Si les cito al profesor Giovanni Orsina, probablemente no le conozcan, salvo si están familiarizados con el ámbito académico de la Historia de los partidos políticos europeos, pero debo decirles a modo de presentación que se trata de uno de los docentes e investigadores más afamados del panorama europeo continental, en lo que se refiere al campo de su especialización.
En un reciente artículo publicado en una de las terceras del diario ABC, sostiene el citado profesor una serie de argumentos que deseo compartir con ustedes por el interés que su lectura me suscitó, para invitarles a reflexionar sobre los mismos.
En primer lugar me llamó la atención que hablara de que nos encontramos en un momento de la Historia que él denomina “pospopulismo”, no tanto porque se haya agotado la ola populista, sino más bien porque se ha consolidado y se ha convertido en un elemento permanente en la escena política.
No, no les voy a hablar de populismo, tema sobe el que se escribieron sólo en 2020 más de 20.000 obras, y que parece claro que surgió como reacción a la aceleración exponencial y a la imposibilidad, cada vez mayor, de controlar los procesos de integración del planeta, o dicho de otro modo, como una respuesta a la ideología globalista iniciada en la década de los noventa del pasado siglo.
En una doble vertiente sociológica y antropológica, afirma que nos encontramos ante una revuelta de lo pequeño contra lo grande (auge de los nacionalismos provincianos frente a los conglomerados de alianzas de Estados), de lo concreto contra lo abstracto (trato personal frente a la respuesta programada de una máquina), de lo cercano contra lo lejano (reivindicación del hecho diferencial versus homogeneización de hábitos), del presente contra el futuro (intentos de demorar los avances de la Inteligencia Artificial), del mundo vivido contra el mundo pensado (valoración de nuestras raíces frente a progresismo impuesto).
Es aquí donde él pone el foco sobre el auge de los populismos conservadores en muchos países de Europa, aunque sólo sea porque en el siglo XXI no queda mucho que conservar. La modernidad tardía de los últimos cincuenta años ha corroído los valores de la tríada en los que normalmente se asentaba el conservadurismo: Dios, patria y familia.
Así, es fácil comprobar cómo hemos reducido el término Dios a la mínima expresión en nuestras expresiones cotidianas (“Hasta mañana si Dios quiere”, “Vaya usted con Dios”, …), las misas dominicales reducen su aforo, templos que se cierran, la moral cristiana parece chocar con los usos y costumbres predominantes, …
Mencionar el término patria te identifica con el lema de los cuarteles militares o de guardias civiles (“Todo por la patria”), te sitúa en el lado de los rancios a los ojos de los “progresistas”, y no digamos el mantener una posición seria y erguida mientras suenan los acordes de su himno. ¡Qué lejos queda aquella magnífica definición de patria que hace el grumete protagonista del episodio “Trafalgar” de Pérez Galdós, al dar comienzo la batalla librada en el golfo de Cádiz! La deconstrucción de nuestra identidad colectiva, la precariedad de las soberanías nacionales y la santificación del individualismo es algo que necesitamos revertir por el bien de Occidente.
A la familia, tal como se la ha concebido durante siglos, se la denomina “familia tradicional”, una forma más en el amplio espectro de modelos que nos presenta un progresismo sediento de convertir nuestra vida cotidiana en un laboratorio social a fuerza de decretos leyes, con vidas sentimentales cada vez más sincopadas, matrimonios más tardíos (cuando se celebran como tales), maternidades subrogadas, etc.
Las fuerzas políticas de la “derecha moderada” (algunos se hacen llamar “de centro”) se dieron cuenta de esta deriva en la década de los ochenta abjurando de sus bases ideológicas (demócratas cristianos, liberales y conservadores), comenzaron a modificar su perfil ideológico vaciándolo de “valores tradicionales”, y le atribuyeron al mercado la tarea de legitimar el orden y las jerarquías sociales.
De ahí que cuando muchos ciudadanos europeos vieron como el mercado acabó por destruir lo poco que quedaba de instituciones sociales y culturas tradicionales (familias desestructuradas, cultura empresarial del desarraigo, sueldos de subsistencia, polarización de las clases sociales con desaparición de la clase media, …), los votantes ya no se vuelven hacia los partidos conservadores tradicionales, porque, como dije antes, ya no queda nada que conservar, y votan a las fuerzas políticas populistas.
Dios, patria y familia pertenecen para muchos al mundo pensado, no al vivido. Son principios abstractos, residuos de un siglo XX cada vez más lejano. De ahí que la derecha contemporánea deba trabajar en esa antropología alternativa, con el objetivo de reconectar con el mundo vivido de los ciudadanos corrientes, porque somos muchos los que creemos que sin Dios, patria ni familia, no es posible una buena vida.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





