Una de las recomendaciones que les hago a los jóvenes a los que me dirijo en mis visitas a colegios e institutos con charlas de orientación y motivación, es que no demoren la obtención de la titulación del B1, o mejor B2, en idiomas, y, a ser posible, que dediquen el verano en que terminan el bachillerato a conseguir el carné de conducir.
Me mueve a ello el plus que suponía tradicionalmente en un currículum vitae el disponer de permiso de conducir y, no digamos, de vehículo propio, pero, sobre todo, el aprovechamiento del verano de una forma productiva, como estación intermedia entre dos cursos: “No es un gasto, es una inversión, que os puede facilitar el acceso al mundo laboral y que os va a conceder cierta autonomía”, les digo.
La realidad es que la situación ha cambiado una barbaridad con respecto a décadas anteriores, sin olvidar que hay un antes y un después de la pandemia: las pruebas se paralizaron durante meses, lo que llevó a que la consecución de este permiso se convirtiera en una auténtica yincana para todo aquel que quiera conseguirlo y disponga de financiación para afrontarlo, ya que el precio de las tasas, el material teórico y, sobre todo, el gran número de clases prácticas necesarias para alcanzar el nivel exigido, hacen que el coste total sea considerable.
De entrada, la falta de una lectura comprensiva por parte del aspirante, origina dificultad para entender la jerga del Tráfico rodado, y ello conlleva respuestas automáticas en el examen teórico por no leer completamente el enunciado, o confundir términos específicos de la normativa, sin olvidarnos de la poca práctica de los jóvenes en memorizar. Antes los niños iban pendiente de la carretera con sus padres, ahora no levantan la vista del teléfono móvil o de la tablet en los trayectos.
Si nos centramos en las dificultades logísticas y administrativas, nos encontraremos con un colapso para poder examinarse. En efecto, la falta de examinadores de la Dirección General de Tráfico (DGT) y el alto número de suspensos, provocan largas listas de espera para presentarse a las pruebas, lo que puede alargar significativamente el proceso. El Ministerio del Interior cuenta con 875 examinadores en España para atender a más de un millón de aspirantes cada año, y un examinador no puede realizar más de 12 pruebas al día, frente a las 16 de hace una década. En nuestro país, la espera puede alargarse de dos a seis meses, según el centro de exámenes. El atasco se agrava precisamente en verano, cuando los examinadores se van de vacaciones y miles de jóvenes aprovechan el parón académico para sacarse el carné.
Cuando llega el examen práctico ha pasado mucho tiempo desde la última clase, el alumno pierde soltura y la autoescuela le sugiere dar más clases, lo que es visto por el aspirante como una pieza más del negocio. Es un hecho contrastado que el porcentaje de suspensos ha aumentado en los últimos años, en parte por el mayor nivel de exigencia, en parte por el largo parón entre clases y prueba. Entre las causas de suspender la prueba real se encuentran:
- Faltas de Observación: no mirar o no hacerlo de forma visible (moviendo la cabeza) por retrovisores y ángulos muertos (observación directa), especialmente al incorporarse o cambiar de carril.
- Gestión de Maniobras: fallos en la preparación previa (ajuste incorrecto de asiento y espejos, no abrocharse el cinturón), lo cual puede ser eliminatorio de forma inmediata.
- Aplicación Incorrecta de Normas: no ejecutar correctamente las señales (por ejemplo, no detenerse completamente en un STOP aunque no venga nadie, o dudar en un Ceda el Paso).
- Manejo del Vehículo: dificultad para coordinar los pedales (embrague-acelerador) y el correcto uso del cambio de marchas.
- Inseguridad/Nervios: maniobras bruscas, falta de tranquilidad en situaciones complejas como rotondas o estacionamientos, y la presión del examinador, pueden llevar a cometer fallos leves que se acumulan o, directamente, eliminatorios (considerados de peligro u obstáculo grave)
No es un problema solo de España. En Alemania no llegan a la mitad los aspirantes que aprueban el examen teórico (en Francia se quedan en el 59 %), y el coste medio de sacarse el carné está en torno a los 3.000 euros, y en Croacia solo dos de cada diez aprueban a la primera. En Inglaterra existe un mercado negro de citas para el examen (en España las citas las gestiona directamente la DGT y solo pueden reservarlas las autoescuelas.) En Portugal la Administración Pública subcontrata a empresas privadas con examinadores externos acreditados.
Conducir por ciudad no es lo mismo ahora que hace unas décadas. Aparcar en una vía pública se ha convertido en una prueba de paciencia. Todo ello, unido a las mejoras en el transporte público y el auge de los BlaBlaCar hace que cada vez más jóvenes se replanteen la obtención del permiso de conducir como una yinkana que puede esperar.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





