítica a la eutanasia por motivos éticos
La Ley Orgánica de regulación de la eutanasia tiene una evidente motivación ideológica, que -aunque afecte a las confesiones religiosas- trasciende el factor religioso porque tiene un trasfondo ético, ya que afecta a los derechos y libertades de la persona y a su dignidad como ser humano. El tema viene siendo debatido desde antes de que nacieran el cristianismo o el islamismo, y ya en el siglo V a.C., el médico griego Hipócrates pronunció su famoso juramento, por el que se comprometía a no acceder a las pretensiones que buscaran la administración de venenos o de pesarios abortivos a las mujeres. El juramento hipocrático fue asumido por la clase médica y por las Facultades de Medicina de todo el mundo, y fue reformulado en el sentido de apartar de los enfermos cualquier daño o injusticia y jamás darles medicamentos letales por mucho que lo solicitaran. Su última revisión fue la adoptada en 1946 en la Declaración de Ginebra, por la que los médicos se comprometían a tener sumo respeto por la vida humana desde el instante mismo de la concepción hasta la muerte, y a no utilizar los conocimientos médicos para contravenir las leyes de la humanidad.
El rechazo de la eutanasia se funda en un principio básico que se encuentra, no solo en los textos sagrados de las distintas religiones, sino también en los códigos éticos mundiales: el de ” no matarás”. Es un acto contrario a la ética porque se elige mal al suprimir la vida, que siempre un bien en sí misma. La tendencia al bien persiste al ser algo inscrito en la profundidad de la conciencia del ser humano y es una decisión externa la que induce a la persona que la practica a escoger libre y voluntariamente el mal. La práctica de la eutanasia se produce por una ofuscación de la sensibilidad de ética. Lo más grave de esta tesis es que con la eutanasia se abre un portillo en la muralla de la defensa de la vida. Parte de una compasión mal entendida, que pretende beneficiar al paciente que sufre y considera normal y aceptable un procedimiento para poner fin a la vida de una persona. Prueba de que se trata de una práctica muy minoritaria es que la eutanasia solo ha sido legalizada en siete países: Bélgica, Canadá, Colombia, Luxemburgo, Países Bajos, Nueva Zelanda y España.
La principal inductora de la Ley -que fue aprobada en el Congreso por 198 votos a favor, 138 en contra y 2 abstenciones- fue la ex ministra de Sanidad, María Luisa Carcedo, quien afirmó que la eutanasia sería “un instrumento al servicio de un proyecto humanizado, un derecho que nos hará más libres”. Sin embargo -cómo editorializó “El Mundo” tras la adopción de la Ley, “una bancada en pie aplaudiendo la despenalización de la eutanasia como si se tratara de un triunfo incontestable, mueve antes a la inquietud que al orgullo, porque, por primera vez en nuestro ordenamiento, la vida deja de ser un bien jurídico supremo y admite su desdoblamiento entre digna e indigna”.
Los partidarios de la eutanasia apoyan su tesis en el argumento de la lucha contra el sufrimiento insoportable y el ejercicio de la compasión clínica, la necesidad de una muerte digna y la autonomía de la voluntad del paciente. El sufrimiento se ha banalizado y considerado con un mal absoluto que hay que eliminar a toda costa. La huida del dolor y del sufrimiento se convierte en un valor supremo, que supone la negación de la realidad y causa deshumanización y frustración vital. El sufrimiento es estimado como negativo, indeseable y contrario a la dignidad humana. Como ha observado José Manuel Cansino, se festeja la eutanasia como un triunfo sobre el sufrimiento. El dolor es desagradable, pero nadie es ajeno al sufrimiento, que es una realidad inherente a la condición humana y un reto al que hay que enfrentarse, asumirlo y sublimarlo. En el ambiente cultural reinante, no existe una visión espiritual que ayude a comprender positivamente el misterio del dolor. Los partidarios de la eutanasia mantienen que el sufrimiento supone una vida indigna y que la muerte asistida es la mejor manera de superarlo. La calidad de la vida vale más que la vida misma, que -cuando se dan determinadas circunstancias- no merece la pena ser vivida. La eutanasia, que tiene como objetivo facilitar la muerte con el fin de eliminar el dolor, no aporta soluciones a la persona que sufre. Nadie -ni médico, juez o funcionario, ni el propio paciente- pueden decidir que una persona no tenga derecho a vivir y deba morir para conservar su dignidad. Ningún ser humano pierde su dignidad por sufrir. Hay que eliminar el sufrimiento y no a los que sufren.
El Comité de Bioética de España ha señalado que la eutanasia no es un derecho, ni un signo de progreso, sino de regresión. Su legalización supone una vía devastadora contra la protección de la vida humana. Podrá ser formalmente derecho positivo, porque así lo haya reconocido las Cortes, pero no es un derecho legítimo, al estar en contra del Derecho Natural, que está impreso en la conciencia de todos los ciudadanos. El Gobierno español ha tergiversado el mensaje de Jesucristo de que “la verdad os hará libres” (Juan 8/3) y lo ha sustituido por el de “la muerte os hará libres”. La Madre Teresa de Calcuta decía que “la vida es belleza, admírala. La vida es vida, defiéndela”. Mientras haya vida, hay esperanza, pero si no hay esperanza, no hay vida. Según Pedro Simón, en su lamentable crónica justificadora de la eutanasia, Acebal consiguió la paz al fin, pero se trata de la paz de los cementerios. No soy yo quién para juzgar su conducta, sino que será Dios el que lo haga en su infinita misericordia. Desde un punto de vista humano, solo me cabe decir que el filósofo ha tenido sin duda una vida brillante, pero una muerte muy poco edificante y ejemplar.





