Pasadas unas horas del Domingo de Resurrección, y tras una profunda reflexión sobre una Semana Santa plena en cuanto al clima y al discurrir de todas las hermandades, llego a la conclusión de que estamos ante una Semana Santa estática.
Tal y como se anunciaba en las semanas de Cuaresma, los inmensos cortejos auguraban un encorsetamiento de la Semana Santa, donde ver una hermandad sería algo más que una misión imposible y los retrasos serían la tónica habitual de los diferentes días. Sin embargo, exceptuando el Domingo de Ramos, con múltiples infortunios, y el Lunes Santo, con grandes retrasos —en algunos casos desmedidos—, las demás jornadas apenas sufrieron demoras y transcurrieron con normalidad.
Y, para más inri, en lo relativo a esos cortejos incontables y cada año crecientes en número de nazarenos, son precisamente esas hermandades las que no han dejado retrasos, o apenas unos minutos —véase La Macarena, San Bernardo, El Cerro, La Estrella, San Benito o Redención, entre otras—, que prácticamente no generaron demoras en la Puerta de Palos.
Creo que el foco sobre la inmensidad de los cortejos se queda algo vacío, y me gustaría ponerlo en otro aspecto que sí me ha preocupado en esta Semana Santa: la estaticidad de la misma. La Semana Santa ha pasado de ser un evento donde moverse es lo habitual a convertirse en una celebración completamente estática, en la que se han normalizado las acampadas callejeras, las largas esperas para ver una cofradía, las vallas en puntos clave donde pasar resulta imposible y una supina falta de criterio a la hora de moverse por el centro.
El dinamismo de la Semana Santa, donde era posible ver todas las hermandades sin grandes dificultades, se ha convertido en una quimera ante un centro abarrotado de personas que no saben moverse y que, unido a los excesivos aforamientos —algunos absurdos— y a la falta de educación, hace que desplazarse sea un auténtico quebradero de cabeza y dé lugar a más de una discusión innecesaria.
El punto donde hay que poner el foco es ese. En mi opinión, la solución pasa por prohibir esas acampadas que surgen de manera aleatoria en cualquier punto, en lugar de seguir incrementando el número de vallas. Si realmente consideramos que la Semana Santa de Sevilla tiene un problema, este sería, a mi juicio, el eje central sobre el que deberían pivotar todos los análisis.
Podemos añadir otros debates —nazarenos de tres o cuatro avanzando a gran velocidad o hermandades que no adoptan estas medidas—, pero, para mí, la figura del nazareno es innegociable.
Por tanto, resulta llamativo cómo hemos pasado de movernos para ver cofradías a quedarnos inmóviles en un punto, donde pedir permiso para avanzar se ha convertido, casi, en una súplica.





