Apenas sumábamos 15 ó 16 inocentes abriles y él formaba parte del paisaje escolar, como las huertas del Hermano Cózar o las fiestas rectorales del Colegio Portaceli.
Alto, bien parecido y mirada inteligente. Su presencia transmitía autoridad, sin necesidad de levantar la voz. En dos palabras: Rafael Halcón. El Padre Halcón.
Era el mes de junio, habíamos terminado los exámenes de Segundo de Bachillerato y nuestra mente ya estaba en modo verano, rozando la orilla de la playa o con chanclas en Piscinas Sevilla, donde quedábamos con las niñas de Las Salesianas.
Pero a algún lumbreras de la comisión de estudios se le ocurrió que los dos días mal contados que quedaban, previos a las vacaciones, los pasaríamos encerrados en nuestras aulas. Para tenernos entretenidos.
Todos hablábamos indignados de ello cuando alguien dio la voz de alarma … – «¡Quillo! ¡Callarses tós que viene pacá el halcón! ¡El halcón!»
Todos enmudecemos y nos ponemos en pie en cuanto entra el Padre Halcón para confirmarnos la noticia. Podemos estudiar o leer, pero debemos quedarnos en nuestros pupitres sin salir.
Viene acompañado de un muchacho universitario de veintipocos años, que se encargará de vigilarnos.
Desde un primer momento quincamos que el chico pasa mucho del tema y, lógicamente, aprovechamos la ocasión.
– «¿Puedo ir al servicio, por favor?»
– «Sí, por supuesto. Si alguien necesita ir al baño sólo tiene que pedírmelo, que yo le daré permiso».
Francamente, un servidor jamás hubiera imaginado que fuéramos tan meones.
Las meadas eran largas, larguííííísimas: de una hora para arriba tardábamos en regresar. Supongo que es lo que tiene el tema de la próstata a los 16 años. La vejiga se llena y hay que cambiarle con frecuencia el agua al canario, ¿no?
El caso es que le vamos echando morrazo al asunto y, una vez que salimos del aula, supuestamente a hacer un pipí … ¿por qué no acercarnos al Bar Oscar – Lan para jugar una partidita de futbolines?
En una de esas, en mi tercer o cuarto escaqueamiento urinario, cuando ya he jugado los mundiales futbolísticos con varios colegas meones y volvemos a prisión, nos topamos de bruces con él … ¡Con el mismísimo Padre Halcón!
Mis amigos se hacen los suecos, los muy traidores, mirando a otro lado mientras se largan a paso rápido.
Pero uno se queda paralizado. Aturdido. Bloqueado. Con las patitas colgando. Hablando en plata … (permítanme la expresión) … acojonadito vivo.
– «Ho … ho … hola … Padre Halcón».
– «Hervella, tengo que hablar con usted. Mañana a primera hora en mi despacho».
Estoy descompuesto, más preocupado que el que dejó embarazada a la suegra.
Y es que soy tonto pa siempre. El penúltimo día de curso, el penúltimo, y pego la escollá de la clase y me trinca el halcón.
Por la noche no puedo dormir, convencido de que tengo menos porvenir que un espía sordo. El halcón intercederá en el claustro para que me endiñen las siete asignaturas para septiembre. O para que me abran un expediente disciplinario y me larguen del cole. Que me lo merezco. Por malo y por meón.
A primerísima hora estoy llamando a la puerta del office del halcón, con más miedo que Pinocho en Bricomanía.
No me queda otra y lo reconozco abiertamente …
– «Padre Halcón, sé que actué mal al escapar de clase y no tengo ninguna excusa. Pido perdón. No se volverá a repetir».
– «¡Por Dios, Hervella! Hizo usted muy bien largándose. Yo hubiera actuado igual si fuera un colegial. Es una solemne chorrada que les hayan enclaustrado cuando ya pasaron los exámenes».
– «¡Atiza!»
– «Sí hombre, respire tranquilo. Realmente quería hablarle de otro tema … verá … como usted sabe, los curas somos terriblemente curiosos. O cotillas, que viene a ser lo mismo.
