Describía así el historiador Juan de Contreras, “Marqués de Lozoya”, la terrible situación de los castellanos del siglo XV bajo el infausto reinado de Enrique IV, un tiempo de caos y de desorden: “las ciudades, desamparadas de su rey, se aprestaron a defenderse por sí mismas. La autoridad real quedaba anulada (…) Nunca conocieron los ciudadanos, los labradores y los pastores época más cruel. Los soldados (…) se convertían en bandidos. Ni la vida ni la propiedad tenían valor alguno”. Había que recluirse bajo las murallas físicas, así los campos quedaban yermos y desaparecía la ganadería. Entonces los pueblos recurrieron a un remedio ya inventado en el siglo XIII: “la formación de una hermandad para defenderse por sí mismos, mediante una pequeña milicia costeada por todos, que ahuyentase de los campos a los bandidos”. Esta era la Santa Hermandad.
“Ni la vida ni la propiedad tenían valor alguno”. El rey y los soldados abandonaron su misión de proteger físicamente al pueblo. Éste tuvo, añadido a sus otras cargas, que protegerse por sí mismo.
Señores, ¿nos suena esto de algo?
Nos bombardean con anuncios de alarmas para las casas, y de empresas “anti okupación”.
En el siglo XV, precediendo inmediatamente al reinado de Isabel la Católica, reinaba el caos, y ni el rey ni el ejército (es decir, el equivalente a lo que hoy llamamos el Gobierno, la Justicia, la Policía) cumplían su función. El pueblo, cuya misión era labrar los campos, o ejercer los oficios, tuvo que protegerse por sí mismo.
Pero entonces al menos se daba simplemente el caos; había, podemos decir, dejación de funciones, desorden y caos. Pero no había como hoy, leyes específicamente protectoras de la delincuencia. No había un complejo sistema dedicado a multar y criminalizar el trabajo honrado, y a favorecer y fomentar el delito en todas sus formas.
Los ciudadanos de hoy se ven obligados: a costear el sistema judicial, legal y de policía que defiende al delincuente; y, por añadidura, a costear privadamente un sistema nuevo de protección que le permita vivir (¡alarmas! ¡alarmas! ¡veranea sin miedo al okupa de tu casa!).
En fin, volvamos al siglo XV; siempre resultará menos deprimente. La figura de Isabel la Católica es tan contundente que parece algo como obvio e inevitable (su presencia en la Historia puede sonarnos casi como la Sierra Morena y la Cordillera Cantábrica – están ahí, rotundamente). Sólo al repasar un poco el período anterior se advierte lo inverosímil, lo casi milagroso de la transformación que tuvo lugar. No nos referimos a la conquista de Granada ni al descubrimiento de América. Sino al hecho de que el labrador volvió a cultivar sus campos, el pastor a pastorear, y el artesano a seguir con su taller en relativa tranquilidad (bandidos siempre habría, pero cuando la justicia los persigue a ellos, se vive de otra manera). ¿Podemos esperar, hoy, un milagro semejante?
Securitas direct. Empresas antiokupa. La Santa Hermandad.





