El enorme sinsentido de la palabra “Ciencia” elevada a objeto de dogmatismo (“Está científicamente demostrado”, se oye enunciar, de manera solemne, refiriéndose a esto o aquello – por ejemplo, al “cambio climático”- como sentando cátedra, y prohibiendo el menor atisbo de réplica), es algo que lleva cociéndose muchos, muchos años… Muchas personas observadoras ya lo advertían en el siglo XX.
Un destacado profesor de Historia (Carlos Alvarez Santaló, que a algunos nos disgustaba un poco por su visión cínico-escéptica tan altiva, pero que ciertamente hacía observaciones atinadas) comentó una vez, con su habitual estilo despectivo, el nuevo aire de algo tan típico de aquellos años como los anuncios televisivos de detergentes… “Hace unos años, salía una buena ama de casa explicando que su ropa se quedaba más blanca que ninguna; pues muy bien. Pero hoy eso no basta: hoy salen afirmando que el laboratorio tal ha comprobado científicamente que la ropa se queda, con ese detergente, mejor que con ningún otro”. Habrá que ver el laboratorio… pero ya popularmente el anuncio suena mejor así. De aquellos años data otro anuncio que decía comprobar la eficacia de diversos pañales infantiles al parecer en plena mesa notarial – de creer las letras “comprobado ante notario” que salían abajo. El “comprobado científicamente, o testificado ante notario” había pasado a ser un eslogan popular de atracción de masas.
Años más tarde, un notable profesor de Bellas Artes, Alfonso Pleguezuelo, gran experto en cerámica, éste sin mezcla de cinismo alguno, sino con un sincero afán de explicar y explicarse las cosas, en clase de Teoría del Arte, hablaba de tres vías tradicionales con las que el hombre trataba de entender el misterio de la vida: serían la vía de la religión, la del arte y la de la ciencia. Pero justo cada vez más esta última, la “Ciencia”, trataba de absorber las otras dos, y así contamos con Facultades de Arte y de Teología, y exámenes… es decir, metiendo estas dos primeras vías por los canales de la última: el mundo académico, con asignaturas, exámenes, calificaciones cuantificables… Todo parece entrar por los cauces de “la Ciencia”. Con esto desaparece la esencia de las respuestas que hubiera cabido encontrar por vía de la fe, o por la vía del arte.
(Si profundizamos en esto, no acabamos nunca… El Cardenal Ratzinger escribía “Si nos empeñamos en reducir las realidades humanas a lo cuantificable, bueno, a lo mejor se puede hacer, pero a costa de una tremenda pérdida de verdad”) No profundicemos, vayamos simplemente un poco por encima, en este curioso proceso de dogmatización de la palabra “Ciencia”.
Aquí habrá que recordar a Ortega y Gasset, y su ensayo, de hace ya casi un siglo, titulado “Ideas y creencias”, en el cual advertía de lo que él llamaba “el uso credencial de las ideas”. Lo que nació como idea de un pensador pasaba a ser “creído”, automática y dogmáticamente, por miles de personas que ni por asomo habían seguido el mismo proceso razonador; simplemente se adherían a la nueva idea con fe ciega… pero eso sí, creyendo que era cosa “científica y comprobada” (con mucha menos humildad que el que cree en la Inmaculada Concepción, pues este último admite que lo hace por dogma; no se obstina en machacar que “está científicamente comprobado”).
En fin, luego ya en nuestra pasado más reciente, con el episodio de la pandemia, los medicamentos, etc, la cosa llegó al extremo, ya con miles de voces repitiendo sin rubor la paradójica frase: “Yo creo en la Ciencia”, afirmación que vuelve del revés toda la historia de Occidente. Aceptar algo que nos imponen sin razonamiento alguno “porque lo dice la Ciencia” es la cosa más anti-científica que hay. La Ciencia per se es comprobación, rectificación, debate, duda… Adherirse ciegamente a un concepto o idea “porque lo dice la Ciencia”, y por ende ya no adherirse sino querer imponerlo al resto del mundo de manera tajante y sin admitir réplica, y sin que nadie tenga la menor posibilidad de comprobación propia, sino que debe “creerlo” porque lo dice “la ciencia”… en fin, eso es el colmo de lo grotesco, pero por desgracia es nuestro día a día habitual.
