Miguel es pintor. De brocha gorda, pero de los buenos, que en eso también hay categorías. Se puede recomendar a familia y amigos. Nunca me ha dejado mal.
Hace algún tiempo que está menos disponible. Nos da semanas de demora para ponerse con la faena, aunque tenga uno cierta preferencia. La razón: se va con un cuñado a montar un puesto y vender chorizo ibérico por mercadillos de diferentes lugares de España. Según él es un esfuerzo, pero le sale a cuenta. Además, el chorizo es de buena calidad, doy fe, y no hay quejas.
Por tanto, el trabajo de pintura lo pone «en cola» para cuando pueda. En mi caso, compensa esperarle. Y cuando al final avisa de que se puede poner con lo mío, le encargo, adicionalmente, unas ristras del picante y del otro.
Lo que le dispara las ventas es cuando el mercado es medieval. Tanto él, como su cuñado, así como el resto de comerciantes, van ataviados como plebeyos del siglo XIII o XIV, por decir algo. En este caso, el hábito sí hace al monje porque el amigo Miguel parece que hubiera sido teletransportado desde aquellos tiempos a estos años. La clientela, entusiasmada con su aspecto y ocurrencias, se detiene y le compra el género.
Lo de menos, es si en esa localidad o en ese barrio nuevo de una ciudad, hubo alguna vez, por ventura, un mercado. A él le llaman de pueblos y ciudades y montan el tinglado para entretenimiento de los locales.
Esto de traer animación hasta las gentes viene de lejos. En la antigua Roma, traían humanos y bestias desde los últimos lugares conquistados y los ponían a luchar a muerte en los circos. ¿Qué tendrá la muerte para algunos, sobre todo si es violenta, que convierte ese horror en algo atractivo para la vista?
Con los años fueron llegando a los pueblos y ciudades otras atracciones menos brutales que sacaban a los locales de su vida aburrida y convencional: juglares, cuentacuentos, los que vendían crecepelo, la mujer barbuda, el tipo forzudo, los que vendían el filtro definitivo para despertar el amor…
Actualmente, y gracias a enormes presupuestos nos mezclan la diversión con la ostentación: la noria más alta del mundo, el rascacielos, la ciudad más iluminada en Navidades… Todo vale con tal de asombrar a los locales y dar envidia a los internacionales. Para eso no hay presupuesto. Si al final del año falta dinero se sube la tasa que corresponda y que siga la fiesta.
En esta carrera alocada por el entretenimiento, por tener algo que contar, distraer al personal de los temas verdaderamente importantes, hemos llegado a la fórmula Uno y los megaconciertos.
El argumento es que traen a la ciudad unos cuantos millones. Particularmente, a mi no me ha llegado ninguno de esos millones, ni siquiera un billete de cinco euros. Ni tampoco una bajada de impuestos. Entiendo que ese dinero habrá ido a parar a bares, restaurantes, hoteles y taxis. Pero yo me planteo que si pago tasas de todo tipo en mi ciudad es para hacer uso de ella con su correspondiente limpieza, seguridad, etc. y que no haya corte ni invasión permanente de espacios públicos.
Pero la realidad es que lo que he podido conocer y «agradecer» es el ruido y el polvo para construir el circuito. Y que los accesos al barrio estuvieran «intervenidos» por temas de su propia seguridad.
En el caso de los conciertos a lo bestia en cualquier punto de España, muchos vecinos se quejan de la invasión de espacios de todo tipo, incluido zonas naturales protegidas y el ruido, siempre el ruido, que suponen estas concentraciones.
¿No debería ser la calma, la quietud un valor? ¿Se ha preguntado al contribuyente qué opina?
Con razón decía el alcalde que Madrid es la única ciudad de Europa que tiene un premio de Fórmula Uno. Por algo será… que las otras no lo tienen.





