Nunca pensé que un día, para que nuestra democracia sobreviva, fuese necesario que el legislador tuviera que pasar por el banquillo. Me explico.
Todo empezó a torcerse cuando –ya para muchos años- no juzgaba la justicia sino los jueces. La justicia, esa señora con los ojos vendados (no para que le metan mano en un juego erótico, como ahora parece) y el fiel de la balanza en perfecto equilibrio, siempre fue eso, la justicia, una instancia seria, impersonal, que casi rozaba la entelequia, que solo tenía ojos para ver los hechos tal cual habían sucedido, sin importarle los sujetos activos ni las circunstancias, excepto aquellas que en derecho positivo modifican la responsabilidad criminal, sin que, muy importante, supiéramos quién llevaba a cabo el acto decisorio del enjuiciamiento propiamente dicho. Juzgaba el juzgado de instrucción numero tal o cual, la audiencia tal o cual, o el tribunal este o aquel. Pero, como decía, la cosa se torció cuando juzgaban jueces con nombres y apellidos, a los que se les podía preguntar y tocar con la mano y a los que se podía “tentar” (bueno, supongo que como humanos que son, siempre los habrá habido). Empezó a hablarse de ellos como piezas complementarias de las revistas del corazón y los platós de televisión, y en los telediarios y en las emisoras de radio con un sinfín de contertulios: fulanito se casa con menganita, menganita con fulanito, este se separa, aquel se junta, se le hacen entrevistas -¡horror!- que es cuando los jueces empiezan a hablar no únicamente a través de providencias, autos y sentencias sino con opiniones personales, impresiones generales, declaraciones ad hoc. Caímos en lo que se dio en llamar jueces estrella, algunos de los cuales fueron expulsados de la carrera judicial por perpetrar el peor delito que un juez puede cometer, la prevaricación (que rima con garzón).
No contentos con haber empujado a la justicia a tener nombres y apellidos, desde hace cinco o seis años hemos hecho lo mismo, pero con una institución más lejana, si cabe, respecto al ciudadano: el legislador. ¿Quién conoció alguna vez al legislador? ¿Quién lo vio andar por la calle y pararse ante los periodistas –mullidores pagados de algunas desvergüenzas- y dejar que le preguntaran? Hoy, el legislador, sin recato ni complejos, no solo tiene nombre y apellidos sino que puede pasar de un poder a otro –seguimos hablando de los tres del estado de derecho- cuando le plazca, lo mismo hoy eres ministro de justicia como magistrado del TC mañana, o eres ministro al mismo tiempo que redactas –porque te sale de las entretelas- una ley a tu imagen y capricho, lo mismo hoy eres fiscal general del estado y mañana presidente del TC, o ministra de justicia y dentro de un rato fiscal general del estado, o presidente del tribunal de garantías por la mañana y legislador a tiempo parcial por la tarde.
Hoy, la camarilla entera de la banda de Sánchez se aferra a la defensa de la voluntad del legislador para inferirle su sentido más auténtico y tradicional, un poder independiente, sabio y soberano, pero lamentablemente la voluntad del legislador está contaminada por la necesidad de unos pocos con nombres y apellidos, unos porque no quieren irse (de la Moncloa), otros porque quieren volver (a España), algunos más porque quieren dejar de recoger las nueces y ser también los que dan palos al árbol. La citada camarilla no ceja en explicar que las leyes son así “porque es la voluntad del legislador…”, cuando deberían decir que algunas leyes son así “porque es nuestra voluntad…”, o, mejor dicho, la voluntad de Sánchez, o la de Puigdemont o la voluntad de fulanito o la de mi prima la de Cuenca. Y lo dicen adornándolo todo con el pretencioso alegato del natural y necesario sometimiento de todos –jueces incluidos- a la soberanía popular, la del Congreso de los diputados, donde los bastardos intereses de más de veinte grupúsculos antisistema son mayoría. Por supuesto, nada de Senado, pero ¡qué es eso del Senado donde, además, tiene la mayoría absoluta la ultraderecha del PP! Escuchamos legislador y echamos a correr presos del pánico o nos caemos al suelo muertos de risa. Eso es hoy el legislador, una broma que nos puede dar risa, pero también nos tiene que dar miedo.
A tal punto hemos llegado, desde que la línea de separación de los tres poderes del estado es difusa como una mañana de otoño húmedo, que podemos preguntarnos: ¿Quién mató al legislador? El ejecutivo, señor. Y es él, ahora, el ofendido ejecutivo, en boca de sus miembros, quien da lecciones de ortodoxia política y jurídica y ética, aduciendo con vehemencia que lo que está ocurriendo con algunas leyes y algunas sentencias es y está en la voluntad del legislador. Pero, claro, el problema es lo que apuntábamos antes, que el legislador tiene nombres y apellidos, los tuvo con la ley del sí es sí –a ver qué juez tiene valor para aplicar lo contrario (advertían)- y los tiene ahora con la ley de amnistía y la sentencia de los ERE de Andalucía -¡a ver qué juez tiene cojones de no seguir la voluntad del legislador, es decir, la voluntad de los siete escaños de Puigdemont, sostenida por Sánchez y aseada por el nada cándido Conde-Pumpido, eficaz coche escoba de todo este desbarajuste político, jurídico y jurisdiccional!
El grado de perversión democrática ha llegado a tal extremo que el legislador se ha visto íntimamente relacionado por igual tanto con el banco azul como con el banquillo. Nunca creí que el legislador –un término respetable y respetado como parte importantísima de las fuentes de nuestro ordenamiento jurídico- hubiera que buscarlo, en estos últimos años, en el banquillo de los incesantes enjuiciamientos penales, porque de él han salido los artífices de algunas leyes y algunas sentencias del TC. Si queremos sobrevivir como país democrático, a él –al banquillo- tendrán que ir algunos agoreros progresistas que han manchado muchas togas con el polvo del camino que nunca debieron recorrer y han gobernado con los decretos que sus señorías, por decir algo, le han dado valor de ley porque es la fraudulenta voluntad del legislador. Que la sagrada libertad y el divino oráculo de la igualdad nos libren de la voluntad de algunos legisladores que antes que hacer leyes generales, iguales para todos, hacen encaje de bolillos para conseguir normas que solo satisfacen los intereses de unos pocos despreciando la ética y el sentido común y la historia de una nación, ya para algo más de quinientos años.





