Yo conocí muy bien a Carlos Cano. Tras su primer concierto en Sevilla, en el teatro Lope de Vega, junto a Benito Moreno, el periodista Antonio Burgos le pidió a mi padre que alojara al joven granaíno en nuestra casa de Santa Clara. Aquella noche se la pasaron mi padre y Carlos en vela, hablando de Andalucía. Cuando amaneció, se había forjado una amistad que les duró toda la vida. Carlos siguió quedándose ritualmente en nuestra casa, cuando ya era un artista de éxito y podía pagarse los mejores hoteles, pero siempre que paraba en Sevilla se quedaba en casa, y fue durante años como un hermano mayor. Yo he oído sus primeras maquetas a la guitarra, y escuchaba con atención las conversaciones que tenían lugar a mi alrededor, empapándome de esa sensibilidad intelectual única que Carlos derrochaba por cada poro de su piel.
Carlos Cano descubre Andalucía con 18 años, en la emigración. Descubre que pertenece a un Pueblo cuando está en Alemania. Descubre la bandera verde y blanca siendo emigrante en Barcelona, “había allí un sevillano que tenía un trapo colgado en la pared y un libro, y me dijo: mira, ésta es la bandera de Andalucía, y este libro es El Ideal Andaluz”. Carlos aprendió a tocar la guitarra con un tuno, la guitarra era negra, recuerda. Y le hace una canción a Andalucía: la Verdiblanca. Que le llega a los andaluces por la única grieta que existía, la herida del corazón. Tras aquel primer concierto, mi padre, fundador del partido andalucista, dijo que Carlos había resumido todo lo que él pensaba en aquella canción. “Yo le cantaba a la bandera de los pobres, la bandera de las reivindicaciones, y de los sueños, pero cuando la bandera pierde todo eso, y se coloca en los coches oficiales, dejé de cantarla”. Sí, Carlos dejó de cantar la Verdiblanca cuando vio que la bandera había sido robada al pueblo andaluz, y se usaba para engañarlo desde las instituciones. Yo estuve en conciertos dónde la gente se la pedía a gritos entre silbidos con insistencia, “¡la Verdiblanca!”, y Carlos se negaba a cantarla. “Pero yo no dejé de cantarle a la pobreza -que es una cosa distinta a la miseria- ni a las reivindicaciones, ni a los sueños”, apostilla Carlos. Y así fue. Hoy día, que duda cabe, Carlos seguiría sin cantar la Verdiblanca. Ni a tiros.
Carlos fue un artista total, fue el máximo exponente de la reivindicación existencial de Andalucía, desde la transición política y los primeros años de democracia, hasta su ausencia, porque él nunca se calló ni dejó de crecer. Pero el arte de Carlos se fundaba en la defensa insobornable de lo humano a través de su defensa de Andalucía, porque ¿cómo defender la humanidad si no defiendo al que tengo a mi lado? Carlos fue, sobre todo, un intelectual del andalucismo utópico, porque le dolía Andalucía, había sufrido con ella, la habían humillado y él había tirado de rebeldía y orgullo ancestral contra ese menosprecio y esa discriminación. Toda su obra rezuma esa rebeldía, esa reivindicación existencial, de justicia, de igualdad, de libertad. Ahora, tras 25 años de su ausencia, desde las instituciones que desvirtúan como nunca la bandera, quieren convertir también a Carlos en una especie de folklórica andaluza, y eligen a María la portuguesa como su canción más representativa. Pero es la Verdiblanca la que define su esencia. Cuando Carlos decidió que ya no iba a cantarla más, tuvo un gesto de esperanza. Donó los derechos de la Verdiblanca a una fundación del entonces partido andalucista. Por si algún día la bandera andaluza recuperaba su significado, y pudiera rescatarse con ella su canción. Ese fue quizás el punto y final de su empeño por un pueblo andaluz que, según sus palabras “había decidido dejar de soñar”, había perdido el anhelo y la esperanza de una Andalucía mejor. Por eso el mejor homenaje a Carlos es recuperar el sentido de la Verdiblanca. Recuperar para Andalucía la mirada rebelde de Carlos Cano, para que la bandera cumpla con su promesa de verde esperanza, porque mientras haya lucha, habrá esperanza. Entonces, y solo entonces, alguien podría coger una guitarra y entonar de nuevo la Verdiblanca, como Carlos le gustaba cantarla.





