La semana pasada veíamos un camión de bomberos llegando a la Campana; con la curiosa admiración que inspira el hecho de que estos vehículos, así como las ambulancias, pese a su paso velocísimo por calles rebosantes de tráfico, no provoquen mayores destrozos de los que acuden a remediar… Pero no los provocan; el dejarles paso expedito, el abrirles inmediatamente un hueco donde hubiera parecido imposible un segundo antes, esto parece funcionar muy bien.
(Esto podría ser, por cierto, una lección sobre la capacidad del público en general para reaccionar eficazmente de manera espontánea; sobre el peligro de querer regular en exceso cada uno de nuestros movimientos; nos hace pensar en la Semana Santa tan hiper controlada de los últimos tiempos, y en tantas cosas…).
Pero íbamos a otra cosa. Sólo por haber visto en concreto ese camión nos enteramos de un incidente, creo que gravísimo, pero que pasó como la menor de las minucias, que había acontecido en la Plaza del Duque: se había caído uno de los gigantescos postes metálicos que acababan de poner para sujetar los mal llamados “toldos” veraniegos.
“Se había caído”, ¡vaya!, sin querer ya empleamos la expresión casual, inocente, como de a quien se le cae un objeto al suelo, como de algo sin importancia, que no es culpa de nadie. Debe ser porque la única frase que los medios dedicaron a este asunto fue que “se desconocen las causas”. Pero así: se desconocen. Como el que desconoce a qué distancia está determinada galaxia remota: excede a nuestro conocimiento, y total qué más da.
¿Se han enterado de esto nuestras “autoridades”? ¿Les ha ocupado un instante de sus mentes? No lo sabemos. En la desmesurada vorágine perpetua en la que viven, de evento en evento, saboreando una borrachera de protagonismo exaltado (fruto del estilo de nuestro tiempo, de las redes sociales, de mil cosas)… ¿se han enterado de este incidente? Es dudoso. En una vida dedicada al protagonismo banal, a la fama fácil, al lucimiento continuo ante cualquier excusa, pues la vida misma de sus ciudadanos es una verdadera minucia. No por primera vez pensamos en los imperios del mundo antiguo, en Babilonia, en Nínive; esas ciudades “pecadoras” llenas de orgías, donde al menos la mentalidad era más sincera. Era obvio que la vida de los esclavos carecía de valor, y nadie pretendía otra cosa.
Estos postes se colocan de manera precisa y concreta cada año, imaginamos que atornillándolos, en un hueco hecho para ellos. Es decir: es algo específico y deliberado. No es como un árbol que se cae (que, aunque también indique cierta negligencia, pero resulta más perdonable: hay muchísimos árboles, la naturaleza es impredecible, lo único que daría seguridad total sería cortarlos todos). El poste es deliberado y concreto: no se puede “caer” como a una persona se le cae un mechero. Si se “cae” es que está específica y concretamente mal atornillado.
“Se desconocen las causas”. ¿Cómo se van a desconocer? Es la desidia, la indiferencia absoluta que reina en el sector público. La responsabilidad está diluida en la multiplicidad de trabajadores y de jefes y de encargados. Como el enfermero que no se cambia de guantes entre paciente y paciente, tampoco el encargado de poner un tornillo se molesta en ponerlo bien. No le va a pasar nada.
Comparemos esta límpida indiferencia (“Se desconocen las causas”, ¡ole ahí!, y, ¿no harán por averiguarlas?) con lo que sucede ante cualquier incidente que sea “culpa” de un ciudadano particular. Con verdadera saña se acusa, se culpa, se persigue, se investiga, se multa, y hasta se encarcela a ciudadanos por “negligencias” infinitamente menores.
“Es que el poste no mató a nadie”. Y si lo hubiera hecho, pues responde “el Ayuntamiento”, no es responsabilidad de nadie. Todo está asegurado, así pues a nadie le preocupa ni poner bien un tornillo ni la mini molestia de cambiarse de guantes.
En la misma Plaza del Duque acaeció hace pocos años otro accidente en cierto modo parecido (aunque no tan sangrantemente indicador de desidia absoluta): el autobús eléctrico que decidió no responder al volante ni a los frenos, de modo que, aun circulando a muy baja velocidad, se estrelló contra el escaparate de enfrente. Tampoco hubo daños personales, afortunadamente; y tampoco se le dedicó la menor investigación – o no se informó de ella. El autobús, como suele suceder en estos casos, era nuevo novísimo de alta tecnología punta, pagado a precio de oro por los sevillanos. No respondió a los mandos, pero la cosa quedó en “se desconocen las causas”. Y las autoridades tan felices (¡eventos, eventos! A ver con qué rey o reina me hago hoy la foto, ¡eventoooos!)
Si hay daños, responde “el Ayuntamiento” (o sea, el dinero de todos). Todo está “asegurado”.
La “seguridad” nos mata.