Me conozco los motes que les han puesto a todos los profesores.
Algunos muy ingeniosos, como el de Paquito Beethoven para don Francisco, el profesor de música.
Otros algo crueles. A mister Evans, que tiene estrabismo, sé que le dicen El camaleón. Al señor Erraiz, que tiene joroba, El camello. Y a don José Espada, que es bajito, El puñalito.
Pero la caricaturización del profesor va en su contrato y, en el fondo, el mote esconde una honda admiración al maestro por parte del alumnado, ¿no le parece?»
– «Sí, sí. Claro. Lo que usted diga».
A medida que él habla, uno se va quedando de pasta de boniato. El halcón sabe más que Juan Lepe …
– «Entiéndame, Hervella. Un profesor sin mote es como un jardín sin flores. Y aún no sé como me han motejado.
Así que le preguntó directamente … ¿qué mote me han puesto ustedes?» Estoy totalmente confuso, como don Quijote en un parque eólico.
En un principio uno esperaba más talego de cárcel que el Conde de Montecristo y … el halcón me deja en libertad. Pero ahora, con la pregunta que me endiña, los huevecillos se me vuelven a poner de corbata y comienzo a sudar más que un testigo falso.
La dichosa pregunta que me hace, mirándome al careto, tiene resonancias bíblicas para este menda. Como aquella que Jesucristo le lanzó a los Doce … «¿y vosotros quién decís que soy yo?»
Aquí me las den todas, que de algo hay que morir …
– «Pues verá, Padre Halcón, para nosotros usted es … el halcón».
– «Sí, pero se lo ruego … ¿cuál es mi mote?»
– «Ese es su mote: el halcón».
– «¿Por qué?»
– » Pues … supongo que conoce usted el programa El hombre y la tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente …
– «Sí. Buenísima serie televisiva».
– «Bueno, pues el protagonista de un episodio es el halcón peregrino.
En una dehesa juguetean alegremente animales de todo pelaje: roedores, pajaritos, culebras, conejillos … hasta que en el cielo se recorta la silueta del halcón. Todos callan y permanecen inmóviles, ya que el más leve sonido les delataría, exponiéndose a ser exterminados por un depredador implacable.
El bullicioso ruido inicial podríamos compararlo con cualquier clase de bachillerato. Hasta que aparece usted, el Padre Halcón, el halcón, y todos nos quedamos más callados que en Misa».
Y ahora veo al Padre Halcón, el temible halcón, partido de risa, carcajeándose a mandíbula batiente, llamándonos de todo por haber tenido el ingenio de camuflar su mote en su propio apellido … «¡que cabritos! ¡ja, ja, ja …! ¡así que soy el halcón! ¡ja, ja!» … y uno está tan
descolocado por la radical autenticidad del cura – contento como un niño el día de Reyes sabiendo que tiene mote – que también me río abiertamente.
Seguimos hablando de mil anécdotas del colegio, disfrutando de veras con nuestra conversación, cuando uno advierte la honda humanidad del Padre Halcón.
También él fue estudiante y le gustaban las bromas. Y endosarle motes a los profesores. Y escaquearse de clase cuando las normas eran absurdas …
Un gran comediante. Antaño estudiante, gamberrete, travieso y guasón. Ahora jesuíta, acochinando al personal con su presencia. El pirómano es ahora guardia forestal. El pirata del Caribe se ha hecho guardián del tesoro de la flota del Rey. El Padre Halcón.
Mi miedo se ha esfumado. El De Arriba me ha bendecido, al final de curso, con la amistad del halcón y me he encontrado con su persona, la de verdad.
– «Le estoy muy agradecido por haberme dicho mi mote. Me gustaría invitarle a tomar algo».
– «Gracias, pero debo volver a la clase de estudio».
– «Por favor, Hervella, no haga más el canelo. Se está mejor en la calle. Vamos al Oscar – Lan. Será divertido que un halcón visite a los meones».
En cuanto atravesamos la avenida Eduardo Dato, resuena la alarma de algún compañero… – «¡Cagüen la madre que me parió! ¡El halcón! ¡Viene pacá! ¡Hay que pirarse!»