Tan habitual que ya ni lo comentaríamos.
Pero resulta que un día fortuitamente aparece en las pantallas un canal defendiendo, ¡oh!, la causa del cristianismo, y la entrevistada apologeta, con serio ardor, con el aplomo que da la seguridad de la incuestionable razón de sus argumentos, de manera tajante y solemne, sentencia “Y esa sangre fue analizada por tres laboratorios independientes, y los tres, sin saber el uno del otro, dijeron lo mismo, que esa sangre es del siglo I, y que además esa sangre… y además el grupo sanguíneo…”.
De manera que ahora los apologetas pretenden que quien no creyó en la Palabra trasmitida por la Iglesia durante siglos, quien quedó indiferente ante el testimonio de los mártires y la belleza de las catedrales, ahora pase a creer en Jesucristo porque, en la pantalla de su móvil, alguien le aparece diciendo que “tres laboratorios independientes” han dictaminado que tal resto de sangre es de tal época.
Pero si un ciudadano se cree a esa persona a pies juntillas (alguien sin la menor autoridad moral y que no aporta la menor prueba, sólo impone su estribillo mágico de “científicamente comprobado”)… entonces dicho ciudadano está haciendo un acto de fe.
¡Qué tristeza, que el acto de fe no ocurra a través de otros testimonios humanamente grandes… sino que se deba al estribillo mágico! De manera que no hay que creer el Evangelio de San Juan, transmitido y copiado a mano durante siglos, ni hay que inmutarse por los que dieron su vida y su sangre. Hay que rendirse ante la misma coletilla que emplean los que a todas horas nos prohíben y multan, los que cubren los campos de paneles negros, los que nos obligan a usar pantallas en vez de papel… “es que lo dice la ciencia”.
Y además, ¿qué es “un laboratorio independiente”? ¿independiente de qué? ¿cuáles son, por qué no das sus nombres? ¿qué técnica de datación han empleado, desde cuándo se utiliza? ¿quién les ha llevado las muestras, son personas de vida santa e irreprochable? Ah no; en este culto mágico a “la ciencia”, no se dan nombres ni explicaciones, no se expone el desarrollo de hipótesis alguna (eso sería lo científico). Si Ortega hablaba del “uso credencial de las ideas”, ahora tendríamos que referirnos al “uso mágico de la palabra Ciencia”. De igual modo, “comprobado ante notario”, ¿qué carga de verdad le añade a algo? El notario coloca un sello ante unos papeles y cobra por ello; semejante trámite puede cumplir una cierta función en nuestra sociedad, pero si ya es grotesco recurrir a él para anunciar unos pañales, mucho más para utilizarlo como “prueba” de que existe lo trascendente. Ni el laboratorio ni la notaría pintan nada ante las realidades últimas. No les pidamos respuesta ante el abismo de la muerte y el más allá.
Es triste “criticar” a apologetas con los que al parecer una comparte la fe, y que suponemos cargados de buena intención. Pero para los que ya tienen fe, esos discursos dan tristeza, degradan, achican el horizonte, introducen mezquindad y sordidez (no, no quiero saber el “grupo sanguíneo” de santo alguno). En vez de mirar más alto, insisten en lo visceral.
Mejor sería que leyeran por ejemplo a San Bernardo. Sus palabras de hace mil años resuenan con mucho más poder de convicción. “¿Y por qué creo en la Virginidad de María? Pues.. – y tras muchos argumentos, añade, ya como cosa definitiva – porque miles y miles de hombre y mujeres, de ancianos y jóvenes y niños, se dejaron martirizar antes que dejar de afirmar esta verdad”. Hay cosas que se comprenden por otra vía. Hay realidades a las que ni siquiera la verdadera ciencia llega (mucho menos los estribillos mágicos de “lo ha dicho un laboratorio”).