Y los vemos saliendo en estampida por la puerta y por la ventana, como si estuvieran en los sanfermines, y el halcón y un servidor tronchados y llorando de risa.
Volví a encontrármelo mucho después de haber salido del Colegio.
Alguien me susurró por atrás …
– «¡Cuidado, Hervella, un halcón!»
– «¡Padre Halcón! ¡Que alegría! ¿Cómo se encuentra?»
Lo veo algo desmejorado, pero él no dice nada de su salud. Jocosamente me reta a volver un día con él al Oscar – Lan, por si alguno de mis compañeros de bachillerato se hubiera quedado desde entonces escondido en el servicio, aterrorizado al divisar al halcón.
A los pocos días me acerqué a verlo a su comunidad.
– «No se ha enterado, ¿verdad?»
Al parecer, sintiéndose mal, le pidió a un amigo que leyeran juntos el breviario de oraciones que siempre llevaba consigo. El último repaso, que le tocaba examinarse ante Su Creador. Genio y figura. El halcón alzaba el vuelo hacia el infinito, para encontrarse con su verdadero cielo.
En la estación de penitencia que hago con mi Hermandad cada Miércoles Santo, siempre rememoro a aquellos amigos que nos esperan Allá Arriba.
Justo cuando pensaba en el amigo Padre Halcón … ¡CHOP! ¡CHOP! … una paloma me larga sus excrementos sobre mi capirote.
Tras mi antifaz me siento un payaso, viendo a la gente señalarme al pasar a su lado …
– ¡Mira el nazareno ese, con la cagada de un palomo en lo alto!
– Son gotas de cera, caballero.
– Sí hombre, sí. Y yo soy cura ¡Ja, ja…!
Y de veras que intuyo que desde el Cielo, un amigo que yo me sé, a quien le gusta demasiado la guasa, me ha mandado sus recuerdos mediante un emisario alado y cochino. ¡Valiente pájaro el cura Halcón!
Como buen pecador, río y río en mi estación de penitencia … hasta que lo veo.
Se aparece en mi imaginación siguiendo aquella leyenda urbana que escuché en Portaceli …
Rafael Halcón es un muchacho que acaba de finalizar sus estudios del Colegio.
Está pasando unos días en el campo con sus padres. Siempre se implicó en los grupos de reflexión de los jesuítas. Y se alegra cuando una carreta se acerca a recoger la antiquísima talla de un crucificado que su familia ha donado al Portaceli.
La carreta da un brinco en un bache y el Cristo cae al suelo cuan largo es, quedándose cubierto de lodo.
No hay manera. Jamás le había ocurrido, pero el bueyero reconoce que no puede sacarlo de allí, ni siquiera con el empuje de las dos bestias que lleva, con cuerdas en sus yugos y anudadas al final en los pies de la escultura. El Cristo no se mueve un ápice.
Mientras el hombre marcha en busca de una recua de mulas, sus dos bueyes descansan agotados y Rafael se queda allí todo el día.
Le sale del corazón y limpia el barro del cuerpo de Jesús. Y se pregunta si es posible que su Señor quiera decirle algo. Quizás no quiera moverse de allí hasta que él le acompañe a aquel fabuloso Colegio en el que tanto aprendió.
Su madre lo llama desde la casa …
– «¡Rafa! Ven a cenar. Ha llegado papá y queremos hablar contigo sobre la carrera que quieres estudiar».
Entonces Rafael Halcón, el halcón, entra en casa, mira a sus padres a los ojos y, con convicción de profeta, les dice:
– «Quiero ser sacerdote».
(NOTAS DEL AUTOR.- He tratado de ser fiel al transcribir las conversaciones que mantuve con el Padre Halcón. No puedo asegurar que sea cierta la leyenda del Cristo y los bueyes. Pero uno siempre la ha creído. Y, en cualquier caso, estoy seguro de que le agradará a mi amigo el halcón, de quien tan orgulloso me siento de considerarme su amigo).
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





